Los Pilatos, los Caifás y los Judas
En la mañana de aquel Viernes Santo de hace casi dos mil años, en tres ocasiones se reunieron un iluminado y joven rabí judío con un astuto y asustado procurador romano. Para el futuro del mundo occidental, ese novel profeta era el único hijo de su dios, pero ya ...
En la mañana de aquel Viernes Santo de hace casi dos mil años, en tres ocasiones se reunieron un iluminado y joven rabí judío con un astuto y asustado procurador romano.
Para el futuro del mundo occidental, ese novel profeta era el único hijo de su dios, pero ya convertido en un ser humano. En términos de poder, ni más ni menos, era el hombre más poderoso que pisaría la faz de la Tierra. El unigénito del dueño del universo y de la vida, porque ese dios había creado la vida y el universo para que desaparecieran el día que él mismo lo decidiera.
Queda en claro que todos los demás reyecillos y dictadorzuelos son mengambrea escamocha, ante el magno poder de ese omnipotente, llamado entonces Jesús de Nazaret y hoy conocido en todo el mundo como el Cristo, el Salvador y el Mesías.
A su vez, para el Cristo, Poncio Pilatos fue la más mayor representación que tuvo del poder terrenal. Era el gobernador, pretor y procurador del dueño del mundo, entonces llamado Claudio César Tiberio y apodado “El Divino”.
Así, ese caluroso e imborrable viernes de primavera quedaron frente a frente el Hijo de Dios y el plenipotenciario del César.
Pues bien, durante su corta vida de tan sólo 33 años, Jesús nunca se reunió con algún mortal más importante que aquel que esa mañana lo interrogó en dos ocasiones y que, en la tercera, permitió que la infesta purulenta lo linchara en una cruz, después de una consulta democrática inventada por él mismo.
Los dos murieron de muerte horrible. Jesús, linchado y crucificado. Pilatos tuvo una muerte lenta. Fue defenestrado y repudiado. Un gobernante romano podía tener todos los defectos, menos uno. Jamás podía ser débil y sumiso. Pero Poncio Pilatos inclinó a la loba capitolina ante los antojos de sus vasallos. Hoy equivaldría a un tribunal que arrodillara a la Constitución ante los pies de quienes juraron respetarla.
Terminó en las espantosas regiones de la locura. El nuevo César y el mayor sabio latino le aconsejaron el bálsamo del suicidio. Cayo César Calígula y Lucio Anneo Séneca lo liberaron de seguir sufriendo. Pero nadie lo ha librado de que lo maldigan, por los siglos de los siglos, los miles de millones de creyentes que cada Viernes Santo lloran la muerte transitoria de su dios.
La historia y el recuerdo hacen que sigan juntos Poncio Pilatos, José Caifás y Judas Iscariote. Sobre todo, porque todos los días de casi dos milenios aparecen quienes hacen que los recordemos. Por eso estoy actualizando una séptima edición de mi libro El Proceso de Cristo.
Hoy, el sistema es mejor que el de hace 20 siglos. Hoy tenemos constituciones y leyes. Tribunales de control constitucional y jueces especializados. Abogados, doctores y juristas a nuestro alcance. Escuelas, libros y maestros de la ley. Pero no estamos seguros del tamaño de nuestro verdadero cambio.
Por eso nos preguntamos ¿qué tanto hemos cambiado en dos mil años? ¿Algo ha cambiado? ¿Algo cambiará en los próximos tres mil? La historia de Jesús, ¿es del pasado, del presente, del porvenir o de siempre? ¿No será que hemos logrado cambiar todo para conseguir que todo siga igual?
Esa centena de abusos e injusticias cometidos en contra de un solo hombre en apenas la mitad de un solo día,
son una parte infinitesimal de los millones de injusticias que a diario se cometen en contra de millones de seres humanos.
Porque, en todo el planeta, a diario son incontables los hombres que acusan sin motivo, que enjuician sin reglas y que sentencian sin pruebas. Todos los días reaparecen los Caifás que persiguen a los que no la deben. Todos los días resurgen los Judas Iscariote que venden todo por monedas. Todos los días renacen los Poncio Pilatos que se acobardan ante el deber. Y todos los días reviven las crucifixiones de quienes no han hecho nada para merecerlas.
La gran enseñanza y la gran esperanza de cada Viernes Santo es que es totalmente falso que tener el poder es lo mismo que tener la razón.
