Farsa electoral en Venezuela
La oposición se mueve entre dos visiones del cambio político. En una de ellas es posible forzar al sistema, dentro de lo estrecho de las reglas del juego, para conseguir un resultado.

Francisco Guerrero Aguirre
Punto de equilibrio
La persistencia crónica de una estrategia criminal de fraude electoral ha acompañado a Venezuela por décadas. Diseñados desde la dictadura, los comicios, en esa entrañable nación, son una farsa eterna que ningún demócrata puede aceptar como válidos.
Como sabemos, las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio se dieron en un contexto de persecución, inhabilitaciones y poca transparencia. El Consejo Nacional Electoral, controlado burdamente desde el gobierno, proclamó ganador a Maduro sin dar datos oficiales ni presentar las actas que lo confirmaran.
La OEA y el Centro Carter rechazaron el monumental fraude. Ante la represión sistemática del régimen, el “verdadero” triunfador, Edmundo González, tuvo que asilarse en España y María Corina Machado, “corazón” de la oposición, vive desde entonces en la clandestinidad.
Previo a las elecciones del domingo, Juan Pablo Guanipa, aliado de la oposición venezolana liderada por María Corina Machado, fue arrestado por fuerzas de seguridad del Estado, señalado de ser parte de una “red” que “intentaba boicotear” las elecciones regionales y legislativas.
En ese contexto de anormalidad y represión, el gobierno de Maduro convocó a votaciones para “elegir” a 285 diputados de la Asamblea Nacional, 260 legisladores estatales y 24 gobernadores. La realización de elecciones dividió de inmediato a una oposición cada vez más menguada.
Como lo señaló con razón a BBC Mundo Colette Capriles, profesora de Ciencias Sociales de la Universidad Simón Bolívar, participar o abstenerse es un antiguo dilema opositor. La oposición desde hace 25 años se mueve entre dos visiones del cambio político. En una de ellas es posible forzar al sistema, dentro de lo estrecho de las reglas del juego, para conseguir un resultado y, por lo tanto, allí se inscribe la participación en cualquier elección.
La otra visión corresponde a un segmento que ha visto la elección de manera utilitaria, en el sentido de que participa, pero siempre con el objeto de forzar la crisis, no de construir el sistema en el cual haya, en última instancia, alternabilidad.
Hoy, esas visiones son patentes en dos grupos opositores diferenciados: el de quienes participaron en comicios amañados, cuyo portavoz más visible es el excandidato presidencial Henrique Capriles Radonski; y el de quienes abogaron por la abstención, liderado por María Corina Machado.
“Yo ya voté el 28 de julio”, “No voto, yo desobedezco”, “No voto este 25 de mayo” fueron algunos de los mensajes que aparecieron en fotografías publicadas en las últimas semanas en la cuenta en X de María Corina Machado.
BALANCE
Las elecciones se consumaron en medio de una alta abstención, después de una arremetida represiva del gobierno, que llevó a 70 personas a la cárcel en 48 horas. Naturalmente, el Consejo Nacional Electoral adjudicó al filo de la medianoche el triunfo al oficialismo, con 82.6% de los votos y la victoria en 23 de las 24 gobernaciones. Sólo 42.6% del padrón acudió a las urnas.
Las diferentes bancadas que se presentaron como “oposición” obtuvieron cerca de 14%; entre ellas, Alianza Democrática, liderada por Timoteo Zambrano y los denominados “alacranes”, que pactaron con el chavismo su supervivencia los últimos años (6.25%); Unión y Cambio, que impulsa Henrique Capriles (5.18%), y Fuerza Vecinal, que ha apoyado a estos últimos (2.57%).
Aceptar como válidos los resultados del “teatro” electoral del domingo sería un acto irresponsable y miope. Con razón, María Corina Machado calificó lo que sucedió el domingo como una “farsa” para legitimar al gobierno usurpador de Maduro. Con honrosas excepciones, la comunidad internacional se mantuvo impávida ante un nuevo ciclo de abusos electorales en Venezuela. Qué lástima.