La casa ajena

La migración es tan antigua como el hombre. De hecho, las comunidades primitivas eran migrantes permanentes. Les llamábamos nómadas. Más tarde, en los tiempos ya recientes del Estado moderno, es cuando surge la organización atributiva de la nacionalidad y junto, con ella, los derechos exclusivos y excluyentes de residencia territorial

Trataré de explicarme. Con el Estado moderno surge la idea jurídica del territorio exclusivo y de la potestad excluyente. En palabras llanas, mi casa es mía y de los míos. Aquí no entra ni vive quienes nosotros no queramos. Los que entren serán invitados y lo harán bajo mi permiso. Los que lo hagan de otra manera serán invasores o allanadores y me concedo el derecho de expulsarlos, el de castigarlos o el de reprimirlos.

Hasta aquí es impecable el planteamiento jurídico-filosófico de la relación entre nacionalidad y territorialidad que se concreta jurídicamente en las normas migratorias que cada país se ha dado. Pero, como casi siempre sucede, entre la ley y la realidad el trecho es grande y la migración prosiguió como desde los tiempos más lejanos. Los hombres continuaron en la práctica de cambiar de casa.

Por muy diversas razones siguieron generando el deseo de dejar la suya para ir a vivir en casa ajena. El asunto adquiere complejidades diversas. Algunas negativas, pero otras positivas. Hoy en día, en este planeta, se estima que más de 250 millones de seres humanos viven fuera de su país.

En México, el asunto ha tenido diversas connotaciones. Durante la primera mitad del siglo XX, la hospitalidad mexicana recibió corrientes migratorias que fueron muy benéficas para nuestra consolidación nacional. Recibimos corrientes tan numerosas como la española, la libanesa y la judía. Y otras menores en cantidad, pero no en calidad, como la francesa, la italiana, la inglesa y la china.

De ellas aprendimos muchas cosas. Engrandecieron nuestra capacidad para la agricultura, para la ganadería, para la industria, para el comercio, para el arte, para la ciencia y para la tecnología.

Primero, los franceses y los españoles y, más tarde, los libaneses y los judíos cimentaron nuestra industria textil. Los republicanos españoles enriquecieron nuestra universidad. La industria de derivados lácteos y la de carnes frías y embutidos, asentadas en Chalco, en Chipilo, en San Rafael y en Nueva Italia, fueron casi totalmente una creación italiana. Los franceses de Jalisco y del Bajío trajeron sus aportaciones, lo mismo que el esfuerzo emprendedor de los chinos en el noroeste. Los ingleses también trajeron sus aportaciones. Menciono una de ellas no menor: el futbol.

Esta aparente digresión lleva tan sólo el propósito de ilustrar la manera como las costumbres y los gustos de los visitantes se vuelven propios casi sin darnos cuenta.

Hoy, la migración representa una de las polarizaciones más extremas y más inicuas que conoce nuestra especie. Son dos los tipos fundamentales de hombres que migran. Unos de ellos, porque lo tienen todo y, por ello, cuando lo desean pueden hacerse de otro país a su gusto y a su acomodo. Otros, porque no tienen nada. Algunos, ni empleo. Algunos, ni casa. Otros más, ni patria.

Aquellos, los primeros, por su opulencia y por su influencia casi siempre son bien recibidos y bien tratados por casi todos. Éstos, los segundos, por su debilidad y por su miseria, casi siempre son mal recibidos y mal tratados por casi todos.

No cuestionamos, frente a esto, las leyes que cada país se ha dado con base en su soberanía y en atención a sus anhelos. Así como tampoco aceptamos que se cuestionen las nuestras que no son ni mejores ni peores que las de otros pueblos. Son las que nos hemos dado porque consideramos las mejores para nosotros y que colocan al hombre como centro primordial de atención. No a unos hombres sobre otros, sino a todos los hombres como valor supremo.

Pero lo que sí cuestionamos es la transgresión que cada quien haga de sus propias leyes o el mal aprovechamiento que haga de ellas para explotar, para mercadizar o para humillar a los demás.

No se puede tener un criterio para tratar a los extranjeros que llegan y uno distinto para demandar el trato a los mexicanos que se van. No se puede actuar con lenidad contra los mexicanos que explotan y mercadizan a los extranjeros y pedir firmeza contra los extranjeros que explotan y mercadizan a los mexicanos.

No es un asunto de tolerancia, sino de respeto. Aunque, en mucho, es un asunto de temores. Los pueblos más opulentos consideran que las naciones pobres, por su mayor crecimiento demográfico, un día van a colmar el planeta y que sus casas estarán llenas de latinos, de árabes, de asiáticos, de africanos y de hindúes.

Y aquí, el asunto de la migración empata con el de la discriminación.

Por eso es urgente corregir esa desviación óptica para ver al migrante como un agregado y no como un arrimado.

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