Simples referencias
La luz solar termina por alumbrar esa realidad que están empeñados en edulcorar.
Quizá haya pocas cosas que se le pueda agradecer a la cortesilla política de nuestro país. Una de tales escasísimas oportunidades es la posibilidad de asociar sus palabras, acciones y personalidades a ese cúmulo de frases, refranes o referencias literarias que, por lo general, resultan ser explicaciones en sí mismas que van más allá de formular un pícaro y afortunado paralelismo. Quizá sean la imagen y resumen de aquello que podría resultar ocioso seguir preguntándose acerca de quienes ocupan lugares de privilegio y poder. Pero vayamos por partes.
Ha resultado muy costoso y, a fin de cuentas, muy efectivo, mantener toda la estructura económica y social que le permite al actual sexenio seguir cubriendo el sol con un grotesco dedo. Y el calificativo no es gratuito ni casual, pues no es tan descabellado comparar todo el aparato propagandístico y de impacto electoral que ha mantenido la llamada Cuarta Transformación con los personajes pantagruélicos imaginados por Rabelais, pues, entre lo insaciable y lo caricaturesco, se van perfilando cada uno de los engranajes de su discurso proselitista: desde el escritor orgánico, pasando los voceros oficiales, hasta llegar a la máxima tribuna establecida, en un santiamén, en los patios centrales del Palacio Nacional. Sin embargo, más allá del gigantesco dedo, la luz solar termina por alumbrar esa realidad que están empeñados en edulcorar.
Cada una de esas voces tiene bien definido el objetivo de sus discursos, pues es cada vez más necesario alimentar esa visión de la realidad que sólo les “cuadra” a quienes mantienen su compromiso ideológico o, simplemente, porque esas son las notas musicales con las que toca bailar para asegurarse un lugar en la pista. Así, cada vez son más constantes y disciplinados en atender su necesidad por alimentar y consolidar el espejismo que han creado de manera sistemática para validar su forma de gobernar, pues son quienes diseñan y terminan por pulir esa quimera que, desde el primer día del gobierno de López Obrador, se ha proyectado de manera puntual. Y sabemos cuáles son los lugares comunes en su discurso: la invención de enemigos casi universales, asignar la culpabilidad del fracaso a personajes del pasado, la interpretación acomodaticia de los datos estadísticos, las verdades “a medias” que, por supuesto, son mentiras envueltas en un empaque retórico y, por consiguiente, la infinita referencia a una popularidad que parece la mágica respuesta a cualquier tipo de cuestionamiento –como si un índice de popularidad hubiera detenido a quienes han protagonizado, alentado y aplaudido la corrupción que impera en todos los niveles de gobierno–. Sin dejar de lado el victimismo que despierta las simpatías de quienes se asumen parte de la misma tragedia. Formulaciones que se repiten ad nauseam y que son el principal tesoro argumentativo del actual gobierno.
Por ello, no es extraño plantear que han perfeccionado esa capacidad de todo miembro de la cortesilla política mexicana para responder con la ambigüedad que viaja entre la falacia y las argucias que se aplauden a la menor oportunidad. Y, siguiendo con lo expresado al inicio, es momento de recordar a uno de los poetas que, a pesar de que gozó de una popularidad sin igual entre la población española durante la segunda mitad del siglo XIX, hoy es recordado por una simple frase que se encaja como un alfiler en nuestra memoria. Quizá sea oportuno tener muy presentes estas palabras cuando los ínclitos oradores del oficialismo nos presenten su versión de la realidad, de la historia y de las estadísticas: “Y es que en el mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira:/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”.
Y, aunque valga la pena seguir acotando el significado de la traición –según los ínclitos personajes del oficialismo–, es mejor subrayar que los cristales que han terminado por perfeccionar son más obscuros que las respuestas acerca del presunto fraude en Segalmex. No se opta por la transparencia ni la legalidad: lo que se busca es continuar a bordo de aquel fenomenal viaje en el tren que partía del AIFA, bajo la complacencia de quienes sabían que protagonizaban una falsedad que, sin dudarlo, sería aplaudida sin decoro alguno. Y, sin embargo, a pesar del pantagruélico dedo o del negro cristal, termina por imponerse la verdad que no es tan popular como sus espejismos.
Terminemos por recordar a la siempre oportuna filósofa Hanna Arendt, “el resultado de una sustitución consistente y total de la verdad fáctica por mentiras no es que ahora la mentira será aceptada como verdad y la verdad será difamada como mentira, sino que el sentido por el cual nos orientamos en el mundo real (y la categoría de verdad versus falsedad es uno de los medios mentales para este fin) está siendo destruido.” Y, pues, a seguir trabajando en reafirmar el camino de la dignidad y la justicia.
