Migración
El fin de semana pasado terminamos nuestra gira por tierras norteamericanas. Cuarenta fechas en dos meses. Cada año, Café Tacvba viaja al vecino país del norte, la diferencia es que en esta ocasión visitamos lugares en los que hacía mucho que no tocábamos o en los que ...
El fin de semana pasado terminamos nuestra gira por tierras norteamericanas. Cuarenta fechas en dos meses. Cada año, Café Tacvba viaja al vecino país del norte, la diferencia es que en esta ocasión visitamos lugares en los que hacía mucho que no tocábamos o en los que nunca habíamos estado: Portland, Seattle, Cleveland, Philadelphia, Nashville, Oklahoma, Kansas City, St. Louis, Albuquerque, entre muchos más.
Se siente bien llevar un poco de alegría hecha música a los paisanos y a nuestros hermanos latinoamericanos: argentinos, uruguayos, paraguayos, peruanos, venezolanos, etcétera. Lo sabemos porque en algún momento de la tocada el público, mayoritariamente mexicano, empieza con la famosa porra: ¡México! ¡México! ¡México!, a lo cual Rubén responde: ¡Viva México! Y todos dan un grito de entusiasmo; Rubén continúa con ¡viva Perú! (los peruanos saltan de alegría); ¡viva Ecuador! (los ecuatorianos reaccionan). Menciona varios países sudamericanos y luego se sigue con ¡viva Estados Unidos! ¡Viva Japón!, e incluso ¡viva Indonesia!, para terminar diciendo: ¡Viva el planeta!
Rubén, antes de cantar las últimas dos o tres canciones del show, se avienta unas palabras, saludos o, como él mismo llama en broma: “Anuncios parroquiales”, donde toca varios temas que le preocupan y de los que quiere hablar. Uno de ellos es la migración: “La humanidad creció caminando de un lugar a otro —dice—, la migración es natural. Todos los animales migran. Ningún ser humano es ilegal”.
En esta gira leí dos libros que abordan este tema desde la parte más sensible de nuestra sociedad: la migración infantil. El primero ya salió hace varios años, Los niños perdidos, de Valeria Luiselli (Sexto Piso, 2016). En él, la autora narra cómo llegó a trabajar de traductora en entrevistas que un bufete de abogados realizaba a niños que cruzaron la frontera solos, para determinar si su caso era defendible y podrían residir en Estados Unidos. Los niños a los que entrevistó han vivido cosas terribles: salieron de su país huyendo de la pobreza y la violencia extrema para encontrarse con otro tipo de violencia, quién sabe si más o menos agravante, pero violencia al fin. A algunos niños les costó trabajo hablar de su experiencia. A otros les fue difícil darse a entender. Se nota que Valeria intentó por todos los medios ayudar a estos niños, pero no pudo, lo único que pudo hacer fue entrevistarlos para que la ley migratoria de Estados Unidos decidiera si les daba el estatus migratorio que tanto buscaban.
El segundo libro que leí parece ser complemento del anterior: Yo tuve un sueño, de Juan Pablo Villalobos (Anagrama, 2018). El autor ficcionaliza las entrevistas que hicieron a varios niños del llamado Triángulo Norte de América Central: Guatemala, El Salvador, Honduras. Son cuentos narrados desde distintas perspectivas, a veces en primera persona, a veces en tercera. Con diálogos y personajes, recuerdos y acción. Las niñas y niños que son protagonistas de las historias cuentan sus desventuras al cruzar, primero la frontera de Guatemala-México, para luego atravesar, de distintas formas, el territorio mexicano. En La Bestia, autobús o ride. Es muy triste. La única alegría que le queda al lector es ésta: si los niños pudieron contarlo es porque están vivos.
La caravana que va de Honduras a Estados Unidos está llena de historias. Seguramente se podrían llenar varios libros con las desventuras de cada hombre y mujer, adolescentes, niñas y niños. Ojalá alguien las recopile para hacernos más sensibles y conscientes de que no sólo es “la noticia del momento”, sino que la caravana está llena de seres humanos como nosotros que buscan su seguridad y su felicidad. Si ven a un migrante, ofrézcanle agua y comida; si está en sus manos, calzado y ropa. ¡Ningún ser humano es ilegal!
