Perdonar a los padres
Con una gran cualidad: el autor nunca recurre a la cursilería. Por el contrario, su narrativa es mesurada, muy auténtica.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
Cuando terminé de leer el más reciente libro de Héctor Aguilar Camín se me antojó hablarle a mi madre para decirle que la quería. No lo hice por la maldita manía que tenemos los que venimos de familias con pasado alemán, es decir, la de esconder nuestros sentimientos. ¿Por qué le quise hablar a mi mamá al terminar Adiós a los padres? Por la gran virtud de este libro: al contar Aguilar Camín el relato sobre su familia, uno siempre está pensando en la propia. En un primer plano están las historias de don Lupe, la tía Luisa, doña Emma y Héctor, pero atrás las de nuestros abuelos, padres y tíos. A las emociones que nos generan los relatos de los Aguilar y los Camín hay que agregar las de nuestras familias, de tal suerte que la lectura se convierte en un abrumador maremágnum de sentimientos.
Aguilar Camín nos ha entregado, de nuevo, un gran libro. Dice que conservó los papeles de su madre que visitará “algún día como historiador de la verdad, luego de haber escrito este libro como historiador de mis emociones”. Vaya que ha logrado su propósito porque Adiós a los padres es el entrañable viaje del autor alrededor de las dos generaciones familiares que lo antecedieron. Y como en el trasfondo siempre estamos pensando en nuestro propio viaje, la experiencia acaba siendo muy emotiva.
Con una gran cualidad: el autor nunca recurre a la cursilería. Por el contrario, su narrativa es mesurada, muy auténtica. Destaca el manejo inteligente, complejo, de los personajes involucrados: seres de carne y hueso con sus naturales contradicciones. En Adiós a los padres encontramos historias de amor y odio, de generosidad y mezquindad. Hay aciertos y equivocaciones, épocas de gloria y penuria, de esforzados enriquecimientos y súbitos empobrecimientos. En suma: de la vida.
En el centro están la madre de Aguilar Camín, doña Emma, y su padre, Héctor, Godot o Hectorcito, dependiendo del momento de la historia. También la entrañable tía Luisa, que todo lo sabía, y el abuelo don Lupe, quien juega un papel determinante en ser papá del papá.
Luisa y Emma son irresistibles. Encantadoras. Pertenecen a la estirpe de mujeres que se convierten en piedra de toque de sus tribus. Con alegría conmovedora, y mucho trabajo, capitanean una nave que puede naufragar en cualquier momento. Cómo me hubiera gustado conocerlas. Charlar con ellas, compartir historias cubanas, escucharlas cantar. Comprarles un vestido para mi mujer. Debatir con Luisa sobre brujería y clarividencia. Escuchar los consejos de Emma. Qué pareja la de las hermanas Camín: un par de bombones que criaron, contra viento y marea, a cinco hijos. La tía, “el hombre de la casa”. La madre, simplemente, “un milagro”.
Luego está el padre, quien, derrotado, abandona su familia. 31 años después reaparece súbitamente en la vida de su hijo, el autor. La narración de este encuentro es de un dramatismo devastador, quizá lo mejor del libro. El padre se encuentra a punto de la indigencia. Era un hombre, al parecer, destinado a perder. Octavio Paz decía que “para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o ser chingado”. Pues bien: a Aguilar Marrufo una y otra vez se lo chingaron. Todo porque, según Aguilar Camín, quería ser amado. Y en este perverso juego, el abuelo, don Lupe, acaba siendo el que más se lo chinga.
Uno de los temas importantes del libro es el perdón a los padres que cometen errores. Aguilar Camín trata de entender a su papá para perdonarlo. Acaba siendo tremendamente generoso con esa sombra paterna a la que llama Godot: un personaje de Becket al que estaba esperando. Pero éste sí apareció sacudiendo el mundo del escritor.
Quizá lo único que me faltó en este libro es otro relato: cómo afectó la ausencia y aparición de Aguilar Marrufo a la relación de Aguilar Camín con sus hijos. Me hubiera encantado conocer esta realidad: la del brillante narrador ejerciendo su papel de padre con todo el pesado bagaje que le ha heredado su progenitor.
El autor de Morir en el Golfo, La guerra de Galio y La conspiración de la fortuna la ha pegado de nuevo. Con este nuevo libro demuestra que es uno de los mejores escritores de su generación. No sólo eso: que también fue un muy buen hijo, dispuesto a agradecer el sacrificio de su tía y madre y de perdonar a su padre. Todos los padres esperamos lo mismo. Que nuestros hijos reconozcan los esfuerzos y nos perdonen las equivocaciones que vamos cometiendo en el camino.
Pensándolo bien voy a invitar a comer a mi mamá para decirle que la quiero. Y voy a buscar, también, a mi papá para continuar en esa dura labor de reconciliarme con él. A ambos les regalaré Adiós a los padres.
Twitter: @leozuckermann