Si la imagen dominante del jueves 11 —día de la inauguración del Mundial y el partido contra Sudáfrica— fueron las patrullas, escudos, cascos del despliegue policiaco en el sur de la Ciudad de México, la del jueves 18 no puede ser otra que las múltiples estampas de felicidad colectiva.
La felicidad, escribió Vargas Llosa, es individual, rara vez dual, casi nunca tripartita y nunca, nunca, colectiva, municipal. Libre pensador, tal vez el Nobel aceptaría matizar su aforismo, si no es que corregirlo, después de ver a 700 mil personas en la capital, o a las decenas de miles en Guadalajara, Monterrey y distintas partes del país tomando las calles para celebrar, en santa paz, una victoria de la Selección que fue también, creo, la expresión de un deseo compartido: darse un fuerte abrazo, con autenticidad, sin importar quién lo recibiera.
Vuelvo a repasar los videos y encuentro justamente eso: ganas de darse un abrazo, de cantar, de celebrar. Qué maravilla. Y si le debemos ese momento por completo al futbol, pues gracias al futbol por la tregua. Y por poner a tanta gente feliz. Feliz, feliz, feliz. Por habernos hecho felices, así haya sido por un partido, por un juego.
PD
La fiesta habría sido grande también en las casas. El jueves se rompieron todos los récords de audiencia por televisión en México: 48 millones siguieron el choque contra Corea por Televisa y TV Azteca; tres millones y medio lo hicieron por Vix. Un total de más de 50 millones de personas; muchas de ellas, seguramente, con la playera verde bien puesta. Mexicanos, diría Canetti, sintiéndose parte de una misma historia.
