La primera cuna: una bodega

Si nunca estás preparada para ser madre, mucho menos lo estás para recibir a un hijo prematuro.

La bienvenida a 2021 no se pareció a ninguna otra. No para mí. Mientras muchos celebraban a distancia por el confinamiento, yo comenzaba el año con 32 semanas de embarazo, reposo absoluto por preeclampsia y mi familia lejos. El segundo día de enero, ese dolor de cabeza que parecía rutinario se volvió una señal de alarma. Los estudios confirmaron que mi cuerpo estaba fallando: había daño renal y el bebé debía nacer de inmediato.

He contado antes, lo que significó ser madre primeriza en plena pandemia, pero rara vez hablo del otro lado de esa historia: enfrentar la preeclampsia, un parto adelantado y ver a tu bebé trasladado a una terapia intensiva improvisada en una bodega convertida en área para sospechosos de covid-19. En esos momentos no te preocupa nada más y actúas. Avanzas obstáculo por obstáculo, te aferras al personal médico, a lo poco bueno que encuentras y a la esperanza de que el miedo no te paralice.

Casi cuatro años después, mi Matías —que llegó con inmadurez pulmonar, estenosis valvular e ictericia, entre otras complicaciones— sigue dando la batalla. Nosotros, su familia, también. Porque la prematuridad no termina cuando te dan el alta: continúa en terapias, consultas, cuidados y en un aprendizaje constante sobre cómo acompañar a un niño que llegó al mundo antes de tiempo.

Mi historia no es excepcional. De hecho, los especialistas señalan múltiples causas que pueden detonar un parto prematuro. Algunas son inevitables; otras requieren mayor vigilancia. Entre los factores de riesgo están la estatura y el peso materno; enfermedades como diabetes, anemia, cardiopatías o hipertensión; embarazos múltiples; edades maternas extremas (menores de 17 o mayores de 35); intervalos demasiado largos o demasiado cortos entre gestaciones; hábitos como fumar o beber alcohol; además de ambientes tóxicos, radiaciones o predisposición genética. El estrés y la depresión pueden explicar entre 25% y 35% de los casos.

En la región de las Américas, uno de cada 10 bebés nace prematuro. A nivel global, la OMS estima 15 millones de nacimientos prematuros cada año. En México, cerca de 200 mil. Son cifras que abruman, pero detrás de cada número hay un rostro, una familia y una historia de resistencia.

Comparto esto en el marco del Día Mundial de la Prematuridad, que se conmemora cada 17 de noviembre. Lo digo porque, si nunca estás preparada para ser madre, mucho menos lo estás para recibir a un hijo prematuro.

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GARANTÍAS PARA SOBREVIVIR

La Organización Panamericana de la Salud hizo un llamado urgente: garantizar que cada bebé que llega antes de tiempo reciba cuidados de calidad desde su primer minuto de vida. Esto va más allá de contar con un buen hospital. Implica reducir desigualdades: los bebés en zonas rurales, comunidades indígenas o familias en pobreza enfrentan más barreras para sobrevivir. Implica invertir en equipos especializados, neonatólogos, enfermeras, tecnología y seguimiento para la primera infancia. Implica promover intervenciones de alto impacto como la lactancia temprana, el método canguro, el uso seguro de oxígeno y el acompañamiento familiar.

La prematuridad exige un trabajo interdisciplinario: psicólogos que fortalezcan el apego, asesoras de lactancia, terapeutas que protejan el neurodesarrollo, kinesiólogos que apoyen la postura y el movimiento, trabajadores sociales que sostengan a las familias cuando ya no pueden más. La ciencia salva vidas, pero el acompañamiento salva futuros.

Hoy, cuando veo a mi hijo correr, hablar, reír, recuerdo aquella bodega fría que fue su primera cuna. Escribo esto para no olvidar que detrás de cada bebé prematuro hay un camino que no debería recorrerse en soledad. Y para recordar que prevenir, acompañar y cuidar es una responsabilidad compartida.

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