Fernando Schwartz, Bad Bunny y el reclamo necesario de Julián Gil

Tres temas distintos, aparentemente separados, pero con un punto en común: el valor de la verdad. Este sábado a las ocho de la noche, por Imagen Televisión, llega a El minuto que cambió mi destino sin censura un periodista cuyo nombre pesa, cuya trayectoria impone y ...

Tres temas distintos, aparentemente separados, pero con un punto en común: el valor de la verdad.

Este sábado a las ocho de la noche, por Imagen Televisión, llega a El minuto que cambió mi destino sin censura un periodista cuyo nombre pesa, cuya trayectoria impone y cuya voz lleva décadas marcando el pulso del deporte en México: Fernando Schwartz. Tener a Schwartz sentado frente a mí fue un privilegio profesional y humano. Es de esos personajes que no necesitan levantar la voz para dejar claro quiénes son. Su sola presencia sintetiza credibilidad, disciplina y una vida completa dedicada a informar.

  • En esta charla —porque más que entrevista fue una conversación brutalmente honesta— Fernando habla de todo: de la Selección Nacional, a la que ha seguido durante generaciones; de su paso por 24 Horas, junto a don Jacobo Zabludovsky, donde aprendió a hacer televisión con rigor quirúrgico; de sus encuentros y desencuentros con Slobotzky en su más reciente etapa digital; y, por supuesto, del episodio que muchos han querido entender: por qué salió de ESPN. Schwartz no evade, no maquilla, no acomoda. Dice las cosas como son. Explica qué ocurrió, quién decidió qué, qué falló y qué aprendió. Y lo hace con una serenidad que sólo dan los años de ejercicio periodístico bien hecho. Para mí, sin exagerar, ésta es una de las entrevistas más completas, ricas y reveladoras que he tenido con un periodista deportivo. Imperdible, de principio a fin.
  • Mientras tanto, del deporte pasamos a la música, que últimamente también mueve masas, discursos y fronteras culturales. Bad Bunny volvió a romper la mesa al convertirse en uno de los grandes ganadores de los Latin Grammy, confirmando que su influencia no es moda pasajera, sino una fuerza cultural que está reconfigurando lo que significa ser latino a nivel global. Mucho se ha debatido sobre su estilo, sus letras y su estética, pero lo que nadie puede negar es su impacto. Y por eso mismo creo firmemente que su presencia el próximo año en el Super Bowl es más que una posibilidad: sería una jugada estratégica y simbólica para la industria estadunidense. Los latinos somos ya la principal minoría en Estados Unidos, la más influyente culturalmente y la de mayor crecimiento. Y Bad Bunny encarna, para bien o para mal, esa identidad poderosa, ruidosa, diversa y orgullosa. Si la NFL realmente quiere conectar con esta audiencia, si quiere ser contemporánea y no sólo tradicional, Benito es el puente perfecto. No se trata sólo de entretenimiento: es visibilidad, representación y un mensaje claro de que la cultura latina ya no está en la periferia, sino en el centro del espectáculo más visto del planeta. Y sí: sería un antes y un después.
  • Y de los escenarios globales pasamos al drama personal y tristemente conocido entre dos figuras: Julián Gil y Marjorie de Sousa. La telenovela que ninguno pidió, pero que se ha extendido por años debido a decisiones legales, distancias emocionales y heridas que no terminan de cerrar. Esta semana, Julián estalló —y con razón— después de que se viralizara un comentario de su hijo Matías, quien dijo que uno de sus sueños es conocer a Lionel Messi. Cualquier niño de su edad podría decir lo mismo, pero el contexto aquí pesa toneladas. Julián respondió con una claridad que desarma: “Primero que conozca a su papá y a la familia de su papá antes de conocer a Messi”. Y cómo no coincidir. ¿Cómo aspirar a conocer al mejor futbolista del planeta si no se ha permitido, por decisiones adultas, conocer a su padre? Lo que Julián reclama no es protagonismo ni revancha mediática; es derecho paterno, es vínculo, es identidad. Un niño necesita pertenencia, necesita saber de dónde viene, quién es su familia, cuáles son sus raíces. Y esa necesidad está por encima de cualquier pleito, de cualquier ego, de cualquier rencor que ya debería estar más que superado. Marjorie podrá tener sus argumentos, sus temores o sus posturas, pero el tiempo pasa y los niños crecen. Y cuando Matías sea adulto, él mismo hará sus preguntas, buscará sus respuestas y confrontará su historia. Lo mejor que podrían hacer —por él, no por ellos— es abrirle el camino, no cerrárselo.
  • Tres temas distintos, tres mundos aparentemente separados, pero con un punto en común: el valor de la verdad. Schwartz llega a mi programa a contar la suya sin tapujos. Bad Bunny demuestra que la verdad cultural de los latinos es imposible de ignorar. Y Julián Gil recuerda que la verdad emocional, familiar, es la que más duele cuando se oculta. Los espero hoy sábado a las ocho de la noche con Fernando Schwartz en El minuto que cambió mi destino sin censura, un programa que se volvió documento histórico desde el momento en que se encendieron las cámaras. Porque cuando se dice la verdad, no hay censura que aguante.

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