La importancia militar Pochteca
Los cholultecas eran grandes mercaderes, recorrían toda Mesoamérica llevando mantas preciosas, orfebrería de oro y plata y cerámica bellísima con grecas
(Segunda y última parte)
Los cholultecas tuvieron continuas guerras con los de Huexotzinco, Tlaxcallan, Tepeacac y México-Tenochtitlan. En sus guerras hacían uso de la espada de obsidiana, que tenía el nombre de ixcahuitl, de flechas y arcos; como armas defensivas, teníanla coraza de algodón llamada ichcahuepilli y el escudo, chimalli, de carrizos, forrados algunas veces de pieles, más para adorno que para defensa (Salazar, 1954: 25).
Eran también grandes mercaderes, recorrían toda Mesoamérica llevando mantas preciosas, orfebrería de oro y plata y cerámica bellísima, con grecas distintivas del señorío. Gabriel García de Rojas, corregidor de Cholula en 1581, al hacer una relación de la ciudad a la Corona de España, dice que los cholultecas eran admirables en el arte de la cerámica. A los oficiales de alfarería les llamaban tultecatl. Las mujeres podían conceptuarse como grandes hilanderas y tejedoras de mantas preciosas. En su relación alaba a los alfareros, lapidarios y orfebres que tenía Cholula, y el intenso comercio que desarrollaban por los distintos rumbos de Mesoamérica.
Las varas de bambú eran el símbolo de los yacatecutli y constituían, al lado de los abanicos de plumas de pavo silvestre, las insignias del mercader. Estas varas eran plantadas en cada lugar de descanso, envueltas en hojas de sacrificio, para recibir como ofrenda el incienso y las gotas de sangre que el mercader extraía de su cuerpo.
Al partir se organizaba un solemne banquete con discursos bajo la presidencia de los tres o cinco dirigentes de los comerciantes, pochteca-tlatoque. Después se cargaban de bultos las angarillas de los cargadores, la caravana empezaba el viaje al anochecer, considerándose de mal agüero si uno de los pochteca regresaba otra vez a su casa.
In icuac in ye ompehuac anahuac pochteca, oncan mexeloaya in Tochtepec. Centlamantli ompa calalquia in anahuac Ayotlan, no centlamantli ompa calaquia in anahuac Xicalanco.
Cuando los mercaderes emprendieron su marcha a la costa se dividían en Tochtepec. Un grupo se metía a la costa de Ayotlán y otro grupo se metía a la costa de Xicalango. (Códice Florentino, IX: 17).
La gran ruta de caravanas llegaba a través de la ciudad teocrática y comercial de Cholollan, primero a la fortaleza azteca de Tochtepec, Tuxtepec, en donde los mercaderes eran recibidos con honores. Los que querían seguir después hasta las costas del Pacífico tenían que atravesar desde este punto al tramo más peligroso de su viaje, ya que los zapotecas y los nativos de Chiapas eran hostiles a los mercaderes mexica, mientras que los habitantes de la costa del Atlántico los trataban amistosamente.
Al partir formaban dos largas hileras, una a cada lado del camino y los que no eran principales llevaban a cuestas las cargas de las mercaderías. Cuando llegaban a un país extraño, con el cual no tenían amistad, marchaban militarmente, con el fin de poder defenderse si eran atacados. Si llevaban mercadería de esclavos los protegían para que no los mataran.
Como tenían establecido su comercio de manera ordenada y fijado el rumbo de sus itinerarios, que habían formado en los caminos, en lugares a propósito para descansar en sus jornadas, grandes galeras en donde se abrigaban para pasar la noche. Tan pronto como llegaban a ellas reunían y ataban sus báculos y hacían ceremonias y sacrificios de sangre. Si entraban en país desconocido enviaban mensajeros que avisaran su llegada para que los recibiesen en paz y, entonces, por precaución, viajaban de noche y acampaban de día.
Parece que los señoríos de la cuenca lacustre de México no hacían expediciones a Aridoamérica, aún cuando se ha encontrado cerámica del área en occidente, en la parte norte de la zona purépecha, pero por referencia se dirigían al sur, en donde estaban los pueblos más ricos en los productos que comerciaban. El camino de las caravanas estaba indicado por el mismo centro de comercio del sur. Este centro era Xicalanco, en la Laguna de Términos.
