Cocinero
¿En qué momento llegamos a mayo? Hace apenas unos días pensaba que el año recién comenzaba, pero al ver el calendario no es posible hacerse tonto más tiempo. El año está casi a la mitad. Al año escolar del cual estoy muy pendiente por ser padre de familia sólo le ...
¿En qué momento llegamos a mayo? Hace apenas unos días pensaba que el año recién comenzaba, pero al ver el calendario no es posible hacerse tonto más tiempo. El año está casi a la mitad. Al año escolar —del cual estoy muy pendiente por ser padre de familia— sólo le quedan dos meses. Una de mis hijas pasa a la secundaria, lo cual no me hace sentir más joven. Es momento de revisar si lo que estoy haciendo en el día a día es lo correcto, no quiero en dos meses sentir que se me fue el año y ciertas cosas que tenía planeadas no las logré.
¿Cosas planeadas? ¡Con las elecciones y el Mundial es suficiente! (escucho ese rumor, aunque nadie lo diga en voz alta). Todo parece detenido, en pausa. Unos sólo piensan en el Mundial de Futbol que viene, en el fatídico quinto partido, están llenando su álbum de estampas Panini y esas cosas tan importantes; mientras otros sufren imaginando que va a ganar el candidato que más temen. No piensan tanto en que vaya a ganar por el que votarán, percibo que todos viven en el temor del peor escenario, lo más raro es que, por las conversaciones que escucho a mi alrededor, todos y cada uno de los candidatos son el representante de ese futuro funesto.
La cosa importante que yo me propuse hacer este año es cocinar. Gane quien gane el Mundial, gane quien gane las elecciones, de todos modos yo y mi familia tenemos que seguir comiendo, así que me propuse la tarea de aprender.
Fue a principios del año, les dije a mis hijas que aprendería a hacer tres platillos: pizza, sushi y tortilla española. Mis hijas saltaron de gusto. Lumi, mi esposa, puso cara de “no prometas lo que no vas a cumplir”. No la culpo. Si de algo no sé es de cocina. Jamás he experimentando con recetas o ingredientes. Hago algunas cosas, no voy a decir que no. Sé hacer quesadillas, que según las amiguitas de mis hijas me quedan muy bien; hago también enfrijoladas rellenas con huevito revuelto. Algunos sándwiches y choripán, pero, bueno, eso lo hace cualquiera, ¿o no?
Pero hacer pizza desde cero, desde la masa, ya es otra cosa. Tuve que ir a comprar levadura, la harina, pasando vergüenzas porque no sabía ni lo que estaba buscando, pero, bueno, es parte de la experiencia, aceptar que uno es un ignorante total y, claro, la gente que sí sabe se ufana ante mi inexperiencia. Hasta prender el horno fue todo un reto para mí, ¡les digo que no sé nada de cocina! Vi algunos tutoriales en YouTube y recetas en Google y descubrí que cada cocinero tiene su estilo y van cambiando las cantidades a su gusto. Para hacer la pizza estuve con mis hijas, que me ayudaron bastante en la amasada y cuando yo estaba a punto de rendirme porque la masa estaba muy aguada, mi hija mayor salió al quite y arregló las cosas. Seguro tiene ese talento, ya lo explorará, espero. Mi primera pizza no quedó en lo absoluto redonda, pero estaba riquísima. Es una experiencia que no tiene precio probar la comida que uno hace.
Para el sushi lo más complicado fue conseguir los ingredientes, aunque tampoco tanto, ahora en cada súper venden el arroz especial, el vinagre de arroz, las hojas de alga y pescado fresco, ¡todo más barato que pagar el dineral que cobran los restaurantes de sushi!
Para la tortilla, mis amigos Adam y Odette me prestaron un libro de cocina española, que, además de recetas, trae la historia de cada platillo, un libro fenomenal, a ver si lo consigo en la próxima gira europea.
A mi familia les decía: si me queda horrible, yo me lo como, pero, o son muy buena onda o en realidad me quedaron bien. Nadie se quejó y toda la comida se acabó. Ahora quiero ponerme el reto de otros tres platillos, ¿alguna sopa?, ¿pollito con mole?, ¿tamales? Quedan varios meses y mis propósitos del año no van tan mal. Ahora sólo espero que lo que se avecina, el Mundial y las elecciones, no nos lleve al suicidio colectivo.
