Soy mexicano

Los cubículos de los baños en los aeropuertos de Oslo y Estocolmo se parecen: son unas cabinas herméticas, con puertas pesadas, como si desearan que el olor no saliera de ahí, pero mi hermano Quique, que es una enciclopedia andante, me dice que es para no dejar entrar ...

Los cubículos de los baños en los aeropuertos de Oslo y Estocolmo se parecen: son unas cabinas herméticas, con puertas pesadas, como si desearan que el olor no saliera de ahí, pero mi hermano Quique, que es una enciclopedia andante, me dice que es para no dejar entrar el frío, aunque, con el cambio climático que estamos viviendo, hay días de mucho calor por Europa este verano. Los usuarios de estos baños hacen una cosa muy extraña: dejan su equipaje afuera. Incluso para mí, que no soy un amante de lo ajeno, ver un backpack ahí solito durante más de cinco minutos, mientras el dueño realiza sus necesidades fisiológicas (o sea, cagar), es una situación muy tentadora. Dan ganas, si no de robarle, al menos de esconder el equipaje para que aprenda y se ponga más a las vivas. Sin embargo, al ver que todos hacen lo mismo y dejan su equipaje desatendido, me doy cuenta de que en este lugar el raro soy yo, pero es que qué quieren, he vivido toda mi vida cuidándome de los mano larga.

Café Tacvba anda de gira por Europa, ya tocamos en Oslo, Estocolmo, Londres y hoy en la noche en París. Yo me vine una semana antes para visitar algunos lugares con mi familia, aprovechando las vacaciones escolares, las millas que tengo acumuladas y que mis hijas no conocían por acá. Al parecer yo tampoco. Las giras que he tenido con mi grupo no me permiten andar turisteando, visitar parques, museos, restaurantes y lugares típicos. Ser turista toma mucho tiempo y energía, la mayoría de las veces no se puede combinar con las tocadas.

De más jóvenes sí lo hacíamos, teníamos un aguante que ya quisieran los superhéroes de Marvel. Viajábamos durante la madrugada en avión, crudísimos, luego llegábamos a la ciudad en cuestión y corríamos a los museos, después a las entrevistas, hacíamos soundcheck, tocábamos, celebrábamos al final con una borrachera descomunal, y de vuelta a empezar. Esos tiempos ya se fueron, al menos para mí, aunque, al decirlo, siento que estoy traicionando a mi gremio rockero, que quieren preservar el mito del músico viviendo al límite. Si no hubiera parado, seguro que pertenecería al Club de los 27 —ese panteón de músicos rockeros permanecieron jóvenes para la eternidad, tres metros bajo tierra—.

Nunca pensé que visitaría la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Père-Lachaise, en París, siendo papá. Imaginaba que haría esta peregrinación más joven y que celebraría a Morrison emborrachándome. En cambio, lo que hice esta vez fue responder las preguntas de mis hijas, ¿quién es?, ¿qué hacía?, ¿qué cantaba? A ellas les gustan The Beatles, 21 Pilots y Katy Perry. Los Doors todavía no. Pusimos Riders on the storm en el celular y la voz grave de James Douglas Morrison parecía salir del mismísimo sepulcro.

En Hellstone Music, la tienda de instrumentos musicales con más historia en la ciudad de Estocolmo, nos mostraron un teclado que perteneció a Ray Manzarek. Pasé mis dedos por cada tecla, tratando de contactar el alma del músico para que me transmitiera su talento.

En esta mítica tienda también tienen, enmarcado, un bajo destrozado de Novoselić. Está firmado por los tres Nirvana: Krist, Dave y Cobain. Un mexicano que trabaja ahí, David, me contó que ese bajo antes estaba a la entrada de la tienda y un día desapareció. Ocho años después lo encontraron: estaba expuesto en un restaurante, en otra zona de la ciudad. Seguramente pasaba como las maletas y backpacks de la gente que entra al baño: nadie se imaginaba que lo podían robar. Ingenuos.

Pero parece que las cosas están cambiando en Europa. Ahora hay un letrero en cada sala de museo que he visitado: cuidado con los carteristas. A mí no me tienen que alertar, gracias, siempre ando a las vivas, porque, como dijo Guillermo del Toro, soy mexicano.

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