La ignorancia sobre Catalunya lleva al ridículo

Mantener la lengua catalana ha sido difícil, en parte por el menosprecio que recibe en España, donde hay quien insulta el uso de una lengua.

Por Andrew Davis*

En la columna publicada en Excélsior el 14 de noviembre, titulada “El ridículo catalán”, el señor Luis F. Lozano Olivares sostenía que la identidad catalana ha “degenerado” en un sentimiento de superioridad frente al resto. Esta apreciación errónea se podría atribuir o bien a una animadversión frontal a lo catalán que bebe de una agenda política o —como prefiero pensar— a la ignorancia de quien desconoce el centenario periplo de una sociedad modélica que —como él mismo dice— “está llena de gente trabajadora y buena y donde hay una lengua que han tratado de mantener sobre viento y marea”.

 Sí, mantener la lengua catalana ha sido difícil, en parte por el menosprecio que recibe en España, donde hay quien insulta el uso de una lengua ausente en el imaginario colectivo español. El catalán no sólo no se promueve en España, sino que es objeto de acoso jurídico bajo el pretexto de que en Cataluña se somete a los estudiantes a una inmersión lingüística que los perjudica en el aprendizaje del castellano. Este argumento es absolutamente falso, según constatan los estudios de eficiencia docente elaborados por el mismo gobierno español.

 El señor Lozano Olivares habla despectivamente de “esa identidad histórica exagerada que crea una realidad artificial”. No hay nada artificial en la voluntad de millones de catalanes de expresarse libre y pacíficamente sobre su futuro. Ante posturas cerriles sería preferible tomar como referencia el reconocimiento del derecho a la autodeterminación recogido en el artículo 89 de la Constitución mexicana, que no sólo refleja la historia del México independiente, sino que también ha guiado la actuación internacional de México durante más de 100 años.

 Este reconocimiento brilla por su ausencia en un gobierno español que ha declinado sentarse a la mesa ante las reiteradas peticiones de diálogo expresadas por el Gobierno de Cataluña durante años. Peticiones que el articulista interpreta comparando a quien pide hablar, el presidente catalán Artur Mas, con un “demagogo latinoamericano que se equivocó de lugar de nacimiento… alguien que apesta políticamente”.

 Insultar nunca resuelve los problemas, es mejor hablar para encontrar soluciones. En este caso, el tono y el contenido del insulto vincula al articulista con el modelo que declina resolver las discrepancias mediante la alta política y prefiere judicializar la voluntad de un pueblo. Escuchar la voz emanada de los votos y trasladarla a la negociación con los adversarios políticos es un ejercicio de responsabilidad que nada tiene que ver con creerse diferentes o mejores al resto. Lo que sí sería un ridículo catalán, sería no atender estas responsabilidades.

Delegado del gobierno de Catalunya

para Estados Unidos, México y Canadá

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