Por Zaira Zepeda*
Llevo años sentada frente a emprendedoras que tienen negocios sólidos, clientas fieles y una capacidad de trabajo que impresiona, y que sin embargo se detienen en seco cuando alguien menciona inteligencia artificial. La frase se repite: “Eso no es lo mío, yo no soy técnica”. La pongo entre comillas porque la he escuchado tantas veces que ya reconozco el tono exacto en que se pronuncia: mitad disculpa, mitad resignación.
Y es momento de decir con claridad que esa frase ya no describe una limitación real, sino un miedo heredado.
Durante mucho tiempo, “ser técnica” significaba saber programar, entender de servidores, moverse cómoda entre líneas de código. Bajo esa definición, tenía sentido que muchas se sintieran fuera del juego: la brecha en carreras STEM es real y viene de décadas de exclusión estructural, no de falta de talento. Pero la IA generativa rompió esa regla del juego de una forma que todavía no terminamos de asimilar. Hoy no hace falta escribir una sola línea de código para usarla. Hace falta escribir una frase, en español, como si le hablaras a una asistente muy capaz. “Ayúdame a redactar el contrato para mi nueva proveedora”, “dame tres ideas de contenido para promocionar mi colección de otoño”, “explícame en términos simples qué dice esta cláusula fiscal”. Eso es todo.
Lo que antes exigía un equipo de tecnología, hoy lo puede activar cualquier emprendedora desde su celular, en el tiempo que tarda en tomarse un café. Y aun así, la barrera psicológica sigue ahí, intacta, funcionando como si nada hubiera cambiado.
Creo que vale la pena nombrar de dónde viene ese miedo, porque no es casualidad ni timidez personal. A las mujeres se nos ha enseñado, de mil maneras sutiles, a dudar de nuestra competencia técnica antes de intentarlo siquiera. Se nos corrige más rápido, se nos perdona menos el error, se nos exige dominar un tema por completo antes de sentirnos con derecho a usarlo en público. Con la tecnología ese patrón se agudiza: basta un mal recuerdo de una clase de computación o un comentario desafortunado de algún colega para que la etiqueta “no soy técnica” se quede pegada por años, aunque ya no tenga nada que ver con la realidad.
El problema es que ese miedo tiene un costo, y no es abstracto. Mientras una emprendedora evita estas herramientas por sentirse “no apta,” su competencia —muchas veces con menos experiencia en el oficio pero con menos resistencia a probar cosas nuevas— ya está usando IA para responder más rápido a sus clientas, para ordenar su inventario, escribir mejores descripciones de producto, negociar con proveedores con información que antes le habría tomado días reunir. La brecha no se abre por falta de capacidad. Se abre por falta de permiso propio.
Por eso insisto: no necesitas entender cómo funciona un modelo de lenguaje para beneficiarte de él, de la misma forma en que no necesitas saber mecánica para manejar un auto. Necesitas subirte, arrancar y perderle el miedo al volante. Las primeras preguntas que le hagas a una herramienta de IA generativa no tienen que ser perfectas. Pueden ser torpes, repetidas, básicas. Eso es exactamente lo que se supone que debe pasar cuando alguien aprende algo nuevo, y no hay ninguna razón para exigirte, sólo a ti, llegar ya sabiendo.
Lo que sí tiene un costo real es seguir posponiendo el primer intento. Cada mes que una emprendedora se queda fuera de estas herramientas por creerse “no técnica,” alguien más —con menos experiencia pero más disposición a equivocarse en público— le va ganando terreno.
La invitación de esta columna es concreta: la próxima vez que se te ocurra decir “eso no es lo mío,” pruébalo primero y decide después. Abre cualquiera de estas herramientas, escribe la pregunta más simple que tengas sobre tu negocio, y mira qué pasa. Es muy probable que descubras que el problema nunca fue tu capacidad. Fue sólo que nadie te había dicho que ya podías entrar.
*Empresaria, CEO fundadora de Local Trendy, Studio Creativo
