Propósitos

Me entusiasman los inicios de año, la sensación de borrón y cuenta nueva que da tener 365 páginas en blanco de una vida contada en ciclos. A finales del año pasado, todo estaba en espera: la dieta para bajar esos kilos de más, ese altero de papeles para revisar, ese ...

Me entusiasman los inicios de año, la sensación —de borrón y cuenta nueva— que da tener 365 páginas en blanco de una vida contada en ciclos. A finales del año pasado, todo estaba en espera: la dieta para bajar esos kilos de más, ese altero de papeles para revisar, ese rincón lleno de tiliches que hay que decidir si tirar a la basura, vender o regalar. Pero ya es momento. Ya es 2018. Y todo es posible, ¿será?

Hay un libro que ayuda a deshacerte de todos esos trastos viejos, ropa sin usar, acumulación: se llama La magia del orden, de Mari Kondo, una escritora que se hizo famosísima dando cursos, ayudando a acumuladores a desprenderse de su pasado y, a la vez, de sus problemas. Por supuesto que no lo he leído: por eso tengo una habitación de mi casa a la que le llamo estudio y está lleno de cajas que contienen cds, casetes, dvds y no sé qué hacer con ellos ahora que todo es Netflix, HBO y Spotify. Tengo pilas de libros leídos y no, unos esperan ser regalados o intercambiados en librerías de viejo, otros esperan ser leídos, pero el tiempo pasa, como dice la canción, y nos vamos haciendo viejos. Hay también una batería (de tocar, no de cocinar) que está a medio armar y que hace meses que no recibe un baquetazo, jaranas desafinadas y maracas sin ritmo que alegrar.

Ése es mi propósito de este año que empieza: arreglar ese “estudio”, para que haga honor a su nombre. Ahorita debería llamarlo bodega, tiradero, cuarto de tiliches.

Por eso me gusta el principio del año, porque tengo toda la intención de arreglarlo, ordenarlo todo. En estos momentos soy poderoso, magnánimo. Tengo intención de ser implacable con los objetos, no tendré piedad. Aunque me miren con ojitos de gatito tierno, les diré: “Vete, fuera de aquí, no te quiero ver más”.

Dejaré el cuarto limpio y hermoso. Incluso imagino un idilio con ese espacio: me enamoraré de él, escribiré las mejores canciones ahí, las mejores novelas y cuentos, las columnas más divertidas. Me imagino tocando la batería todos los días, haciendo redobles imposibles, con un cuerpazo, sin esta panza (bueno, pancita) que creció en estas últimas navidades y gira de Café Tacvba.

¡No’hombre!, si vieran mi imaginación. Por eso me gusta la canción que canta la tortuga Cápara Sonia de 31 minutos, Mi mundo interior, si pudieran entrar a mi mundo, les encantaría. Por eso bailo la canción, alegre, a ritmo de ska.

Pero me conozco, qué le vamos a hacer. Sé que los libros, aunque lleven décadas ahí, no voy a tener el valor de regalarlos. Cuando lo he hecho pasa una situación extraña, sobrenatural: a los pocos meses de que me deshago de un libro, lo vuelvo a necesitar. Tengo que sacar una referencia de sus páginas, el escritor se gana el Nobel y cómo no lo voy a releer, o se pone de moda y yo ya olvidé todo lo que leí del autor.

También me entra una nostalgia imposible de soportar, como ahorita me está pasando con la ciencia ficción y me arrepiento de haberme deshecho de media biblioteca del género, quedándome sólo con los P.K. Dick, Ballard y Stephenson.

Revisaré las cajas de cds y, bueno, ¿qué se hace con los cds en estas épocas? No se pueden vender. Nadie los quiere de regalo. Y tirarlos a la basura es algo que jamás en mi vida podré hacer, lo siento.

Recuerdo que, hace como cinco años, el locutor y escritor Julio Martínez Ríos digitalizó sus cds, los metió a discos duros y los regaló todos. Lo hizo bien, creo yo.

En esa época la gente recibía un cd de regalo con mucho gusto, hoy te ven con cara de ¿y este hueso prehistórico para qué lo quiero si yo no tengo un museo?

Y, bueno, los lectores más cuidadosos se habrán dado cuenta de que no he hablado de los kilos de más, ¿cómo me los quitaré de encima? Mis hijas me dicen: “Papá, jamás hemos visto un oso flaco, ¿por qué te preocupas?” Amo a mis hijas.

Con seres así, no necesito inventarme propósitos que no cumpliré jamás.

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