Equipo
En un universo paralelo soy el aficionado más ferviente del mundo al futbol soccer. El hincha más hincha. El que grita frente al televisor y se desgarra la camiseta por su equipo. El que va al estadio y le canta su amor a los jugadores y le grita su odio al contrario. El ...
En un universo paralelo soy el aficionado más ferviente del mundo al futbol soccer. El hincha más hincha. El que grita frente al televisor y se desgarra la camiseta por su equipo. El que va al estadio y le canta su amor a los jugadores y le grita su odio al contrario. El que se pone hasta las chanclas porque su equipo ganó. O perdió, es igual, de todos modos acaba hasta las manitas.
En este universo no. La mayor parte del tiempo, el Joselo de este lado va por la vida sin importarle mucho el balompié. El juego del hombre, que le llaman. Aun así, doy cuenta de ese otro YO, ése que está allá, en una dimensión desconocida, porque se asoma cada cuatro años. Hay una fluctuación de realidades, donde se difumina quién está en qué dimensión, porque los dos ven todos los partidos del Mundial con entusiasmo.
Hasta yo mismo me sorprendo. Yo no soy así, ¿por qué me emociono cuando veo un golazo? ¿Porqué me enojo al ver que el árbitro no ve lo puercos o falsos que son algunos jugadores (Neymar)? Ése es un Joselo que desconozco. Si no me lo hicieran notar, ni lo creería, es gracias a esos testigos que me ven frente al televisor entusiasmado quienes me dicen: “Y ora tú, ¿qué te pasó?”, sólo así noto que algo está distinto. Debe ser que me falta un equipo y cuando hay Mundial, lo consigo: México.
Aunque eso no es del todo cierto. Porque cuando mi selección pierde, que es la mayoría de las veces, me entusiasmo por otro país sin venir a cuento, me puedo adherir a cualquier equipo sin alguna razón aparente.
Por ejemplo, yo pensaba que le iba a Inglaterra, pero cuando Croacia metió gol, me dio muchísimo gusto. Apenas ahí me di cuenta de que le iba a Croacia. Ya sé, ya sé. Eso no se vale. Luego por qué me dicen “Rata de Barco”. Hay que definir desde el principio a quién le vas, y no cambiar de camiseta como de calzones. Pero es que, ya les digo, yo no le voy a nadie. Si me pongo a reflexionar, creo que ése es el problema principal por el cual nunca me he aficionado lo suficiente al futbol: no tener equipo; no saber lo que es el amor por los colores de una camiseta.
Escucho anécdotas de cómo mis amigos y amigas portan con orgullo su afición a tal o cual equipo: porque su abuelo y su papá los llevaban al estadio. Porque desde chiquitos se aprendieron la porra del equipo, aun antes de poder hablar siquiera. Por una rivalidad abierta con alguien de la familia, de la otra cuadra, del otro barrio.
Un día escuché una anécdota: un seguidor de las Águilas del América decidió dejarlos. Traía su afición desde pequeño, inculcada por padres, tíos, abuelos. Pero al crecer, seguramente al estar en un ambiente completamente distinto, ser del América ya no iba con él. Así que se cambió a los Pumas. Creía que había dejado atrás ese amor de juventud pero una noche tuvo un sueño: en el pecho traía tatuada un águila enorme. Al despertar se dio cuenta de que estaba engañando a todos, más que nada, a sí mismo. Así que regresó con más fervor que nunca a ese equipo al que le había dado la espalda.
Ya sé que los verdaderos seguidores del futbol aborrecen a quienes, como yo, nomás ven partidos y se emocionan cuando hay Mundial de futbol. Pero, en serio, no lo hago de mala fe ni con ganas de molestar, ¿qué ganaría?
Un día como hoy, ya muy cerca de la final, parece que aquel otro Joselo se va a cruzar de alguna forma inexplicable, dar ese salto interdimensional para apoderarse de mi ser y quedarse de este lado, seguir viendo partidos y escoger un equipo para siempre. Pero no puede. No logra traspasar esa pared invisible. Le falta equipo.
¿A quién le debería ir? ¿Al Real Madrid, al Barça? ¿A los Pumas o a las Chivas? ¿Cruz Azul? Quién sabe. Ya veremos qué pasa después de este próximo domingo. Ahorita no sé si le voy a Francia o a Croacia. Mi ser lo decidirá en los primeros minutos del partido. Nomás no me digan “Rata de Barco”.
