Preferiría no hacerlo
Todo comenzó harán ya sus buenos 30 años, cantábamos la libertad, la caída de los muros, en fin, un nuevo mundo que se anunciaba como mejor y más alegre. Ya se ve, las esperanzas que nos venían a visitar después de décadas de algo que llamábamos Guerra Fría. Unos años después la velocidad del mundo comenzó a acelerarse, todo se volvió rápido, instantáneo, como decía mi abuela, todo era para ayer
Y en medio nos quedamos los de a pie viendo cómo el mundo nos ofrecía beneficios y dulzuras que sonaban lindas y no parecían llegar nunca. Me parece que de cierta manera, unos 200 años antes, quienes comenzaron a confiar en la razón y la ciencia, emanados de las Revolución Francesa, aquel salto científico, y la Ilustración, se sentían más o menos como nosotros.
En 1853, Herman Melville, el autor de Moby Dick, escribió uno de los cuentos más célebres de la lengua inglesa, Bartleby, el escribiente, para no quemar la trama, bastará con decir que trata de un hombre atacado de una rara abulia, no puede ya actuar por sí mismo y a todo cuanto se le dice y todo cuanto debe hacer, pasa por una extraña respuesta, “preferiría no hacerlo”; así se le va el mundo. Aquel cuento resultó de alguna manera premonitorio, porque este tiempo que nos toca vivir consiste en mucho en asumir la postura de Bartleby.
El resultado de la decepción de todo cuanto nos ofrecieron las décadas de la promesa, lo felices que seríamos cuando la democracia se enseñoreara por el mundo y el comercio supliera a los discursos, ha sido un campo fértil para cambiar de modelo de pensamiento. Hoy, hemos devaluado la racionalidad, tanto la política como la social; lo que nos convence es lo que nos gusta, lo que nos hace sentir, lo que nos permite vibrar. De alguna manera vamos cambiando, poco a poco y sin darnos cuenta, el análisis de los discursos por el grito fuerte y potente de que queremos cambio, lo queremos para hoy y además, nos duele todo y cada cosa merece nuestra protesta. Llenamos cartas que reúnen millones de firmas electrónicas, vaya usted a saber cuántas son reales y cuántos firmantes tienen idea de lo que solicitan, y así nos hemos ido metiendo en proyectos descabellados que, faltaba más, también se basan en promesas que queremos creer porque nos tocan el corazón y se alejan de nuestro cerebro.
Veamos, en Cataluña se presentó un movimiento independentista que no tenía pies ni cabeza, saltándose las normas constitucionales, convocando fuerzas que no supo controlar y que, a la hora de la verdad, se hizo a un lado difuminándose en la confusión y dejando heridas que tardarán muchos años en sanar; los movimientos de separación de la Unión Europea, que no soportan el más mínimo análisis racional, ganan en las urnas y después, entre arrepentimientos y quejas, hay que dedicarse a remendar lo que ya no puede quedar como estaba. Nadie creía que un discurso como el de Trump tendría un electorado dispuesto a apostar por él y resultó electo y no sólo eso, sino que se empeña en cumplir sus promesas de campaña más irracionales pese a que la realidad, golpe tras golpe, tuitazo tras tuitazo, lo pone en su lugar. Y es que la racionalidad está devaluada. Estamos, de muchas maneras, en una especie de depresión política que no da para más; alguien tiene que hacer las cosas por nosotros porque los ciudadanos, a veces parece, “preferiríamos no hacerlo”.
El cuadro de honor de nuestra política ya quedó listo, tenemos los candidatos que parece van a puntear y además de los que vendrán en unos días, y todos los estudios y análisis versan sobre la forma en que cada candidato jugará con su electorado duro y cómo le robará a otros los votos de sus partidos de origen. Así está el mundo, basado en apuestas y en especulaciones.
Hemos aprendido a vivir con ello y eso es lo que me parece más peligroso, porque igual nos da la noticia en internet que da como buena la existencia de un planeta oculto y misterioso que esperar a que se desarrollen los hechos frente a nuestras narices contentándonos a dejar salir de nuestras tripas las quejas e invectivas que nos parecen más ingeniosas. El peligro estriba en que un momento similar fue el que permitió el origen de los fascismos. No creo que haya material para una resurrección histórica de esta naturaleza, es más, no me parece que los fenómenos históricos puedan repetirse, pero lo que debemos tener presente es que los ciudadanos debemos velar porque sea la razón política y no la emoción la que nos permita tomar las decisiones.
Es muy difícil para el ciudadano de a pie, el de todos los días, influir en las decisiones públicas, cada día más complejas y más escalonadas; pero lo que podemos hacer, y eso sí en serio, es preferir a la razón donde la emoción quiere ganar la partida; analizar y votar antes de creer y desear. Dejar, en fin, de pensar que hay una solución oculta y un movimiento natural que hará que todo se acomode. En los próximos meses, cuando nos saturen de información los candidatos y tengamos que leer y escuchar sus propuestas,
en esos minutos digamos, “esta vez, prefiero sí hacerlo”.
