Hasta siempre, general Fuentes Aguilar
Decía Jaime Torres Bodet que caminamos entre tumbas. Es decir, que vivimos y convivimos con la muerte. Con su recuerdo, con su presencia y con su imagen.
Primera parte
Hace unos días nos dejó el general de brigada y médico cirujano Raúl Fuentes Aguilar. Su excelencia personal fue superior y su relación conmigo fue milagrosa, y trataré de compartir esto en corto. Pero la partida de un muy buen amigo siempre nos lleva a los recuerdos y a las reflexiones.
Diría Miguel Hernández que, muchas veces, la muerte enamorada vence sobre la vida desatenta y nos arrebata a los amigos queridos. Decía Jaime Torres Bodet que caminamos entre tumbas. Es decir, que vivimos y convivimos con la muerte. Con su recuerdo, con su presencia y con su imagen. Reconocerlo es parte del entendimiento de nuestro presente y de nuestro porvenir. De lo que tenemos que hacer para el hoy, tan breve, y de lo que tenemos que preparar para el mañana, tan largo.
Sin embargo, conocer y reconocer el significado de la vida y de la muerte no es tarea fácil ni suele dársenos de inmediato. Como todos los seres humanos, he convivido con ellas, pero no siempre las he comprendido y, por ello, muchas veces he menospreciado a la vida y he repudiado a la muerte.
Hace algunos años asistí a un desayuno conmemorativo del Día del Ejército. Lo hacía por invitación del entonces secretario de la Defensa Nacional y lo encabezaría el Presidente de la República. Como es mi costumbre, llegué con sobrada anticipación. Eso me permitió, entre otras cosas, curiosear las tarjetas dispuestas en la mesa que se me había asignado y, de esa manera, saber con quiénes me correspondería compartir la charla y la compañía.
El nombre que acaparó mi atención fue el del general y doctor Raúl Fuentes Aguilar. No lo conocía personalmente y ni siquiera lo podía identificar. Pero el hecho de saber que lo tendría en la misma mesa constituía, para mí, todo un gran acontecimiento.
Cuando llegaron los concurrentes me dirigí a quien se había sentado en el mencionado sitial, a efecto de verificar si se trataba de quien yo esperaba con cierta ansia. Le pregunté si él era quien decía la tarjeta que tenía al frente. Me contestó afirmativamente, con la sequedad con la que uno se dirige a quien nos habla sin precisar sus intenciones. Entendí que mi pregunta resultaba molesta porque parecía que estaba verificando la legitimidad o la identidad de su ubicación en nuestra mesa.
Por eso, de inmediato, le dije que me producía una alegría mayor el haberlo conocido. Esto venía a complicar y convertir la incomodidad inicial en enigma o charada. Me fijó una mirada interrogativa. Como que no alcanzaba a precisar si era yo un guasón o un confundido. Para un hombre tan serio y formal como él lo fue, debo haberle parecido un excéntrico o un pelele.
Al observar su reacción y para abreviar mis razones empecé a hablarle en un lenguaje críptico para los demás comensales, pero entendible tan sólo para él. “Seguramente usted recuerda el agosto de 1972. Hospital de Xoco. Estallamiento de vísceras, incluyendo la hepática. Experimento con ciano-acrilato. Casi sin esperanzas, usted operó y le salvó la vida a un joven de 23 años de edad. Ese joven era yo”.
Sin responder palabra alguna, apoyó los codos sobre la mesa, posó la frente y la cara entre sus manos y guardó silencio durante varios instantes, visiblemente emocionado. Todos esperaban en absoluto mutismo, desde luego, sin entender el asunto. Fuentes Aguilar se repuso y rompió el silencio. Me explicó que existían muchas ilusiones en esa innovadora técnica quirúrgica pero, desgraciadamente, tuvo que ser abandonada por sus constantes fracasos. El éxito obtenido en mi caso fue insólito, único e irrepetido. Me insinuó que se trató de un milagro. Él no sabía a quién había salvado y, por eso, le resultaba emotivo saber que se trataba de una persona a quien conocía por su trayectoria pública y que, consideraba con seguridad, había sabido invertir su vida, años antes salvada por él.
A su vez yo le expliqué la razón de mi prolongada lejanía y aparente ingratitud. Para comenzar, le informé que mi vida había sido plena, en cuanto a salud se refiere. Que no sufrí consecuencia alguna de mi lesión y de mi cirugía. Que había recibido el milagro de gozar de una salud por encima de la promedio. Pero, sobre todo, le expliqué que muchas veces quise buscarlo para expresarle la deuda incalculable que yo había contraído con él.
Sin embargo, siempre me detenía el temor de una desilusión. La de encontrarme con un científico frío e insensible que me frenara para hacerme saber que sus propósitos eran los de reparar órganos y no los de salvar vidas.
Esa mañana fue mi segundo encuentro con Fuentes Aguilar. En el primero, en aquel quirófano, tuve mucha suerte. En esta ocasión, en aquel evento, también fui muy afortunado. Descubrí que estaba no sólo frente a un insigne científico sino ante un muy completo humanista.
Fue entonces, ya acaparada entre nosotros dos la charla de toda la mesa, que me platicó lo que hacía en ese hospital. Durante la gestión presidencial de Luis Echeverría era secretario de la Defensa Nacional el general Hermenegildo Cuenca Díaz y el doctor Fuentes Aguilar presidía los servicios médicos del Ejército. Éste tuvo una sabia idea. Los médicos militares de un ejército de paz muchas veces terminan especializándose en partos, en apéndices y en caídas. Por ello, le parecía un magnífico escenario de acondicionamiento los llamados hospitales de urgencias donde, a diario, se atienden accidentados graves, quemados, baleados y todo aquello más cercano a la medicina de guerra que a la medicina de paz.
Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A.C.
twitter: @jeromeroapis
