Venezuela, otra vez
Venezuela atraviesa, una vez más, una crisis política y constitucional. El 10 de enero de 2019, Nicolás Maduro rindió protesta como presidente para iniciar un segundo mandato ante el Tribunal Superior de Justicia. Por su parte, Juan Guaidó, un joven diputado de la Asamblea Nacional desde 2016, fue nombrado presidente de la misma apenas el 5 de enero pasado y, de manera inusitada, se proclamó como “presidente encargado” con el propósito expreso de convocar a nuevas elecciones.
Ambos políticos argumentan que el marco constitucional está de su lado. Ambos mienten, pero no es tan sencillo descifrar quién de dos los miente más. Sin embargo, uno de ellos tiene el respaldo del Ejército, una millonaria, pero decreciente renta petrolera, y un repudio popular manifiesto en las calles. A uno lo apoya el gobierno de EU, al otro lo apoyan Rusia y China.
Vayamos por partes para intentar descifrar el acertijo que presenta este país. Venezuela dejó de ser una democracia constitucional desde hace tiempo. Por lo menos, desde 2013 puede decirse que es una dictadura. Desde este punto de vista, Venezuela no tiene dos presidentes, más bien tiene un dictador, llamado Nicolás Maduro, quien desde hace varios años ha enfrentado una creciente oposición.
Juan Guaidó ha manifestado que quiere convocar a nuevas elecciones. Su argumento es más político que legal, toda vez que una interpretación literal de la Constitución Bolivariana no le favorece. Por su lado, como Maduro lleva años violentando el marco constitucional que le heredó Hugo Chávez —ambos apoyados por un poder judicial a modo—, tampoco puede decirse que la ley está de su lado.
¿Cómo se puede llevar a buen término este conflicto político y constitucional? ¿Cuál es la mejor forma de derrocar una dictadura y transitar de vuelta hacia una democracia? Es difícil saberlo, pero la presión desde el interior y el exterior sobre Maduro es intensa y creciente.
Como no falta quien disputa que Venezuela es aún una democracia y Maduro su legítimo presidente, vale la pena repasar algunos hechos recientes.
Al morir Hugo Chávez en 2013, Maduro era su vicepresidente. La Constitución le impedía contender por la Presidencia pero de todos modos fue avalado por los tribunales para hacerlo.
Poco después, en diciembre de 2015, hubo elecciones legislativas donde la oposición consiguió 67% de los asientos, una mayoría calificada. Maduro pudo haber intentado gobernar con un contrapeso similar al de muchos otros gobiernos sin mayoría legislativa. En lugar de ello, Maduro acusó a la oposición de orquestar un fraude. Por su parte, poco antes de concluir su mandato, la asamblea saliente reemplazó a la mayoría de los jueces del Tribunal Superior de Justicia.
Algunas semanas después, al instalarse la nueva Asamblea con mayoría opositora, el Tribunal sentenció que toda la Asamblea estaba en desacato y ninguno de sus actos tendría validez legal. Es cierto, Maduro no disolvió al Poder Legislativo, eso lo hizo “su” Poder Judicial.
Durante 2016, la oposición intentó activar un referéndum revocatorio. De manera por demás extraña, Maduro argumentó ahora que había fraude en la recolección de las firmas requeridas. De manera poco extraña, el Consejo Nacional Electoral venezolano interpuso diversas trabas en el proceso hasta cancelarlo completamente.
En marzo de 2017, el Tribunal Superior de Justicia asumió de plano las funciones de la Asamblea Nacional. Esto era notoriamente inconstitucional pero no había otro tribunal ante quien denunciarlo. Poco después, Maduro convocó por decreto a elegir una Asamblea Nacional Constituyente. Esto también era inconstitucional pero el Tribunal lo avaló una vez más y sobra decir que en esta nueva asamblea el oficialismo resultó triunfante. Finalmente, en mayo de 2018, Maduro consiguió ser reelecto —con un sorprendente 68% de los votos— en una contienda boicoteada por la oposición y en medio de una gran cantidad de irregularidades que el órgano electoral no quiso sancionar.
El desmantelamiento de la democracia venezolana no comenzó con Maduro, sino con Hugo Chávez —quien llegó al poder democráticamente—, pero es posible que Maduro sea un líder mucho más burdo que su predecesor. Es mucho más sencillo detectar una transición hacia la democracia que una regresión hacia el autoritarismo: contar con alternancia y/o gobiernos divididos son dos claras señales de la primera, mientras que el desmantelamiento de las instituciones democráticas puede ser lento y gradual e incluso aparentar ser democrático. En toda democracia joven se deben tener los ojos bien abiertos.
