La de Cuin
“Me da un boleto para la de Cuin, por favor”, pedí al boletero del cine. Éste me contesta con su mejor acento inglés: “ah, la Bohemian Rapsody”, dice, y hasta hizo una floritura con los labios. “Sí, sí, la de Freddy Mercury”, insisto. Recibo mi ticket del ...
“Me da un boleto para la de Cuin, por favor”, pedí al boletero del cine. Éste me contesta con su mejor acento inglés: “ah, la Bohemian Rapsody”, dice, y hasta hizo una floritura con los labios. “Sí, sí, la de Freddy Mercury”, insisto. Recibo mi ticket del boletero que me hizo cara de “hable bien”. Perdón, tengo prisa por entrar, voy tarde, quiero ver por fin la película más polémica del momento. Hacía mucho que no había una cinta que tuviera comentarios tan diametralmente opuestos: algunos la aman, otros la odian a muerte. A dos que tres les da igual: “meh”, levantan los hombros.
Yo pensaba llevar a mis hijas, que resultaron fans de Queen, hay un CD en el auto (sí, todavía cargo CDs) con los Grandes Éxitos que cantan de principio a fin. Un amigo nos dijo que sí podrían verla, aunque en cartelera dice claramente clasificación B. De hecho, me pregunto, ¿si uno lleva a sus hijos los detendrán en la entrada y no los dejarán entrar? Nunca me ha pasado. A mí me lo hicieron de chico con Fiebre de sábado por la noche. No la pude ver y tuve que regresarme a casa solito (en aquella época remota los niños sí podíamos andar solos por la calle).
Terminó la película y lamento decir que no me gustó. Y eso que le eché muchas ganas. Quería que me gustara. Claro, a una película no hay que echarle ganas, te atrapa o no, y ésta no me atrapó. Por supuesto que hay momentos muy bien logrados. Pero son más los fallidos que los buenos. Lo que más me molestó fueron los diálogos entre los integrantes de Queen, las miradas que Brian May le dirigía a sus compañeros, demasiadas veces a lo largo de toda la película. Esas miradas cómplices se repiten
excesivamente durante los 133 minutos que dura la cinta. No sé, prefiero leer biografías que verlas ficcionadas en la pantalla grande.
Pero, bueno, las biopics venden. Ya lo vimos con Luis Miguel, que, después de la serie, ahora lleva no sé cuántos Auditorios Nacionales vendidos y todavía creo que abrirá mas fechas. Un fenómeno, dicen.
Aún no empiezan a hacer, ni siquiera a proponer, las biopics del rock nacional (rockcito nacional, le dicen sus detractores). ¿Cuándo aparece la del Tri o la de Caifanes?, ¿la de Maldita, Santa Sabina, Fobia, Café Tacvba? Si a mí me toca, voy a poner a un actor muy guapo que la haga de Joselo. Con patillas y lentes seguro que se va a parecer, no hay pierde. Voy a pedir que tenga mejor cuerpo, abdomen de lavadero y que diga unos diálogos muy inteligentes y cultos. Quizá de esa manera el público, en un acto de psicomagia colectiva, me empiece a ver como un rockstar de a de veras. Como Stalin, voy a cambiar la historia a mi conveniencia.
Los actores nunca se van a parecer por completo a ese músico que admiramos y del cual hemos visto cientos de videos y fotografías. Entiendo también que la ficción es muy distinta al documental, que al llevar una historia real a la pantalla hay recursos de la ficción que debes tomar, como juntar muchos eventos que acontecieron en lugares y años distintos, amalgamados en una sola escena para poder contar la historia. Eso no es lo que me molesta tanto, sino que aquí hay algo que no fluye. No dudo que sea cosa del director o, incluso, de los productores, que resultaron ser Brian May y Roger Taylor, guitarrista y baterista de Queen. Estos productores debieron cuidar cómo iba a ser contada la historia de su vocalista, y la de ellos mismos. Quizá eso es lo que más daño le hace a la película, tener ahí a los dueños de la “franquicia Queen” cuidando cómo se verá su “producto”.
Bohemian Rapsody no me hace más fan de Queen. Por suerte, tampoco me lo quita. Siempre voy a admirar a esos cuatro compositores que, juntos, lograron una carrera llena de canciones inolvidables.
