Cien años de Arguedas

Cortázar y Vargas Llosa le criticaron su falta de

Este año se celebraron con muchos actos los 100 años del natalicio del escritor suicida indigenista José María Arguedas (1911-1969), peruano que con el tiempo adquiere un carácter mítico comparable al del mexicano Juan Rulfo. Arguedas se suicidó en 1969 tras de dejar una vasta obra novelística con clásicos tan importantes como Los Ríos Profundos (1958), una de las más grandes novelas latinoamericanas del siglo XX, y varios volúmenes de obra antropológica, sociológica y militante a favor de las causas populares de su país.

Arguedas, blanco e hijo de un abogado, tuvo una infancia difícil tras la muerte prematura de su madre y los maltratos de la madrastra y el medio hermano, quienes, para despreciarlo, lo confinaban en la hacienda, en ausencia de su padre, al cuidado de los indios, con quienes aprendió, por fortuna, el quechua, la amistad, el amor, la solidaridad y la cultura milenaria prehispánica.

Después de bajar de la sierra y realizar estudios de letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima, y especializarse luego en antropología, Arguedas inició una larga vida militante y estudiosa de la cultura popular peruana al lado de su primera esposa, Celia Bustamante, y su hermana, Alicia, con las cuales se le abrieron las puertas de la cultura limeña, pese a ser un “serrano”.

Artífice cuidadoso de sus obras, las creó minuciosamente por esa necesidad profunda de rendir homenaje a los indios humillados por la racista y jerárquica sociedad peruana, inspirada en los largos años de la colonia y a la lengua indígena, que está presente e imbricada de manera original en su excelente prosa.

Arguedas, tras un sicoanálisis, se divorció de Celia en 1965, e inició una nueva relación con la joven militante e intelectual chilena Sybila Arredondo, encargada luego de reunir y editar sus obras completas. El 28 de noviembre de 1969 se disparó en el cráneo y falleció días después, el 2 de diciembre de ese año, dejando una leyenda en torno a las profundas razones sicológicas de su acto, que se remontarían a los traumas profundos de su infancia, al hecho de ser a la vez blanco e indio y bilingüe por educación, y a las culpas e incomprensiones diversas.

Su generación fue inspirada por las obras de José Carlos Mariátegui, cuyo clásico libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado por Amauta en 1928, era leído por los militantes latinoamericanistas de todo el continente, desde México hasta la Patagonia, y también por la poesía compleja y la militancia del gran César Vallejo, en pleno auge de los conflictos mundiales y la lucha contra dictaduras e injusticias.

El centro de su pensamiento se basa en la lucidez de saberse mestizo y en la realización de una obra que sólo podía ser “indigenista”, pues la literatura indígena sólo podría ser escrita, según él, por los propios indios, cuando “estén en grado de producirla”. O sea, un acercamiento desde adentro y desde afuera a ese universo incomprendido por la “modernidad” y el “progreso”.

En pleno auge del boom latinoamericano y de las nuevas corrientes de la literatura continental, deseosa de occidentalizarse, Arguedas estuvo en el centro de la polémica y de las incomprensiones de sus contemporáneos del momento, quienes, como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, le criticaron injustamente su falta de “universalismo” y la supuesta creencia en “utopías arcaicas” y lo consideraron un advenedizo a la literatura desde la antropología que no merecía entrar al selecto club del boom.

Yawar fiesta (1941), Los ríos profundos, El sexto (1961), Todas las sangres (1964) y El Zorro de arriba y el zorro de abajo (póstuma) y siete volúmenes de su obra antropológica y sociológica, han sido analizadas en Perú a lo largo de este año en una especie de necesaria reconciliación con el sensible y flagelado personaje, según me cuenta el escritor peruano Mario Wong, quien estuvo presente en los homenajes.

Cuando se creía que el indigenismo o las devaluadas causas populares serían definitivamente expulsadas y barridas del continente por la ola globalizadora mundial del hoy fracasado neoliberalismo, una nueva ola de reivindicación de esas tendencias ha llevado al poder a casi todos los nuevos mandatarios del continente sudamericano y el acercamiento a las culturas indígena, afroamericana o de las barriadas o favelas donde reina el narco, vuelve a ser un tema legítimo en los medios literarios y académicos serios.

José María Arguedas se suicidó fracasado e incomprendido por sus contemporáneos ricos del boom, pero ahora parece resucitar de entre los muertos como un ejemplo contundente de que, en literatura y en temas sociales, la última palabra nunca es la definitiva. Arguedas, el blanco que amaba a los indios, es tan moderno porque los indios y sus fantasmas siguen ahí flotando en el continente, pese a medio milenio de colonización y saqueo multinacional.

Los ex “modernos” jóvenes de los grupos del Crack y McOndo querían volver a matar hace poco el indio mexicano o peruano que todos llevamos dentro en América Latina, pero el indio “canijo” o “condenado” se les salió de nuevo de la jaula a donde querían confinarlo. Deseaban también matar de paso al “realismo mágico” de García Márquez, pero también este movimiento milenario, terco y rebelde como la Biblia o Las mil y una noches, se les volvió a salir de la Lámpara de Aladino con el pobre novelista suicida Arguedas a la cabeza, muy vivo y coleando.

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