Dos horas

“No tienes idea de lo que se siente me dice un fan, de repente estás en México, es como si te teletransportaran; a medio concierto, con toda la gente brincando, saltando, con sudor y gritos, se te olvida que estás en Europa”. Lleva diez años en Berlín, ciudad que ...

No tienes idea de lo que se siente —me dice un fan—, de repente estás en México, es como si te teletransportaran; a medio concierto, con toda la gente brincando, saltando, con sudor y gritos, se te olvida que estás en Europa”. Lleva diez años en Berlín, ciudad que no habíamos visitado nunca, hasta ahora. No le pregunto qué hace, cuál es la razón por la que se encuentra lejos de casa. Me gustaría, pero no hay tiempo, el encuentro entre fan y músico es muy reducido. Sólo quería una foto y hablar y hablar. Aunque desconozco su profesión o quehacer, me entero que este año no podrá costearse un viaje para visitar México, “pero ya no tengo que ir —dice—, ustedes me llevaron por dos horas y me trajeron de vuelta”.

Dos horas es más o menos lo que dura nuestro concierto. A veces menos, por restricciones de los lugares, pero otras podemos extendernos un poco más y complacer al público con las canciones que nos piden. Pero sí, dos horas.

En otro concierto, en París, unos amigos que invité me dijeron que ellos sintieron lo mismo, que incluso escucharon a varios mexicanos en la barra pedir chelas en español, con acento chilango o regio, ante la mirada atónita del barman. “Se te olvida dónde estás. Te sientes en México, en realidad, es muy extraño. Pero lo más extraño todavía es que ‘huele’ a México”.

Eso sí es raro. Porque no es que toda la gente que se reunió para vernos haya comido tortillas, frijoles y chile todos los días. Ni su torta de tamal o chilaquiles, ni sus quesadillas con queso, ni su machaca con huevo o cabrito, ni torta ahogada o unos lonches Amparito. Boquerones, sí; tortilla española, jamón, croissants, muchos tipos de queso, sí. También kebabs, curry, embutidos y salchichas de todo tipo. Dependiendo del país, la zona, el barrio.

Hay mucho pan y poco maíz. No comí ninguna tortillita durante la gira. Pero sí totopos, nachos —como les dicen ellos—, porque, aunque nunca pedimos nada de comida mexicana en nuestros camerinos (preferimos probar lo local), algunos empresarios insisten en ponerla. Y los nachos son dizque mexicanos.

No los culpo por querer agasajarnos con nuestra comida. Antes yo viajaba con un frasco de chile habanero Lol-Tun; lo sacaba en todos los restaurantes y aderezaba cualquier comida con ese sabor. También llevaba mi bolsa llena de Miguelitos de agua y de polvo y, claro, unos cacahuates japoneses Nishikawa. Pero mi panza ya no soporta el picante. Qué les digo, es la sejuela, “se-jue-la-juventud”.

En Copenhague vi cómo dos personas, que no se conocían, se saludaban muy familiarmente de la nada al encontrarse ahí en el camerino, cuando terminó el concierto. Se habían visto en los partidos de México en el Mundial, en algún bar donde vieron los partidos todos los mexicanos de esa localidad. Al despedirse dijeron: “Nos vemos en otra reunión de mexicanos”.

¿Por qué huele a México? Debe ser un truco de magia. Magia de la de a de veras. Esa en la que no hay mago, sino un ritual, un conjuro hecho por público, staff, músicos y música. En recintos antiguos donde se cuentan historias de fantasmas (O2 Shepherd’s Bush Empire; Trianon, en París) o lugares nuevos para hacer una teletransportación masiva hacia México. Pero no a ese México violento y corrupto, sino al México musical/cultural, que es el que más nos gusta a todos.

Tal vez ése sea nuestro trabajo: no es tocar en una banda y hacer giras por Europa, sino congregar gente del mismo país, que se conozcan, que se escuchen y se huelan. Y en un aquelarre musical, caer en trance y llevarlos a todos a México, a su terruño del alma. No para siempre, claro, pero al menos dos horas.

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