Evidencias
Definitivamente no volveremos a la normalidad ni nosotros seremos los mismos. Habrá que superar miedos e incertidumbre; recuperar la salud, el empleo, los ingresos, a la familia, los afectos... Son muchas pruebas las que nos impone la pandemia del coronavirus. Y muchos no ...

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Definitivamente no volveremos a la normalidad ni nosotros seremos los mismos. Habrá que superar miedos e incertidumbre; recuperar la salud, el empleo, los ingresos, a la familia, los afectos...
Son muchas pruebas las que nos impone la pandemia del coronavirus. Y muchos no estamos preparados para afrontarlas, ni en lo personal, familiar, laboral; ni los gobernantes locales ni federales, ni las autoridades escolares ni las de salud, aunque aparentemos que tenemos todo bajo control.
En esta cuarentena —que empezó siendo de 14 días y que el próximo sábado cumpliremos 2 meses y lo que falte…— han quedado las evidencias de nuestras carencias y omisiones como país y sociedad. Si el sistema nacional de salud está desmantelado y rebasado es responsabilidad de los gobiernos pasados y actuales.
Para nadie es nuevo (y menos para los derechohabientes) que los pasillos de los hospitales del IMSS e ISSSTE eran, y siguen siendo, las improvisadas salas de urgencias, que los enfermos esperaban más de 24 horas en una silla de esos pasillos esperando cama, que había escasez de medicamentos y que el trato no era humano ni respetuoso para los familiares de los pacientes.
También sabíamos (y mucho lo vivimos) que no había suficientes equipos médicos y los que hay son obsoletos, viejos o incompletos, que las vendas reutilizadas sirven como cinturones para sostener los electrodos de los ultrasonidos. Hablar de ventiladores hoy es un lujo.
Ahí están las evidencias, frente a nosotros: hospitales saturados de enfermos de covid-19, pacientes muriendo en el auto o afuera del hospital, ambulancias recorriendo toda la ciudad de hospital en hospital hasta que logran ingresar al contagiado. Vemos a los familiares desesperados demandando atención, información de sus enfermos, recibiendo cadáveres —algunos equivocados—; crematorios, funerarias y panteones al tope. Sí, ésto sucede en la Ciudad de México.
Les hago unas preguntas a los incrédulos, a quienes aseguran que la pandemia no existe y que no pasa nada. Si todo esto fuera mentira o ya casi vemos la luz al final del túnel o estamos por aplanar la curva o no hay subregistro, entonces, ¿por qué creen que el gobierno federal ha sumado más hospitales para la atención de covid-19, pedido al Ejército y Marina que pongan al servicio de la población sus instalaciones sanitarias?, ¿por qué se transformaron el autódromo Hermanos Rodríguez y City Banamex en unidades médicas?, ¿por qué en los laboratorios hay lista de espera (de días) para acceder a una prueba de covid-19?
En el terreno familiar las evidencias también preocupan, hogares rotos, parejas que no se hablan, que se insultan o en donde uno de los integrantes de la familia, o todos, son víctimas de la violencia.
Las llamadas al 911 son una estadística de la propia autoridad, no ayuda en nada negar la situación. Al contrario, decepciona ver que se trata de tapar el sol con un dedo. Quienes viven en unidades habitacionales, multifamiliares, departamentos y casas de interés social, escuchan las tragedias familiares de junto, de arriba o de abajo. Y quizá ahogan los propios gritos.
La prueba de la pandemia para nosotros como sociedad es la paciencia, la tolerancia, el respeto, la empatía, la comprensión hacia el otro y hacia uno mismo, el perdón.
Pero tenemos miedo y estamos agotados, la falta de claridad genera incertidumbre.
¿Cómo reacciona usted cuando en el supermercado, la tienda, la farmacia, el mercado ve a alguien sin cubrebocas? ¿Cómo reacciona cuando en uno de estos lugares o en la estación del transporte público alguien no guarda el metro y medio de distancia? ¿Cómo reacciona cuando alguien estornuda?
Sus reacciones son la evidencia del temor, del estrés que vivimos todos.
La cuarentena también ha demostrado que la educación pública en México es víctima del analfabetismo digital y (Excélsior 15/05/20), y que las autoridades educativas presionan a los maestros para que cumplan con un plan a distancia que es imposible en un país donde no todos tienen una computadora, un teléfono inteligente ni una conexión a internet. Vean la historia de la maestra que en una comunidad de Hidalgo da su clase por WhatsApp con el internet público de una clínica de salud (Excélsior 15/05/20).
Los profesores, los alumnos y los padres (que están haciendo las labores de maestros) no son los culpables, son las víctimas de un sistema educativo (pasado y actual) que ignoró las carencias de tecnología en las escuelas. Todos saben que en las escuelas públicas apenas tienen uno o dos proyectores que sirven, 10 computadoras obsoletas de las cuales sólo sirven siete para 30 alumnos, una conexión a internet (si la hay) que falla y que no llega con calidad al salón más lejano.
Hoy los maestros, alumnos y padres se desgastan tratando de conectarse a una o muchas clases virtuales, subiendo la tarea a una plataforma y contestando los chats del grupo de sus hijos.
Y bueno, cada uno sabe y es consciente de su nueva forma de trabajar a distancia (con o sin horarios) y si tiene que salir enfrenta todos los días ese temor por no ser contagiado o por no llevar la enfermedad a su casa.
¿Cómo saldremos de la cuarentena? ¿Qué aprendimos? ¿Qué reconstruimos? ¿Qué desechamos? ¿Qué dejamos ir? ¿Qué o a quiénes recuperamos? ¿Qué perdimos? ¿Qué ganamos?
Seguramente no seremos los mismos ni las rutinas volverán a ser las mismas…