Nicanor Parra, 103 años
Sólo a él podría ocurrírsele llegar lúcido y caminando a estas alturas de la senectud
En Francia, la editorial Seuil y la Maison de l’Amérique Latine acaban de publicar una monumental selección bilingüe de las obras del poeta chileno Nicanor Parra (1914), bajo la coordinación del escritor chileno Felipe Tupper y traducida por Bernard Pautrat, para celebrar un nuevo cumpleaños del autor. El líder de la antipoesía latinoamericana siempre ha vivido contra la corriente y se da inclusive ahora el lujo de llegar este martes a los 103 años de edad, lo que ya de por sí es una proeza para cualquier ser humano y mucho más para un escritor de versos, bardo, vate o como quiera llamársele, cuando no un acto más de su extraordinario sentido del humor y su irreverencia a toda prueba.
Sólo a él podría ocurrírsele llegar lúcido y caminando a estas alturas de la senectud, cuando por lo regular sus congéneres mueren jóvenes por los excesos de la vida, como los malditos herederos de Poe, Rimbaud, Baudelaire y Verlaine, o por el sufrimiento, la pobreza y los fusilamientos, cuando no por la locura y las pulsiones suicidas. La lista de los mártires poetas del mundo sería interminable: recordemos al alemán Hölderlin, a los colombianos José Asunción Silva y Raúl Gómez Jattin, los españoles Federico García Lorca, Miguel Hernández y Leopoldo María Panero, a los rusos Vladimir Maiakovsky y Marina Tsvetáieva, o a la argentina Alejandra Pizarnik, entre otros miles que yacen hoy en el olvido o en la gloria.
Retirado en su casa frente al mar Pacífico, el hermano de la cantante popular Violeta Parra, el mayor de una familia de artistas y bohemios, ha recibido allí a lo largo de tiempo las visitas de sus admiradores de todo el continente, jóvenes seguidores que se han muerto antes que él, como el famoso narrador Roberto Bolaño, para quien era su maestro máximo y su inspiración. Por su casa han pasado poetas latinoamericanos que han peregrinado hasta Chile en busca de conocerlo y han relatado en artículos, entrevistas o reportajes la forma en que recibe con sencillez que desarma y agudeza que sacude, cubierto por una ruana para enfrentar al frío austral y moviendo las pobladas cejas.
Otros lo han visto recitar sus poemas desde palcos o escenarios, haciendo desternillar de risa a sus oyentes con sus ocurrencias o lo vieron inmutable al lado de la presidenta Michelle Bachelet cuando Chile celebró con todas las pompas y entusiasmos su centenario en vida hace tres años, cosa que muy pocos grandes escritores han podido experimentar, salvo el caso de Ernst Jünger, militar y escritor alemán. En el centenario se reeditó en libro y se hizo una exposición de sus artefactos, imágenes, textos u objetos irreverentes que siguen la corriente lúdica inaugurada por Duchamp, quien convirtió en su momento a un orinal en una obra de arte. Parra en esas imágenes y objetos se burla de los dioses, la izquierda, la derecha, la mujer, el hombre, los poetas y todas las instituciones civiles, eclesiásticas y militares, incluso la propia poesía.
Matemático y físico de profesión y profesor durante décadas, Parra se hizo conocido muy pronto al final de la primera mitad del siglo XX por sus Poemas y antipoemas (1954), una serie de textos escritos con una naturalidad asombrosa, coloquiales, sorpresivos, llenos de ocurrencias y recursos nuevos, donde cambió los rumbos de la poesía continental ante la incredulidad de la mayoría de bardos de su época, aún presos en las redes del modernismo, la solemnidad, la retórica o de la poesía comprometida, cuyo máximo exponente era Pablo Neruda (1904-1973), glorificado desde los años 20 por una obra que lo llevaría directo a obtener el Premio Nobel en 1971, segundo chileno en lograrlo después de Gabriela Mistral (1889-1957).
Chile, por su insularidad y geografía abrupta de país extendido en estrecha franja de tierra entre las alturas de la cordillera y el mar, con regiones a veces áridas, desérticas y otras húmedas, frías e inhóspitas, ha generado escrituras y artes muy excéntricas acordes con su situación excepcional. Ya antes el escritor vanguardista Vicente Huidobro (1893-1948) había quebrado con sus delirios y sonidos especiales la tradición poética recién liberada del modernismo.
Más adelante, Pablo de Rokha (1895-1968), el autor del Canto del macho anciano, ejerció también una poesía rebelde que se enfrentaba al tododeroso y proteico Neruda, militante del Partido Comunista y amante de la Unión Soviética que fue diplomático, político e incluso llegó a ser candidato presidencial. En esa línea han seguido Gonzalo Rojas (1917-2011), poeta en extremo original y longevo, ganador del Premio Cervantes, cuyos poemas son obras maestras que hacen viajar por laberintos, escapándose siempre por las tangentes, y el contemporáneo Raúl Zurita (1950), quien escribe poemas en el aire y en los desiertos, como lo hicieron antes de él los prehispánicos con las líneas de Nazca. Parra ha logrado, gracias a su longevidad, reconocimientos que le fueron ajenos antes, como el Cervantes, en 2011, y el Neruda, en 2012. Obtuvo, eso sí, en 1991, el I Premio Juan Rulfo en Guadalajara y como discurso pronunció un escandaloso poemario que desmonta las solemnidades de la escritura, la poesía y la gloria, inspirándose en la vida sencilla y a veces difícil del autor de Pedro Páramo. Algunos quisieran que a esas consagraciones centenarias se agregara el Nobel. En su poemario Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1971) están todas las invocaciones para que tal suceso improbable ocurra como punto final a una vida consagrada a tomarle el pelo a los humanos.
