Turbiedad
Siempre creí que la mayoría de los ciudadanos votaría contra el proyecto de dictadura configurado por el paquete de iniciativas de reformas constitucionales presentado por el Presidente y asumido sin reservas por su candidata, en virtud del cual los jueces, magistrados y ministros, así como los consejeros del INE, serían elegidos por voto popular en las urnas.
Siempre creí que en la jornada electoral los ciudadanos, en su inmensa mayoría, saldrían a cobrar a la 4T el millón de muertes ocurridas durante la pandemia de covid-19 y con motivo de la violencia que padece el país, los 50,000 desaparecidos, la destrucción del sistema de salud, los niños muertos por falta de medicamentos, el desplome de la vacunación infantil, el bárbaro atentado contra la educación básica, la impunidad que favoreció a los responsables de la Línea 12 del Metro, la corrupción escandalosa de colaboradores y de los propios hijos del Presidente, el inaudito aniquilamiento del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, el apoyo del Presidente a presuntos delincuentes sexuales y a dictadores asesinos, las infames persecuciones penales contra personas inocentes, la eliminación de las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo, la devastación de la selva maya, la captura de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el increíble desprecio a las madres buscadoras, la extorsión a jueces y magistrados, y un largo etcétera.
Siempre creí que la mayoría de los ciudadanos votaría contra el proyecto de dictadura configurado por el paquete de iniciativas de reformas constitucionales presentado por el Presidente el pasado 5 de febrero, y asumido sin reservas por su candidata, en virtud del cual los jueces, magistrados y ministros, así como los consejeros del Instituto Nacional Electoral, serían elegidos por voto popular en las urnas, con lo cual la trayectoria profesional, la honestidad, la capacidad y la independencia de criterio serían sustituidos por concursos de popularidad. La Suprema Corte y los poderes judiciales —el federal y los de las entidades federativas—, así como el organismo encargado de las elecciones, quedarían sometidos al partido mayoritario. Además, se suprimirían los organismos autónomos constitucionales. La nueva Presidenta gobernaría como monarca absoluta.
Yo escuchaba muchas inconformidades, muchas quejas, muchos reclamos, todo lo cual —pensaba— se manifestaría a la hora de la verdad, al momento de emitir el voto. Los votantes recordarían ante la urna al Presidente carcajeándose ante un titular que daba cuenta de una masacre, la negativa a que los médicos del sector privado se vacunaran prioritariamente durante la pandemia, las calumnias contra periodistas críticos y la revelación de sus datos personales, la privación de su pensión de viudez a una prestigiada académica por poner al descubierto casos de corrupción gubernamental, los soldados rusos desfilando en el Zócalo, el Águila Azteca al dictador cubano, la vileza de atribuir la protesta de los padres de niños con cáncer a un plan golpista, el vilipendio a quienes se esfuerzan por mejorar su calidad de vida —los aspiracionistas, expulsados del pueblo bueno en el discurso presidencial—.
Quedé estupefacto y muy triste al enterarme de los resultados preliminares de la jornada electoral. ¿60% de los votantes le entregaban todo el poder a la candidata del Presidente? ¿Los desastrosos resultados del gobierno y su proyecto dictatorial no importaban a quienes reciben dinero en efectivo? Pero empezaron a llegar ciertos descubrimientos de graves irregularidades. Algunos comentaristas se han apresurado a decir que esas anomalías no influyeron en los resultados electorales, pues la diferencia a favor del partido oficial es inmensa. Pero no se trata de unas cuantas decenas de anormalidades. El presidente del PAN ha informado de un número considerable de evidencias de que el PREP pudo ser manipulado en la captura de actas. Hasta el martes pasado, el PAN había detectado casi 20,000 casillas que no reportan la votación obtenida por los partidos de oposición —¡ni un solo voto!—, incluyendo 1,888 casillas en zonas controladas por el crimen organizado.
Por la cantidad tan elevada de aberraciones, es claro que no se trata de errores, sino claramente se advierte el propósito de ayudar ilícitamente al partido oficial. Si el PREP hubiera sido manipulado, aun siendo enorme la distancia entre ese partido y los partidos de oposición en los resultados preliminares dados a conocer, no sabemos cuántos votos obtuvo en realidad cada partido. No estamos ante un caso como el de la denuncia de fraude electoral de López Obrador en 2006, carente de pruebas. Ahora la cantidad de rarezas en las actas capturadas prueba la turbiedad del proceso.
