Yo soy el Macalacachimba
De la misma manera que no se puede negar que la violencia existe, es imposible presumir la ausencia del hambre en varias delegaciones.
...que sí, que no, el Macalacachimba.
Dámaso Pérez Prado, Mambo del Ruletero
Si el retruécano cantinflesco y el albur del barrio son la expresión literaria del urbano lenguaje mexicano del absurdo, su música de acompañamiento es el mambo. El cha-cha-chá vino después, con cuentos de marcianos que habían aterrizado ya, o del bodeguero que no sabía por qué tan contento estaba; en el mambo no sabemos qué le pasa a Lupita, salvo que quiere bailar el mambo, o por qué a Pachito le dicen El ché al pasar, ni su significado: el mambo sólo sigue, si acaso, la numeración progresiva. El mambo no cuenta historias que nos identifiquen: somos el sí y el no, simultáneamente, moviendo la cadera. El Icuiricui y el Macalacachimba. Por eso le gustaba a Carlos Fuentes, seguramente.
Me remití a las letras de Pérez Prado al seguir la investigación de los jóvenes “ausentes” del antro llamado indistintamente Haven (refugio) y Heaven (cielo) de la llamada Zona Rosa del Distrito Federal. Todo ha sido un peloteo de que sí y de que no. Si estaban en el lugar o nunca fueron, si llegaron al sitio y nunca fueron vistos salir. Si las cámaras de seguridad instaladas en las calles de Lancaster funcionaban o no; si finalmente apareció una videograbación en la que los jóvenes abordan autos sin indicios de violencia al salir del antro. Que si el hecho de que dos progenitores de los desaparecidos estén en el bote tiene que ver con el rapto. Que sí, que no. El Icuiricui.
De una manera u otra, la imagen del Distrito Federal como un refugio alejado de la violencia que por el país entero cabalga, o un celestial dominio fuera de la realidad hizo agua, y todo parece indicar que a Miguel Ángel Mancera no convencen los dubitativos reportes: “Tienen que dar resultados él (el produrador de Justicia del DF) y el secretario de Seguridad. Ninguno tiene garantizada la permanencia si no dan resultados”, dijo el lunes el gobernante de la capital.
En éste, como en muchos casos, el primer resultado es reconocer los problemas. De la misma manera que no se puede negar que la violencia en la capital existe, es imposible presumir la ausencia del hambre en varias delegaciones bien pobladas. Después de muchos ires y venires, los delegados del DF, han de reunirse finalmente con Rosario Robles, secretaria de Desarrollo Social, para reconocer primero y enfrentar después realidades ciertas de hambre en la capital. El silencio, la cerrazón, no son caminos dignos.
En la última escena de tal vez la mejor pieza teatral de Federico García Lorca, Bernarda Alba cierra su casa buscando ocultar la realidad de su hija muerta después de haber entregado su virginidad a Pepe el Romano, el novio de su hermana: “Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¿A callar he dicho! Las lágrimas cuando estés sola. Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”
En su tiempo —el de Lorca— esa escena final reflejó, bien políticamente, la cerrazón de la España franquista a la realidad que le sitiaba. El Macalacachimba.
