Hermes redivivo
En estas semanas, ante una catástrofe política hemos escuchado a Putin con el discurso de la fuerza disfrazada de mentira y a Joe Biden con el discurso de la amenaza disfrazada de fortaleza. Putin tira la piedra y esconde la mano, mientras Biden levanta la mano, pero no tira la piedra.
Se dice que Hermes fue el heraldo de los dioses y el amo de la oratoria. Debió tener muy buena palabra para explicar y para convencer de los recados de tan importantes señores. Era un vicario, no un vocero. Era un mensajero, no un mandadero.
Si Hermes reviviera podría purificar el discurso político de estos tiempos. A Hermes siempre se le ha necesitado en todas las creencias. Entre los romanos se llamó Mercurio y entre los católicos se llama Gabriel.
En estas semanas, ante una catástrofe política hemos escuchado a Vladimir Putin con el discurso de la fuerza disfrazada de mentira y a Joe Biden con el discurso de la amenaza disfrazada de fortaleza. Putin tira la piedra y esconde la mano, mientras Biden levanta la mano, pero no tira la piedra. Entre tanto, nosotros seguimos invitando a Rusia al humanismo y a Estados Unidos al pacifismo. Las peras del olmo.
En los tiempos difíciles, muchos discursos ayudaron a sus pueblos a remontar sus humillaciones temporales. Franklin Roosevelt, en “El miedo del miedo” y en “El día de la infamia”. John Kennedy, en “Yo soy berlinés”. Jorge VI, en “La hora más oscura”. Martin Luther King, en “Tuve un sueño”. Winston Churchill, en “Sangre, sudor y lágrimas”. Hasta Ronald Reagan, en “El milagro de la vida”. Sin duda, el mayor ejemplo histórico de esto es Abraham Lincoln, en “El campo de Gettysburg”.
Pero ninguno de esos discursos fue el discurso de su propia exaltación. El gran orador político no piensa en el aplauso, sino en el problema. Su “yo” se somete al “eso”. Su ego se convierte en alter.
Es por eso que, en muchas décadas mexicanas, no tenemos grandes discursos, aunque hayamos tenido grandes oradores. Casi todos hablan de sus excelencias, de sus victorias y de sus glorias, bien sean reales o ficticias.
En casi todo el planeta, la política moderna nos coloca en el riesgo de que confundamos las palabras con las ideas. Que supongamos que lo que dicen es lo que piensan o, aún peor, que piensan tan mal como hablan. Todas las generaciones escogen sus ideas y sus palabras, que no es lo mismo. La idea es concepto y la palabra es vocablo. El problema se da cuando esa generación llega a creer que sus palabras son sus ideas o, lo que es peor, que sus ideas son sus palabras.
Como muestra, miremos a nuestro pasado. Los mexicanos, hace 200 años o un poco más, escogimos una palabra: independencia. Todos hablaban de ser independientes, pero no todos lo entendían de igual manera. Más tarde, hace 100 años o un poco más, los mexicanos escogimos otra palabra: revolución. Todos se decían revolucionarios, pero no todos lo entendían de la misma manera.
No se diga, en los días actuales, el entusiasmo provocado por la palabra “democracia”. Aunque no estoy seguro, me inclino a creer que no todos pensamos igual sobre esa palabra. Para comenzar, a mí las elecciones no me entusiasman. A mí, las elecciones me preocupan. No porque yo no sea demócrata. ¡Claro que lo soy! Sino porque no todos los demócratas creemos en la misma forma de democracia.
Es por eso que las generaciones hasta se casan con sus palabras, pero tan sólo flirtean con sus ideas. Lo ejemplifico con palabras callejeras. Para la generación de mi padre, un “güey” era un cornudo. Para mi generación, un “güey” era un pendejo. Y para la generación de mis hijos, un “güey” es como un amigo, que no necesariamente mancornado ni zoquete.
Hay quienes hablan mucho y dicen nada. Hay quienes dicen mucho, aun sin hablar. En la política, las palabras suelen ser más importantes que los hechos. Pero también hay que saber escuchar. Los grandes políticos no sólo saben hablar, sino, sobre todo, saben escuchar.
Me olvidaba decir que Hermes era muy lacónico porque los dioses hablan muy poco. Los discursos que han cambiado la historia, la vida y el destino de la humanidad han sido muy breves, pero muy profundos. Como aquel romano que murmuró “la suerte está echada”. Como aquel hispano que gritó “¡tierra… tierra!”. Y como aquel nazareno que deseó que “la paz esté con ustedes”.
