Bookstores

Siempre me prometo a mí mismo que ya no voy a comprar más libros, pero ¿cómo cumplir? En cada ciudad que visito con Café Tacvba hay alguna librería por ahí escondida que tiene libros que no existen en ningún otro lado. Mi hermano, que es un buscador experto de ...

Siempre me prometo a mí mismo que ya no voy a comprar más libros, pero ¿cómo cumplir? En cada ciudad que visito con Café Tacvba hay alguna librería por ahí escondida que tiene libros que no existen en ningún otro lado. Mi hermano, que es un buscador experto de lugares en Google Maps —siempre encuentra la tienda de instrumentos musicales, la zona hipster, el mejor restaurante, la tienda de arte y material más surtida— pareciera que es mi dealer, que no me permite dejar el vicio, pues encuentra la librería perfecta para mí.

Cuando llegamos a una ciudad nueva me pasa el dato: “Mira, hay una librería que te puede interesar”. Así me dijo el otro día en Mineápolis: Uncle Hugo’s Science Fiction Bookstore, que está a un lado de Uncle Edgar’s Mistery Bookstore. No, pues cómo no ir. El lugar estaba lleno de libros de ciencia ficción, usados en su mayoría, ejemplares antiguos de la desaparecida revista OMNI, Locus Magazine de varias décadas, revistas Asimov’s Science Fiction de 1977, y cientos y cientos de paperbacks de todos los autores de ciencia ficción de todas las épocas. El baño era un asco, pero tuve que visitarlo. Lleno de moho y sin lavar en muchos, muchos años. Pero la bookstore era una maravilla, olía a polvo y libros: el mejor olor del universo. Un señor de pelo largo canoso con barba revisaba en una computadora antiquísima las existencias y pedidos. No le pregunté nada. A los dueños no se les pregunta nada, a menos que quieras que te miren con ojos de desprecio por tu osadía de buscar un autor que no tiene relevancia. Aunque no creí que éste me regañara, pues iba buscando una novela de Fritz Leiber, quien ganó el premio Hugo en 1965, The Wanderer. Jamás me acercaría a pedir algo tan obvio como Asimov o Bradbury. Preferí buscarla yo mismo ¡y la encontré!

Otra bookstore que me recomendó mi hermano Quique en esta gira por USA fue en Portland. Una librería enorme, del tamaño de una cuadra entera, con pisos para arriba y para abajo, cada uno de ellos con un color distinto: el salón perla, el salón azul, el salón amarillo. Miles y miles de libros en libreros enormes. El nombre: Powell’s City of Books. Me perdí en ella hasta que nos llamaron para hacer el soundcheck.

Podría viajar a cada rato sólo para visitar las librerías que me gustan, como la Gigamesh en Barcelona, pero bueno, no tengo tanto dinero para darme ese lujo, no soy político, ni líder espiritual de iglesia brasileña, soy un rockstarcito de rockcito nacional.

Hay veces que me da envidia Meme. No me da envidia que sea el centro de atención cuando canta Eres, y todas las chavas (y muchos chavos) suspiren al verlo cantar. Lo envidio porque puede leer en e-reader. Yo, por más que lo he intentado, no puedo. Me encanta tener un libro en las manos, que pese, cargarlo por todos lados, subrayarlo, que se moje con el té verde que tomo, ver cómo el separador inicia una carrera hacia la meta que alcanzará el día que lo termine.

¿Entonces, porque lo envidio si hablo con tanta pasión sobre los libros analógicos? Porque Meme no carga bolsas de libros en cada gira que hacemos. A Meme lo veo ligero. Lleva su Kobo en una bolsa personal que no se abulta nunca, ni se ve que sufra al cargarla. Ese “va ligero” podrían pensar que es poca cosa, pero si vieran los kilos y kilos que voy cargando tal vez entiendan por qué lo envidio.

Sé que hay quien me considera rockstar. Pero la verdad es que no doy el ancho. Los rockstars se compran autos lujosos, motocicletas veloces, se drogan y tienen colecciones inmensas de guitarras. Mi desenfreno está en visitar librerías. Qué aburrido. Quizá ésa sea la razón por la que sigo vivo.

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