Juguetes

Ayer encontré una caja llena de juguetes que tenía cerrada desde la última mudanza. No sé si a ustedes les pase, pero cada vez que me mudo me dan ganas de tirar todo, regalarlo y no tener que pasar por el martirio de empacar cosas que supuestamente son valiosas, pero al ...

Ayer encontré una caja llena de juguetes que tenía cerrada desde la última mudanza. No sé si a ustedes les pase, pero cada vez que me mudo me dan ganas de tirar todo, regalarlo y no tener que pasar por el martirio de empacar cosas que supuestamente son valiosas, pero al mismo tiempo no lo son. Nunca lo hago, eso de regalar o vender, empaco todo como una rata acumuladora.

Y luego, lo peor de todo, es que hay cajas que llegan al nuevo lugar donde voy a vivir y se quedan cerradas, ¿por qué? No lo sé.

La caja incluso se convierte en parte del mobiliario. Puede ser usada como mesita, buró o banco pequeño. La caja deja de ser una caja, se mimetiza con el espacio que la circunda y se vuelve tan cotidiana que se olvida su función, que es contener algo. Ahí dentro hay objetos, pero no tengo idea de su clase. Claro, la caja está marcada. Tiene unas letras escritas con un plumón negro que parece un código y que en estos momentos soy incapaz de traducir, ¿qué significa “A3”? Supongo que en algún momento tuvo sentido, pero ya lo olvidé por completo.

Mi hija Úrsula fue quien me dijo: “Papá, ¿qué hay en esa caja?” “¿Cuál caja?” “¡Ésa!” Por más que me la señalaba yo no la veía hasta que fue y la tocó con sus pequeñas manos. “¡Ah, esa caja! No sé”. “¿Podemos abrirla para ver?” Me dijo con mucha curiosidad.

Iba a decir que no por pura costumbre, como en la canción de 31 minutos. También pensé que la caja, de tanto tiempo de estar ahí, podría tener arañas: viudas negras o violinistas, alacranes o cualquier otra alimaña que atentara contra nuestras vidas.

Pero reflexioné que son vacaciones, bueno, al menos para mis dos hijas, porque para papá y mamá es todo lo contrario. ¡Órale! Vamos a abrirla, decidí.

Fue como abrir un tesoro, una cápsula del tiempo. Aunque su contenido no era tan arcaico, llevaba, por lo menos, unos 10 u 11 años cerrada, antes de que nacieran mis hijas. ¿Cuántas mudanzas habrá estado cerrada? Imposible saberlo.

La caja estaba llena de juguetes que compré durante la década de los 90 y principios de los dos miles: Bearbricks, Qee, personajes de manga y anime: Ultraman, unas Sailor Moon, un Godzilla, un Mazinger Z, muchas figuras de plástico: los personajes de la serie Thunderbirds, unos juguetes más finos que otros, algunos chafísimas y muy kitsch: El Chavo del Ocho y La Chilindrina.

Úrsula le gritó a su hermana: “¡Mira! ¡Mira!” Las dos estaban extasiadas, yo también. “¿Podemos jugar con ellos?” “Claro”, les dije automáticamente. Algunos juguetes seguían empaquetados. “¿Podemos abrirlos?” “Claro”, volví a decir. Y ahí caí en la cuenta de que todos esos muñequitos japoneses, todas esas chucherías llamadas en algún momento vintage cuando las compré en La Lagunilla o en una tienda prehipster, eran parte de una colección muy preciada para mí. No tenía hijas ni pensaba que las iba a tener, estaba soltero. Unos juguetes estaban cerrados porque se suponía —se supone— que de esa manera valen más. No eran para jugar, pero me gustaba verlos, síndrome de Peter Pan: un hombre en sus treinta y tantos imaginando aventuras entre Ultraman y Godzilla sin siquiera tocar los juguetes, viéndole los calzones a las Sailor Moon y las piernas largas, flacas, flacas, cuidando que la pistola y el maletín de un Thunderbird no se cayeran y se perdieran para siempre.

Mi terror más grande en aquella época era que llegara un niño a mi casa y quisiera jugar con ellos y los destrozara, los perdiera, ¡o peor!, se los quisiera llevar mientras lloraba y hacía un berrinche endemoniado, y después el papá me diría, ¿tú para qué los quieres?

Ahora la caja volvió a ser caja: contiene un tesoro. Los juguetes volvieron a ser juguetes: mis hijas juegan con ellos. Yo sigo imaginando la batalla de Ultraman y Godzilla y, claro, les veo los calzones a las Sailor Moon.

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