PiL

En el escenario están cuatro señores. Señorones. Alguien más joven que yo los definiría como ancianos. Los que están allá arriba tienen diez años más que yo, aunque seguramente mucho mejor vividos: sex, drugs and rockandroll de a de veras. Son PiL: Public Image ...

En el escenario están cuatro señores. Señorones. Alguien más joven que yo los definiría como ancianos. Los que están allá arriba tienen diez años más que yo, aunque seguramente mucho mejor vividos: sex, drugs and rockandroll de a de veras. Son PiL: Public Image Limited. Aquí la edad no importa. Sí, John Lydon está gordísimo, pero tiene el vozarrón de siempre, su forma de plantarse en el escenario que, aunque no se mueve casi nada (los brazos de repente aletean), no ha perdido magnetismo. El guitarrista, Lu Edmonds, trae una barba que lo podrías confundir con los homeless que pululan en todo Estados Unidos, roquea con su Bouzouki (un instrumento de cuerdas griego) mejor que un chavito de 20. Ya quisiéramos muchos tener esa experiencia en nuestra vida.

Los que estamos viendo el concierto tampoco es que seamos unos jovencitos. Claro, hay público de veinti-treinta años. Pero me acabo de encontrar a muchísimos amigos y conocidos que hace décadas, ¡décadas!, que no veía. Y el look favorito de todos, descubro, es el pelo encanecido, a veces completamente blanco, otras, platinado. También está de moda entre mi generación la falta de pelo, las entradas muy pronunciadas que alargan la frente casi hasta la nuca. El color negro en la ropa es la norma de etiqueta. Las botas Dr Marteens. Saco negro o abrigo largo. Chamarras de cuero. A los punks del Chopo no los veo porque seguro llegaron mucho más temprano que yo y, sin duda, están hasta adelante mentándole la madre al antes apodado Rotten, el cual está feliz de verlos ahí. “Anger is an energy”, dice la canción. Y sí, Lydon saca energía de su rabia. Supongo que por eso le gritó de leperadas a uno de los camarógrafos de circuito cerrado, ¿por qué se enoja? Quién sabe, parece ser que piensa que está “grabando” el concierto para lucrar con él, aunque el de la cámara sólo se dedica a sacar aspectos close up para que aparezcan en las pantallas. Pero ese berrinche le da energía a John Lydon. También se alimenta de oxígeno. Literal. En una pausa entre canción y canción dijo que le era imposible respirar: “I need oxigen”, y su personal manager, un tipo vestido como pachuco —parecía Resortes—, salió corriendo a ofrecerle un tanque de oxígeno: le pasó la mascarilla, de la cual Lydon inhaló con deleite. El exvocalista de los Sex Pistols ya no se mete nada, está limpio de drogas. Aunque, por la talla, se nota que no se limita con la comida. Me chismearon que antes de salir a tocar se dio un atracón de tacos de cochinita pibil y barbacoa. No lo culpo. Ahora que me lo contaron a mí también se me antojan.

Las canciones más celebradas son Dead Disco, This is Not a Love Song y Rise. Las otras fueron coreadas por algunos eruditos, y escuchadas con sumo respeto por toda la sala, pero los grandes éxitos son los grandes éxitos, ni hablar.

Cuando inicia This Is Not a Love Song volteo a ver a mis amigos que están a unos metros de mí, los observo bailar, moverse espasmódicos al ritmo hipnótico, casi disco, del tema. Me siento transportado por unos segundos a la década de los 80, al Tutti Frutti, ese antro de Lindavista en el que nos reuníamos los amantes de la música Post Punk. La edad es distinta, 30 años más, pero el baile es exactamente el mismo. Cuando uno es joven piensa que cuando sea un cincuentón va a ser otra persona, con otros gustos. Pero no, uno sigue exactamente igual. Sólo te duelen unas partes del cuerpo que antes ni sabías que existían. Voy corriendo a darles un abrazo cariñoso a mis amigos, por los buenos tiempos. Quién diría que los berridos de John Lydon me ablandarían el corazón.

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