Mota

Huele a mota. Todo el tiempo. No sólo en los lugares en que tocamos, que a estas alturas de la historia del mundo ya es normal. A quien no se lo parezca es que vive en otro planeta o tiene un problema con su sentido del olfato. Bueno, o tal vez no va a los mismos ...

Huele a mota. Todo el tiempo. No sólo en los lugares en que tocamos, que a estas alturas de la historia del mundo ya es normal. A quien no se lo parezca es que vive en otro planeta o tiene un problema con su sentido del olfato. Bueno, o tal vez no va a los mismos conciertos que yo. En todos los conciertos de todo el mundo siempre hay un momento en que, invariablemente, aparece la nube entre el público, incluso la veo, tiene color verde, se los juro.

Bueno, estoy exagerando, tengo mucha imaginación. En los conciertos de Café Tacvba hay ciertas canciones que despiertan las ganas de la gente de estar pacheca —nunca es la misma rola, no sé por qué— y surge la nube verde entre el público. Ok, no es verde. El olor a mariguana llega después de un rato a donde estamos tocando.

Acá en Estados Unidos huele a mota todo el tiempo. Más que nunca. Al principio pensé que eran imaginaciones mías. Seguramente porque vengo de una gira europea, y pasamos por Amsterdam, ya siento que en cualquier lugar huele igual. Pero no, no me lo imagino: en esta gira que estamos haciendo por USA desde principios del mes de septiembre y que durará todo el siguiente, octubre, hay un olor característico en todos lados: el olor de cannabis.

Empezamos la gira en California. Hemos pasado por Oregon, Washington, Colorado y Washington D.C. Lugares, todos, en donde el uso de la mariguana ya es legal. Por eso huele en cada esquina, y pasa la gente caminando inhalando de su vaporizer, dándose un pipazo o fumando un porro gordo sin ocultarlo lo más mínimo. Me sorprendo. Décadas viviendo represión me hacen ponerme alerta, aunque no sea yo el que esté fumando ni tenga nada que ver con el tipo ese que pasó a mi lado. Siempre pienso: ¡baja bandera! ¡baja bandera! te van a ver, aguas. No te balconees, pero el tipo pasa muy tranquilo. No es un tipo de pelo largo con camiseta de grupo de rock, no, es un tipo de traje, con el pelo corto, guapo. Una persona que mi mamá definiría como “exitoso”. Ahí va por la calle, relajándose después de un día de trabajo en la oficina.

En San Francisco estuvimos tocando cinco noches en el mismo sitio, The Independent, y cada vez que salíamos del camerino para subirnos al escenario nos recibía una nube que apartaba como una cortina verde para llegar a mi instrumento, el humo denso llenaba la sala. No se puede fumar tabaco, eso está prohibidísimo, pero al parecer si fumas mota se hacen de la vista gorda.

En Colorado, tocamos en un bar super hippie en medio de las montañas donde no había señal de celular, ni de internet, en el camerino había dos tipos de mariguana: una relajante, otra energizante ¡Varios sabores! Aunque el lema Sexo Drogas y Rockanrol se supone que define este trabajo que hacemos, no es normal que a un lado de la fruta, aguas, refrescos y chelas que están en el catering te pongan mota de varios sabores. Y sin que la pidas. El empresario nos dijo: ya es legal, es lo mínimo que podemos hacer.

 Por eso los fans llegan con “regalitos”. No es raro que en algunos conciertos en otras partes del mundo avienten porros al escenario como ofrendas. Ahora acá en Gringolandia llegan a cada rato con cigarros, botes o bolsas cuyo contenido se percibe a kilometros de distancia por el olor. Yo no soy un consumidor habitual, fumo muy poquito y muy de vez en cuando, soy “muy fresa”, como decíamos en mi juventud, pero celebro que se tome el camino de la legalización.

La mariguana resulta ahora la más inocua de las drogas ilegales (o la menos perjudicial), y quizá legalizarla no resuelva el problema del narcotráfico, ni les devuelva la vida a miles de personas que han muerto, no por su consumo, sino por su comercio, pero algo es algo.

A los fans con regalitos, mejor mándenme libros o viniles, cuestan lo mismo y me ponen más high.

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