La tradición del parricidio

Lo hecho por el anterior estaba mal, así que al traste con su obra y a recomenzar.

Entre las tradiciones más negativas y persistentes del país, dos destacan: el caudillismo y el parricidio. La primera ha sido estudiada y analizada desde diversos puntos de vista: el científico social y el literario, por ejemplo. El parricidio, no menos grave que el caudillismo, ha sido visto como un mal menor, sin embargo es peligroso para el desarrollo y la estabilidad. Los políticos lo cometen puntualmente y, al hacerlo, crean fricciones que alteran el curso del país. Desde luego, sucede en todos los niveles del poder.

El parricidio al que hacemos referencia no se refiere a la muerte física del padre o la madre, sino al que obliga a un presidente a eliminar a quien lo ayudó a llegar al cargo. La historia del PRI está llena de tales casos. Ruiz Cortines mató a Miguel Alemán; hizo visible la corrupción de su régimen. Luis Echeverría eliminó con dureza a Díaz Ordaz. Bueno, no carecía de razones. López Portillo desapareció a su amigo y jefe que lo encumbró en pocos años, incluso lo mandó a las Islas Fiji para no verlo. Carlos Salinas no tuvo necesidad de asesinar a su padre, Miguel de la Madrid, porque, desde su irrupción en el primer círculo político, quien gobernaba era él, a grado que cuando De la Madrid lo nombró sucesor, Porfirio Muñoz Ledo recurrió a su ingenio: es una reelección. Para qué hablar del esfuerzo de Zedillo para quitarse de encima al que lo hizo Presidente, Salinas. Ya en la alternancia, Calderón ha tratado de eliminar la sombra de Fox, sólo que éste nunca fue su padre, sino un rival discreto y sostenido.

Cometer parricidio significa comenzar de nuevo, partir de cero. Lo hecho por el anterior, quien era tu mejor amigo, tu hermano, tu padre, estaba mal, así que al traste con su obra y a recomenzar. Por eso, cada sexenio, México es reinventado. No hay continuidad; los proyectos y las ideas cambian, pero el sistema sigue igual o peor. En el PRD lo estamos presenciando. Marcelo Ebrard ha tenido dos padres, aparte del biológico: Manuel Camacho, quien lo confirmó priista y López Obrador que lo hizo “izquierdista”. Con el primero no ha tenido necesidad de pelear; es su manager, pero con el segundo hace su mejor esfuerzo para asestarle una puñalada en la espalda. Poco a poco, a partir de su lanzamiento oficial como aspirante presidencial del PRD, la lucha contra el líder tabasqueño ha aumentado. El padre, por ahora simplemente regañón, le ha respondido con la creación de una nueva fuerza política integrada por diversas organizaciones y parte del PRD.

Hasta hoy, Marcelo finge aceptar una lucha de apariencia limpia, pero sabe que con Obrador no se juega y ha tenido que acelerar el curso de los cosas. Dudo que le gane a éste la candidatura y estoy cierto que ninguno de ellos llegará a Los Pinos. Peña Nieto está muy fuerte y el PAN podrá sacar un candidato con millones de seguidores. En estos partidos no hay en apariencia la división que padecen “las izquierdas”. El PRI aprendió la lección y el PAN trata de aprenderla y lo haría si Felipe Calderón no se entrometiera y dejara al partido decidir con sus propias reglas.

El parricidio en menor escala es fatal. El PRI solía hacerlo en las cabezas de los titulares de la administración pública, con el fin de poner a los amigos del nuevo presidente. El PAN la masacró partiendo de un supuesto idiota: todo el servicio público es corrupto y los recién llegados se apoltronaron allí sin ninguna experiencia. Apareció un nuevo estilo de corrupción, más discreto y eficaz, pero la idea es idéntica: obtener beneficios y situar a los camaradas en buenas posiciones aunque nada supieran sobre cada especialidad. Un caso: Alberto Cárdenas deshizo la Semarnat; puso amigos y novias en cargos delicados y estratégicos con resultados desastrosos.

Es probable que 2012 nos deje sin este rito que daba una risible movilidad laboral y nuevos ricos.

              *Escritor y periodista

               www.reneavilesfabila.com.mx

 

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