Un elogio de la incertidumbre
Así estamos frente a la pandemia actual. Sabemos que durará un tiempo, pero no sabemos hasta cuándo. Sabemos lo que se va a deteriorar, pero no sabemos hasta cuánto.Por eso, el número de muertes, de meses y de quiebras, hasta ahora es terreno exclusivo tan sólo de los pronosticadores y de los adivinos
Con reconocimiento para Marcelo Ebrard
y Hugo López-Gatell.
Estos son tiempos de incertidumbre. Es cierto que nos acosa el dolor, por los miles que han muerto. Es cierto que nos acosa el temor, por el riesgo en el que todos estamos. Es cierto que nos acosa el estupor, por los destrozos que van desde nuestros sistemas económicos hasta nuestros sistemas de vida.
Pero uno de los mayores acosos que estamos sufriendo es el acoso de la incertidumbre. De esa terrible mescolanza entre el saber y el no saber. Entre el conocer y el ignorar. La incertidumbre sólo se da cuando conocemos algo, al mismo tiempo que ignoramos algo.
Así estamos frente a la pandemia actual. Sabemos que durará un tiempo, pero no sabemos hasta cuándo. Sabemos lo que se va a deteriorar, pero no sabemos hasta cuánto. Por eso, el número de muertes, de meses y de quiebras, hasta ahora es terreno exclusivo tan sólo de los pronosticadores y de los adivinos.
En entregas diversas para Excélsior he escrito una serie que he llamado, personalmente, los elogios de lo no elogiable. La estupidez, la mentira, el cinismo, el dolor, el enemigo, el absurdo y el pecado han sido algunos de los temas que me han ocupado. Todos ellos, y otros más, nos dejan algo cuando arremeten en nuestras vidas. Todos nos enseñan, todos nos fortalecen y todos nos ayudan, si los tratamos como a nuestros maestros muy duros, pero muy valiosos.
Ahora, por nuestros tiempos, he pensado en la incertidumbre a la que estamos expuestos y veo que algo nos dejará a cambio de lo que se llevará. Hay universidades que son muy buenas, pero que son muy caras. Así son las de esta serie que inicié hace ya cinco años. Enseñan mucho, pero cobran mucho, si lo vemos con avaricia. O cobran mucho, pero enseñan mucho, si los vemos con pragmatismo.
Por lo menos podríamos resaltar nueve prerrogativas que nos regala la incertidumbre y que, por el contrario, la certidumbre nos las regatea. Todo ello porque la certidumbre nos instala la seguridad. La seguridad nos instala la soberbia. Y la soberbia nos nubla la visión sobre la adversidad. Por el contrario, la incertidumbre nos prepara en humildad y en visión.
El primero de esos nueve regalos sería la disposición para pensar posibilidades. Para tener en cuenta aquello que pudiera llegar a acontecer. Para considerar los imprevistos. El segundo sería la aptitud para prever escenarios diversos. Porque cada posibilidad contiene diversos cuadros. El tercero sería la serenidad para jerarquizar las prioridades y los valores.
El cuarto sería el talento para sopesar capacidades y, por lo tanto, para conocer nuestros arsenales. El quinto sería la capacidad para reconocer limitaciones y, por lo tanto, para aceptar nuestras carencias o nuestras deficiencias. El sexto sería la habilidad para diseñar estrategias. Para elaborar metodologías. Para instalar protocolos.
El séptimo sería la destreza para imaginar derrotas. Para preparar rendiciones. Para salvar algo del naufragio. El octavo sería la soltura para preparar victorias. Para tener aviadas las fiestas, las condecoraciones, los premios, los repartos y los honores. Y el noveno, que no el último, sería la madurez para mejor conocernos, más adentro de lo que nos muestra el espejo.
Sabemos que nuestro mundo va a cambiar, pero no sabemos cuánto cambiarán nuestra vida, nuestro entretenimiento, nuestro consumo, nuestra productividad, nuestro vicio, nuestro ocio, nuestra religión, nuestro humanismo, nuestra comunicación, nuestra información, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra seguridad, nuestra desigualdad, nuestra justicia, nuestra educación, nuestra ciencia, nuestra salud, nuestra economía, nuestra sociedad, nuestra política y mil cosas más.
¿Ya estamos preparados para ello? ¿Lo aceptaremos como venga? O, ¿querremos influir en ese cambio? ¿Seremos actores principales o de reparto o meros extras o tramoyistas o acomodadores o valets parking? Vamos, pues, ¿seremos directores o, simplemente, espectadores?
