Sentimientos de la Nación y Constitución de Apatzingán

Nuestros legisladores deben estudiar el Congreso del Anáhuac, primera asamblea parlamentaria auténticamente mexicana.

Juan José Rodríguez Prats

Juan José Rodríguez Prats

Política de principios

Los principios están al inicio y son lo principal.

Carlos Castillo Peraza

Los pueblos que han alcanzado la democracia y han consolidado Estados de derecho se han dado, desde el arranque de su vida institucional, principios bien definidos a los que han sujetado su vida política.

Los documentos fundacionales o matriz de algunas naciones permitieron construir un andamiaje jurídico congruente y coherente:

La Carta Magna firmada por Juan sin Tierra (Inglaterra, 1215), complementada con la legislación al Parlamento en el siglo XVII; el Acta de Independencia (Estados Unidos, 1776) que calificaba a sus principios como verdades evidentes por sí mismas; la Carta de Derechos Humanos y la Constitución Política (Francia 1789-1793).

Fernando Serrano Migallón menciona dos documentos a los que denomina “constituciones impuestas”, la Constitución de Bayona y la de Cádiz, descartados por no ser inherentes a nuestro devenir histórico. Los lineamientos de Ignacio López Rayón son un buen antecedente. El Acta de Independencia de Juan José Espinosa de los Monteros y el Plan de Iguala de Iturbide no tienen un contenido trascendente. Atina Lorenzo de Zavala cuando escribe que la Constitución de 1824 es una copia de una mala traducción de la estadunidense.

En contraste, acaban de cumplirse 200 años de dos documentos mexicanos fundacionales que incorporan conceptos correspondientes al nacimiento de una nación y a los que equiparo con los de las naciones mencionadas: los Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán. En el primero, Morelos dice algo de extraordinaria vigencia: “Y solo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”. Desafortunadamente, en la clase política hay carencia de virtudes.

Hago una digresión. Se ha dicho que el desarrollo de México se estancó en los últimos 30 años, periodo calificado como neoliberal. Ese estancamiento se origina en la demagogia de Luis Echeverría que devaluó la moneda y a la soberbia de José López Portillo, quien petrolizó la economía. Lo demás ha sido consecuencia de esa decena trágica. Dos frases lapidarias tuvieron consecuencias funestas: “Las finanzas se manejan desde Los Pinos” (Echeverría) y “Debemos prepararnos para administrar la abundancia” (López Portillo).

El artículo 24 de la Constitución de Apatzingán señala: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el gozo de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”. Estos son principios básicos.

Morelos habla de las buenas leyes, “que moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre que mejores sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. ¿Todo eso se puede lograr simplemente con buenas leyes? Me parece más acertado Hidalgo, quien pedía “leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo”.

Hubiera esperado una mayor atención dada la trascendencia de estos documentos. Nuestros legisladores deben estudiar el Congreso del Anáhuac, primera asamblea parlamentaria auténticamente mexicana. Regresar a los inicios, a la Constitución de Apatzingán, a su concepto de soberanía nacional, a sus matices de gobierno parlamentario. A la idea central de los Sentimientos de la Nación de ser un buen servidor pública, entregado con humildad al servicio del prójimo.

México está entrampado en falsos debates. Sería un buen ejercicio el análisis de estos antecedentes. Retornando a lo elemental se puede clarificar lo complejo. Con sentido común y con claridad en los planteamientos se puede recuperar la capacidad de deliberar y de alcanzar los tan necesarios acuerdos.

Es el mínimo compromiso con quienes nos antecedieron y con quienes nos sucederán, desempeñando el papel de eslabón que le dé continuidad a un esfuerzo colectivo.

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