Las bajas pasiones

“Me desagrada dejar sin contestación una carta tan notable como la suya, una carta que quizá sea única en la historia de la humana correspondencia, pues ¿cuándo se ha dado el caso, anteriormente, de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra?”.Virginia Woolf.

Dicen que las “bajas pasiones” son sentimientos arrolladores, sobre todo, del entendimiento. Bajas por su intencionalidad: hacer daño, maltratar, negar la dignidad de las personas. Someterse a ellas sin poder remediarlo. Y sí, hay personas tan transparentes que sus bajas pasiones se exponen en cada rasgo, en cada gesto, en cada ademán, en cada mirada, en cada palabra. Si están pensando en Trump, han acertado. Cúmulo de bajas pasiones, que le es imposible contener.

A pesar de repugnar a muchas sensibilidades tiene seguidoras y seguidores, pues ven en él lo que ellas y ellos no se atreven ni a susurrar. Es el “valiente” que expresa a gritos lo que mucha gente guarda en el cofre de su silencio: odio y envidia por quienes conservan las ganas de vivir, de reír y de gozar de lo que en este giratorio planeta encuentran a su paso, acompañadas de sus querencias, sean mujeres, hombres, gays, lesbianas o como quieran definirse. Son sus querencias y punto.

Odio por saber que son incapaces; envidia porque no tienen la fuerza para levantarse con esperanza. Su única meta parece ser destruir. Y a veces acumular para sentirse superiores. Razonar no entra en su cerebro, sólo la destemplanza anima su actuar. Increíble que también el señor Valdemar se forme entre estos personajes y lance diatribas sin sentido en contra de la comunidad LGBTTTI. Y si la envidia es, como dijera el padre Ripalda, “el dolor por el bien ajeno”, señores Valdemar y Trump, sería recomendable una visita siquiátrica.

Más tristeza da pensar en quienes son sus seguidoras y seguidores. Sólo reaccionando a diatribas incendiarias, sin entender que son quienes, en realidad, pierden. Trump ha hecho visible el miedo a los y las mexicanas. Valdemar, a las lesbianas y homosexuales. Personas, todas ellas, con valores, vidas, historias muy diversas, la mayoría respetuosas de la ley, trabajadoras, entusiastas. Aunque debe haber algunas, también, arrolladas por las bajas pasiones. Quienes los siguen desahogarán por un momento su ira, pero quedarán sin mayor triunfo. Trump seguirá acumulando millones mal habidos, Valdemar escupirá su odio. Ambos, serán los mismos pobres hombres de siempre, incapaces de controlar sus “bajas pasiones”.

Como bien dice García Lorca, “la sangre no tiene puertas…” y cuando, con palabras cargadas de rencor, se calienta, el ambiente tiene olor de muerte. Así ha sido con la población negra y el nefasto Ku Klux Klan; así les pasó a quienes nacieron en el judaísmo; así les ha sucedido a los pueblos originarios de América. Algún cretino vociferando, sus seguidores, “envalentonados”, y la sangre corriendo por las calles.

Y como mil veces ha sucedido, la mayoría silenciosa se vuelve cómplice de atrocidades, tales como los genocidios de aquí, de allá y de cualquier parte. Alienta recordar en estos días la insólita solidaridad mexicana, después del sismo del 85, porque testificamos, en palabras de Solana, “la dignidad de los nadies”, levantando losas, llevando víveres, corriendo al rescate de la dignidad herida, sosteniendo la esperanza de una nueva manera de estar en esta vida y en este maravillosamente contradictorio país.

Ahora también la leímos en las redes sociales ante la muy desafortunada invitación al tristemente célebre (en estos días) Trump. Rechazamos su discurso, opusimos la razón a su muy baja pasión, desmedida y desmadejada. Esperemos que al señor Valdemar también le replique la mayoría de la misma manera: no a la discriminación en México.

Ante tanta tontería, ante tanto dislate, ante tanto odio y envidia, recordemos las palabras de Virginia Woolf:

“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Lo que no debiéramos admitir es la indiferencia.

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