Star Wars VIII
Esta columna no tiene spoilers porque aún no he ido a ver el Episodio VIII. Así que pueden leerla con tranquilidad, si quieren. No voy a develar ningún secreto porque no los sé. Hasta me pregunto, ¿habrá algún secreto que develar? ¿Algo tan importante como en el ...
Esta columna no tiene spoilers porque aún no he ido a ver el Episodio VIII. Así que pueden leerla con tranquilidad, si quieren. No voy a develar ningún secreto porque no los sé. Hasta me pregunto, ¿habrá algún secreto que develar? ¿Algo tan importante como en el Episodio V, El imperio contraataca, en que Vader le dice a Luke que es su padre? No creo.
No he ido a ver el Episodio VIII, porque lo que más me funciona es bajar mis expectativas al mínimo, a casi casi sentir que voy a ver cualquier película y no una de la saga con la que soñaba de chico. Recuerdo que imaginaba (y escribía) las tramas de cada uno de los episodios que George Lucas no nos dejó ver, los primeros tres, y luego los que seguían, o sea, los que estamos presenciando ahora.
Y es que, bueno, yo tenía diez años cuando fui a ver Star Wars Episodio IV. El cine repleto de chamacos, adolescentes y adultos emocionadérrimos, ¿cómo no me iba a cambiar la vida? Fue como si me convirtiera a una religión, la Jedi, y desde entonces profeso La Fuerza como mi fe.
El mundo ha cambiado mucho. Está peor que nunca. Quizá por eso la ciencia ficción y la fantasía volvieron con fuerza de unos años para acá.
Ni en mis sueños más salvajes de niño nerd hubiera imaginado este presente: películas megataquilleras de superhéroes; tiendas de muñequitos coleccionables carísimos; cómics de todo el mundo en español; Star Wars en boca del mundo entero; Tolkien, el escritor que más ha influenciado a todos; series de televisión como Stranger Things, Black Mirror, Game of Thrones; juegos de video con naves espaciales; libros de ciencia ficción y fantasía, sagas completas, Premios Hugo en los estantes de las librerías.
En serio, el mundo del entretenimiento no era así.
Lo malo es que Disney lo está comprando todo. Y, si nos ponemos a fantasear —de eso se trata esta columna—, viviremos en un mundo de Disney en la década del dos mil veinte, ¿cómo será ese mundo?
“Y, bueno, no te quiero espantar, pero seguramente has escuchado hablar de los tres seises que aparecen en la firma de Walt Disney, ¿no? —dice una vocecita dentro de mi cabeza—, el 666 ahí, ante nuestros ojos”, para quien quiera verlo, búscalo en Google si no me crees. ¿Será eso de lo que habla el libro del Apocalipsis en la Biblia? “¿El mundo regido por Disney (el Anticristo) y quienes no se sometan a él serán destruidos o borrados o castigados?”, insiste la vocecita.
Perdón, ya me desvié. Ya me di miedo yo solito. Pero, bueno, de eso se trata esta columna, de la fantasía, que sentimos tan real que nos espanta, porque lo que hay allá afuera es todavía más terrorífico.
Ahora estoy escribiendo una novela en la que el personaje principal, en un momento de la historia, cae en manos del narco. Por lo tanto, este año me he dedicado a leer mucho sobre ese tema, libro tras libro, tanto de ficción con tema narco como de no ficción, de ensayo y crónica. Yo no sabía que mi personaje se vería inmiscuido en ese mundo, pero, ¿cómo no iba a pasar? Es algo tan patente en este momento que no hay modo de zafarse. Mi personaje también se ve envuelto en política y en corrupción. No quiero ni pensar en que será el próximo año, el 2018, donde habrá elecciones, pero claro que hay que pensar, porque de eso se trata la vida, escoger la manera en que queremos vivir, soñar, y disfrutar.
Seguiré bajando mis expectativas antes de ir a ver el Episodio VIII, porque es un buen modo para recibir sorpresas y disfrutarla al máximo. Un recurso para volver a sentir la inocencia y el asombro. Lo necesito.
