Para siempre Pedro Armendáriz
Fue Santaclós, patrullero, galán pleno y galán otoñal, eterno villano...
Participó en 173 películas a los largo de 46 años, de los 25 a los 71, cuando falleció. Yo que sé de récords para la historia del cine o para cualquier otro fin, más allá de llegar a ser personaje Guinness, pero todos esos años definen a un hombre que fue actor, y que como cualquier otro personaje protagónico de su propia existencia no habría encontrado sentido a más competencia que la que tenía consigo mismo. No siquiera con el padre, me gusta pensar aunque no aparece referido en ninguna fuente, porque a pesar de asimilar, cargar consigo, padecer me atrevo a decir, el “junior”, su vida deja testimonio de que no había tal.
Pedro Armendáriz I (García Conde) nació en México y creció en Texas. A sus 20, Miguel Zacarías lo escuchó recitando a Hamlet para los turistas norteamericanos y sin más lo incorporó a la llamada Época de Oro del Cine Nacional. Emilio Fernández lo distinguió con su preferencia, alternó con Dolores del Río y María Félix, y participó en 115 películas, personificando prácticamente de todo. Filmó una producción estadunidense en Utah, en 1956, en una zona próxima a las explosiones nucleares y a ello se atribuyó el cáncer que lo iba a matar a los 51. Hospitalizado en la fase terminal de la enfermedad, como si fuera personaje de alguna película, se pegó un tiro.
Nuestro Pedro Armendáriz, el otro, el que mereció sacudirse el junior, habrá resultado un mexicano indispensable, imprescindible para el cine y para muchas otras cosas que ocurrieron en el México del último medio siglo. Dos atributos son referencia constante de quienes lo conocieron: amigo leal y hombre siempre generoso. Lo mismo el insustituible villano que persigue a Banderas en tres películas de El Zorro (2005), que un cadáver ambulante en Matando cabos (2004), o un narco en El Crimen del Padre Amaro (2002), que el mejor político a la mexicana que yo haya visto en el cine, en La Ley de Herodes (1999). Fue Santaclós, patrullero, galán pleno y galán otoñal, eterno villano con las cejas, el bigote, el brillo intenso en la mirada y la risa indispensable para personificar perversos. Marido en primeras nupcias de aquella “hermosa república mexicana” (Lucía Gómez de Parada) y de Ofelia Medina, para finalmente morir desemparejado. Ex alumno del Instituto Patria, como el que escribe, y luego de Arquitectura en la Ibero, no hubo nunca otro derrotero para Pedro que actuar. De telenovelas y tantas otras producciones para tv y teatro, ni hablar por falta de espacio, para maravillarse uno de cómo le alcanzó el tiempo y el afán para tanto actuar.
Sin más motivo que pura y simple envidia de la buena, no puede uno quedarse sin Pedro Armendáriz y su perfecta naturaleza histriónica. Incapaz para ello de nacencia, siempre me he imaginado a quien hace de la actuación su vida, como persona de mil identidades, que cada vez será alguien distinto con el privilegio de interpretar lo que ese alguien deba vivir en cada uno de los universos paralelos que se le ofrecen siempre al actor.
Un atractivo adicional tiene mi admiración por don Pedro. Se lleva a la tumba si fue actor para aprovechar la fama del padre o si el arquitecto fallido no pudo eludir su destino a pesar del amenazante prestigio de su señor padre. El tamaño de la obra me permite creer en este parricidio simbólico al que la virilidad obliga, por más monstruo de lo que sea el padre. Propongo por eso tirar a la basura el junior y me quedo con Pedro Armendáriz Pardo. Buen mexicano.
