Saltapatrás en su laberinto

De un tremendo manotazo tiró todo lo que había sobre la mesa de la política mundial, incluidos los platos de lo “políticamente correcto”, que quedaron hechos añicos en el suelo. La “tolerancia a la opinión de otras/os”, con todo y la frase atribuida a Voltaire inscrita, se salvó por un ratito, pues esas tacitas de fina porcelana las usaban en el momento del manotazo. Pero en cuantito logró su propósito, desconcertar, Saltapatrás las tomó en sus pequeñas y regordetas manitas y las aventó contra la pared. 
 

Saltapatrás es el nombre dado a un pequeño grupo de homo sapiens escapado de la prehistoria y que fue a caer en la segunda década del siglo XXI sin brújula, pues en aquellos ayeres no conocían ese aparatejo y no traían más herramientas que su terca voluntad. Para hacer honor a su nombre, uno de ellos desea instalar el siglo X en el mundo, cuando los vikingos asolaban Europa, Rusia y otras regiones y hacían de las suyas en los mares fríos del norte. Se enreda su memoria, pero sabe que Harald, Cabellera Hermosa, o bien, Erik, el Rojo, fue uno de sus brillantes ¿antepasados?, ¿descendientes?, ¿primo? Lo que sea, pero suyo al fin y al cabo.

Por todo ello, no es nada raro que haya empatizado inmediatamente con quien hoy se sienta en el lugar de Catalina la Grande. Desde entonces, siglo X, unos y otros se aliaron para aterrar a todos sus vecinos. Las malas lenguas académicas dicen que lo que hoy importa es el “nuevo orden mundial del petróleo” y las inmobiliarias, y a estos negocios están apostando ambos herederos vikingos, el grande y el chico.

Como todo en la vida envejece, la voluntad saltapatrasiana ha intentado por todos los medios posibles evitar el deterioro de su imagen, pero sus cabellos lo delatan. Al líder se le han ido cayendo lenta y paulatinamente, dibujando el futuro de una horrenda calva, que hasta a su dueño espanta y horroriza.

Lo sabemos bien, merolicos hay por todas partes y a uno de ellos le ha dado “Finasteride”, que aunque ha impedido llegar al trágico destino final, ha trastornado una a una las escasas conexiones neuronales con las que Saltapatrás llegó a este siglo. Demencia frontotemporal es el diagnóstico, comprobable fácilmente y sin necesidad de grandes conocimientos. Tan fácil ha sido este dictamen que hasta el más ignorante espécimen vivo y racional ha exclamado: ¡Está loco!

Pero hay indicios más allá de la simple calificación. Dos chiquillas, hijas de investigadores en medicina, juegan a detectar enfermedades en las personas que ven por televisión. Observan rasgos, gestos, palabras, hábitos, y cuando vieron a Saltapatrás, exclamaron al unísono: desequilibrio mental. Además, para comprobar su hipótesis, anotaron la vehemencia diaria de sus mensajes. Por la mañana, más o menos tolerantes y anodinos, pero al transcurrir el día subían de tono coloreados por la ira. Ya al anochecer, eran francamente groseros y para la madrugada Saltapatrás era todo un energúmeno.

Pudiera creerse que es buena idea aparecer tempranito para acordar algún asunto, pero no. No hay manera, pues aunque aparente gentileza, en menos de diez minutos tira la máscara. Más, si aparece Saltapatrás Dos, su compañero de confianza, también entrado en años y recorriendo el mismo laberinto: enredarse con las palabras, la geografía, los memoranda, la historia, los buenos y los malos. Éste juega a “voy derecho, no me quito”. Pero tarde o temprano, no sabrá si agradecer honores o salir corriendo dando saltitos para atrás. A éste, además, le encantan los sonidos del silencio y por eso vocifera: ¡Cállense todos! ¡Nosotros somos la VERDAD!

Algunas instrucciones para no caer en ese tortuoso laberinto: 1. Pagar por ver: alargar el tiempo. 2. Limpiar, por lo menos, la sala de la casa; o sea, la corrupción. 3. Apoyar a quienes quedan atrapados y son de nuestro bando: migrantes de cualquier tipo. 4. Cuidar hoy nuestros futuros: niñas, niños y jóvenes de ambos sexos. 5. Nunca aceptar el orden del silencio. 6. Saber que “el futuro es de las mujeres”.

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