Lo tenemos todo
Cuando la vida cambia, nuestro primer reflejo es rechazar, la zona de confort es mejor lugar.
No nos preparan para los cambios. Vivimos enganchados en el pasado, a veces culpando, a veces recordando; el pasado fueron buenos tiempos, pero el futuro… ¡ah qué buenos que serán!
Por vivir así, completamente ausentes de lo que sucede en este inmediato momento, nos perdemos de la vida y la vivimos como una ilusión.
Mi última lección espiritual fue comprender lo que significa cuando nos dicen que somos reflejos.
Siempre pensamos en un espejo, en el que nos miramos y nos reflejamos. Creemos entender la superficie del “reflejo” como algo simple: no me cae bien en los demás lo que yo mismo soy; pero es más complejo que ese criterio.
Más que un reflejo en el espejo, somos un impulso, un reflejo, como cuando nos pegan en el codo y el brazo automáticamente salta. Eso somos, las reacciones que tenemos tras el pequeño golpe de un martillo, o un gran golpe de la vida.
Tan diferentes los unos de los otros, sin embargo, llenos de reflejos que estamos o siendo un solo gran reflejo, asumimos que la vida es como nuestros ojos la miran, como nuestros reflejos dictan, ¡qué equivocados estamos!
Así pasamos los días, los años, el tiempo que contabilizamos con un reloj, reflejándonos con los que nos rodean, reaccionando y permitiéndonos ser ese reflejo que es un impulso incontrolado.
Entonces, cuando la vida cambia, nuestro primer reflejo es rechazar, la zona de confort es el mejor lugar, el más seguro, pero el menos aventurero. Tenemos miedo, y es el miedo el mayor detractor de la vida.
Esta semana estuve ausente de la columna por motivos personales, la vida de mi núcleo familiar cambió y eso me sacudió hasta mis más profundas raíces. Me hizo reflexionar y encararme con ese bendito miedo que habita en la piel de mis tripas.
La vida me urgió a estar presente, me exigió no colgarme de remordimientos y mantener un estado de alerta permanente en el que pude enfrentar mi propia impotencia.
Y se me viene a la cabeza lo frágiles que somos, lo delicado que es nuestro cuerpo y tan poco que le tenemos cuidado. Viviendo en esta ausencia de presente no calculamos que los años pasan y la salud nos cobra la factura de nuestros propios descuidos.
Ponemos como fiador a nuestro cuerpo y no pagamos el alquiler de una vida saludable, entonces nos enfermamos y esperamos hasta llegar a ese punto para valorar la vida, para hacer los cambios necesarios que nos anclen a la carnalidad y nos despierten del letargo de no vivir en el tiempo adecuado.
Vivir el presente, es la única salida. Mantenernos en este preciso momento, cuando aún estamos vivos, cuando aún nuestros pulmones se llenan de aire y nos dan esperanza, cuando, aunque el miedo se manifieste, luchamos hombro con hombro para que no nos gane la batalla.
¿Para qué esperar a que el futuro traiga felicidad si en este exacto momento lo tenemos todo para ser felices?
