Graceland

En la puerta de entrada a la casa de Elvis hay un señor que te da la bienvenida. Tiene un discurso muy bien aprendido con datos históricos y chistes, pregunta de dónde vienen algunos del grupo que soy parte. Somos alrededor de veinte personas, esperando a que el señor ...

En la puerta de entrada a la casa de Elvis hay un señor que te da la bienvenida. Tiene un discurso muy bien aprendido con datos históricos y chistes, pregunta de dónde vienen algunos del grupo que soy parte. Somos alrededor de veinte personas, esperando a que el señor termine de explicar la historia de la casa para ingresar a ella: que el lugar perteneció a Stephen C. Toof, y que le puso Graceland en honor a su hija Grace. Elvis Presley la compró para sus papás cuando tenía apenas 22 años, y vivió ahí con ellos hasta el día de su muerte.

El señor, que trae un peluquín que lo hace sudar profusamente, dice al final: “Tengan cuidado con este borde del tapete de bienvenida”, todos volteamos al suelo a verlo. El borde es una protuberancia de no más de dos centímetros. Yo pienso, ¿quién puede peligrar al pasar por aquí? El señor abre la puerta y al pasar una señora se tropieza con el mencionado borde, ¿cómo es posible? Claro, es una señora que tendrá alrededor de 90 años. No se cayó porque yo la tomé de la mano y le ayudé.

El 90% de las personas que me rodean tienen más de ochenta años. No saben utilizar el iPad que nos dan para el tour. Como traen los audífonos puestos platican gritando, no se dan cuenta de que levantan tanto la voz. No saben qué iconos tocar en la pantalla táctil. Yo tampoco nací con un iPad en las manos, no soy tan joven, pero puedo ayudarle a una abuelita para que encuentre la página correcta en su tableta y el “guía virtual” le cuente cosas del lugar en donde estamos.

La casa es pequeña en relación con los estándares de ahora: una figura de la fama de Elvis tendría una mansión docenas de veces más grande. Pero lo que acabo de decir es una aberración: nadie es más famoso que Elvis, por eso estamos todos aquí, en este peregrinar para acercarnos de alguna manera a la energía que The King dejó en cada rincón de su casa: en las sillas, los sofás, los televisores, los pianos, la alfombra. 

Bajamos al sótano por una escalera de espejos. Vamos muy despacio porque todos los ancianos tienen que hacerlo con mucho cuidado. Una señora se enoja cuando su esposo se retrasa. No sé cuánto tiempo llevarán juntos ¿cincuenta?, ¿sesenta años?, al parecer es algo que siempre le ha molestado a la señora, pero el señor ni se inmuta, quiere ver bien la sala amarilla con tres televisores encendidos al mismo tiempo que parece salida de una película de ciencia ficción antigua. Vemos el Jungle Room, donde Elvis y su grupo TCB (Taking Care of Bussiness) grabaron un disco, tapizado por todos lados con una alfombra de filamentos verde y unos muebles de madera tallada. La penúltima parte del recorrido es la cancha de squash, donde también hay un piano. En él, Elvis cantó sus últimas dos canciones a unos amigos, para luego irse a dormir. Al otro día saldría de gira, pero murió en la tina del baño. Esa parte está cerrada al público, toda la parte de arriba de la casa. Supongo que para guardar, aunque sea un poquito, la intimidad de alguien tan famoso. La última parte del tour es el pequeño cementerio donde hay varias tumbas, en medio de ellas, la de Elvis Aaron Presley.

No me doy cuenta en qué momento me brotan las lágrimas, ¿estoy llorando? Ver su casa me hace pensar en Elvis no como el Rey del Rock, esa figura mítica inalcanzable, sino como un ser humano que tenía esposa e hija, papás; que compró muebles, que veía mucha televisión, que comía e iba al baño como todos, que tenía anhelos y contradicciones.

Y aunque Graceland puede parecer Disneylandia en algún momento, no deja de ser la casa donde vivió el personaje en que se amalgamó el country blanco y el blues negro dando figura humana y voz al rock and roll.

Lloro porque espero que Elvis Presley haya sido feliz aquí, en Graceland.

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