Cuenta conmigo: ayer y hoy

No cabe duda que resulta un ejercicio enriquecedor y muy atractivo el releer o ver de nuevo libros y películas con los que nuestro primer acercamiento fue en alguna etapa de la vida en que las vivencias y los momentos que integraban nuestra biografía, nos llevaban a una ...

No cabe duda que resulta un ejercicio enriquecedor y muy atractivo el releer o ver de nuevo libros y películas con los que nuestro primer acercamiento fue en alguna etapa de la vida  en que las vivencias y los momentos que integraban nuestra biografía, nos llevaban a una apreciación totalmente distinta de algún relato, sus personajes y las acciones de ellos.

Vi la película de Rob Reiner Cuenta conmigo (Stand by me, Estados Unidos) en el año de su estreno, 1986. Obviamente mi realidad era distinta y mi percepción de la historia de iniciación y amistad de los cuatro protagonistas no me llevó a una identificación plena ni con ellos ni con sus aventuras. Muy aparte de eso siempre la he mantenido muy cercana pues el soundtrack es uno de mis favoritos.

Aun con sus tropiezos la carrera de Rob Reiner se compone de varios buenos títulos, muy comerciales en efecto, pero también dignos de verse: The bucket list, Cuando Harry conoció a Sally, Misery, Cuestión de Honor (A few good men), Fantasmas del pasado (Ghosts of Mississipi) y la propia Cuenta conmigo.

Curiosamente y siendo la película con la que podría estar más identificado por el público, estuvo a punto de no dirigirla cuando en el proyecto se mencionó a Adrian Lyne, que hubiera hecho una adaptación radicalmente distinta del relato de Stephen King (El cuerpo-The body) quizá más oscura, más adulta o alejada del pulso y de la conmoción interna propia de la edad de los personajes.

El guión de Bruce Evans y Raynold Gideon que por cierto se llevaron el único Oscar que ganara la película, tiene su inicio en 1985 cuando Gordie, interpretado por Richard Dreyfuss, detiene su vehículo en una apacible carretera en una tarde soleada. Vuelve a leer un periódico en el que destaca que uno de sus amigos de la infancia fue asesinado a puñaladas. Al mismo tiempo pasan junto al coche dos niños andando en bicicleta y los recuerdos se agitan en su mente.

Es precisamente la voz en off de Dreyfuss como Gordie adulto la que nos lleva a un largo viaje a su pasado en Caste Rock en unos cuantos días de un verano de 1959. La población es pequeña, esos pueblos norteamericanos en los que no pasa nada y todo mundo se conoce, a los que les queda muy bien la frase “pueblo chico, infierno grande”.

Gordie nos habla de su entrañable amistad con tres amigos: Vern, Teddy y el líder del grupo Chris, interpretado por el malogrado actor River Phoenix que en esta película demuestra que su carrera prometía cosas muy buenas.

Stephen King titula su cuento El cuerpo porque toda la trama gira en torno a la búsqueda del cadáver de un niño desaparecido días antes. Los cuatro amigos fuman y juegan cartas en su clásica casa en el árbol cuando se les ocurre que pueden lograr fama y salir en los noticiarios y periódicos si encuentran el cuerpo, esa es la razón de su aventura, pero ninguno está consciente de lo que esta experiencia representará para el resto de sus vidas.

Rob Reiner ve la historia desde los ojos de los chavos y hace un espléndido trabajo de complicidad en la dirección de cada uno de ellos. Especialmente en Gordie (Wil Wheaton) y Chris, que son mejores amigos y sufren su propia tragedia en casa ya que Chris es golpeado frecuentemente por un padre alcohólico y Gordie ha perdido en un accidente a su hermano mayor al que admiraba, lo que ha sumido a sus padres en un duelo destructivo haciéndolo sentir punto menos que inexistente. 

La aventura que al principio parece algo divertida y sin riesgos, les va presentando obstáculos que los llevarán a sostener conversaciones sobre sus vidas, sus padres —de los que parecen todos muy distanciados—, sus sueños, miedos e inseguridades. La escena entre Gordie y Chris en la que éste toma una postura casi paternal tras la confesión de su amigo, la plática entre los cuatro ante la fogata, la loca carrera delante del tren sobre un puente, las sanguijuelas colándose por todos sus “rincones”, son algunos momentos brillantes que entre Reiner, los guionistas y los cuatro actores van formando el marco de la consolidación de su amistad.

Si no la ha visto se la recomiendo, y si ya, véala de nuevo. No es lo mismo los tres mosqueteros que 20 años después.

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