El poder espurio
La tómbola y demás sainetes dejan claro que no se respetaron las formas ni se observaron requisitos
En 1934, Adolfo Hitler instauró el Tribunal del Pueblo. Con su erección, el Estado alemán comenzó a dejar de ser un Estado de derecho. Resultan invaluables las lecciones que dejó aquel primer tribunal, dado que, a partir de ellas, se pueden hacer reflexiones acerca de éste, el Segundo Tribunal del Pueblo, que a la fuerza nos imponen.
En aquel entonces, la comunidad rápidamente denominó a sus procesos como Juicios Farsa. El resultado se podía siempre anticipar con toda certeza. Nadie le ganó jamás al régimen. Todo tipo de atropellos fueron materializados en infaustos tinglados, haciendo del derecho una maleable madeja que se modificaba cada vez que resultaba un obstáculo para obtener la sentencia deseada por el führer.
El movimiento nazi llevó a cabo algo que se llamó la inversión de la cruz gamada, milenario símbolo místico que representaba el bienestar. Lo invirtió, como ahora Morena invirtió la designación de la purga racial, pasándola de lo que entonces se llamó T4, a ser la ahora temible 4T. Bienestar, lingüísticamente, es la más correcta traducción de swastika. Sí, también el bienestar fue la divisa que pregonaba el amado líder de los camisas pardas, antecedente directo de los servidores del pueblo.
Cayó, al caer el Tercer Reich. Sus perversas sentencias, por supuesto, perdieron toda vigencia; sin embargo, muchas no pudieron ser revertidas, las de muerte, preferidas por sus indeseables integrantes. Al final de la oscura noche que vivió entonces Alemania, llegó lo que se conoció como el Juicio de los Jueces. Todos, cobardemente, clamaron por la clemencia que no dieron a las víctimas de sus decisiones. En aras de restablecer el orden se dijo que ellos habían actuado a la luz de normas válidamente aprobadas, dándoles un inmerecido perdón, pero vivieron en la más penosa deshonra el resto de sus días.
Lo que nos lleva a preguntar si éste, el Segundo Tribunal Pueblo, nace apegado a las normas que el autócrata impuso. La respuesta es clara, no. La tómbola y demás inaceptables sainetes dejan claro que no se respetaron las formas ni se observaron requisitos, por lo que, sin perjuicio de que durante algún tiempo será obligatorio lo que los nuevos juzgados decidan, llegará el tiempo para juzgar la infame integración de lo que ya son, desde ahora, órganos jurisdiccionales espurios. Ese juicio llegará, y ya no estarán cobijados por las fuerzas del crimen organizado, las cuales, en ese entonces, tendrán algo más en qué ocuparse.
Freisler, Thierack y Haffner son los nombres que la historia ha puesto en un lugar destacado, reservado para los infames monstruos que hicieron, del derecho, un instrumento de dominación. Cada día se aclara más quienes serán los que les sigan en esta segunda edición.
Ante los vulgares y grotescos designios de Hitler, que hacía ley toda ocurrencia que tenía, surgió un movimiento, el de la Rosa Blanca, oposición que, por haber empleado sólo la razón, fue brutalmente aplastada. Traición era la palabra favorita de los fiscales de ese tribunal, a falta de argumentos sólidos para robarse todo aquello a su alcance. Es el término que más se repite en sus archivos.
- En 1945, cuando la justicia tuvo obligadamente que venir de fuera, se derrumbó toda la estructura que dependía del Tribunal del Pueblo, y éste fue quemado hasta sus cimientos. Tardó 11 años en imponerse la cordura y regresar a la sensatez, pero finalmente se restauró la neutral, imparcial y objetiva administración de justicia, ajena al manoseo político. ¿Cuántos serán ahora? No le llamamos Cuarto Reich, pero sí Cuarta Transformación.