Ahí llegaban las mercaderías mayas, tanto por tierra como en embarcaciones. Era el punto de salida de los productos de la antigua región Quiché. A su vez, Xicalanco se comunicaba con Tochtepec, Tuxtepec, a través del río Papaloapan. Tochtepec, por su posición, venía a ser el centro de los productos de las tierras de los mixtecos y zapotecas, y en su camino se recogían los de los totonacas y pueblos adyacentes.
El camino estaba claramente indicado, encontrando numerosos pueblos amigos en donde hacer paradas; evitando territorio tlaxcalteca marchaban a Tehuacán y de allí a Teotitlán para llegar a Tochtepec. Llevaban principalmente navajas de obsidiana, pedernales, cascabeles, agujas y productos de la región central, y ahí los cambiaban por cacao, pluma, pieles y piedras preciosas.
En general no se detenían mucho en Tochtepec, sino que avanzaban a Xicalanco y se extendían por la costa que Sahagún llamaba Anáhuac, nombre que significa junto al agua. Para no tener impedimento en su comercio daban a los tecuhtli de los pueblos, por donde pasaban mantas, enaguas y camisas de mujer. A su vez, los tecuhtli les daban plumas ricas de diversos colores.
Al salir de Tochtepec se dividían en dos caravanas: unos se dirigían a Anáhuac Ayotlán y otros a Anáhuac Xicalanco. Llevaban joyas de oro y piedras preciosas, copilli de oro para los tecuhtli, vasos pequeños de oro para hilar con malacate, orejas de oro, cristal y obsidiana, así como cascabeles, grana, pieles de conejo y hierbas curativas. Los mercaderes de esclavos eran muy estimados y se llamaban tealtianitecoanianie.
Como los pochteca iban en orden de guerra salían también de la misma manera a recibirlos los tecuhtli de los pueblos y los esperaban en el yaotlalli. De ahí se iban a aposentar y a cambiar los regalos acostumbrados. Tanto el lucro como los intereses guerreros hacían que no se detuvieran donde los recibían en paz, así es que preferían lugares lejanos y hostiles. Para evitar el peligro se escogían a los pochetca conocedores de la lengua de aquellos señoríos y vestían los trajes que allí se usaban. A estos los llamaban nahualoztemeca, y si eran reconocidos los mataban. De ellos se sabe que llegaban hasta Tzinacantan, de donde traían el ambar para los tencolli o bezotes.
De regreso a Tochtepec, ya con sus trajes comunes y con las nuevas mercaderías que habían intercambiado, se regresaban a su señorío de origen. Cuidaban en el camino de negar que fueran suyas las cosas que llevaban y de ir haciendo ofrendas y sacrificios en todos los pueblos que encontraban hasta llegar a Itzócan o Izúcar. No paraban en sus casas, sino en la de algún pariente, asegurando que las mercancías eran de los pochtecatlatoque. Iban después a dar cuenta a sus jefes, quienes les organizaban banquetes y fiestas por el feliz término de la jornada.
El códice Mendocino da a conocer en sus dibujos quiénes eran los yaoyizue destinados a empresas tan peligrosas y atrevidas: se ven con el abanico en la diestra y la lanza en la mano izquierda, que parten por orden del teculitli, son los tequihua, que por su traje parecen mercaderes, pero que revelan que son guerreros que los acompaña, manifiesta también su oficio.
Se sabe que los jefes de los mercaderes y de sus expediciones eran tequihuaque, que llevaban a sus órdenes yaoyizque mezclados con los pochteca y disfrazados con sus ropas. No iban en son de guerra, pero cuidaban a las caravanas y las dirigían y, en un momento dado, los formaban para su defensa y contraatacaban al enemigo. Ellos eran nahualoztemeca que inspeccionaban en secreto los señoríos enemigos. Cuando llegaban a un pueblo salían en la noche a recorrerlo y a inspeccionarlo para saber por dónde podía ser atacado en caso necesario, cuáles eran sus obras de defensa y cuáles sus puntos débiles.
En el códice Mendocino se ven primero llegar al pueblo por dos caminos, entran erguidos para no dar en qué temer y llevan el abanico, atributo de los mercaderes y van calzados. Después se van sin calzado para no hacer ruido e inclinados como quien anda despacio en la oscuridad y no quieren tropezar, y no van por el camino, sino que penetran por todo el pueblo y examinan el tianquiztli, el técpan y el teocalli, atraviesan el río, las encrucijadas y las calles, no llevan los abanicos de mercader, pero sí sus lanzas de guerreros, y uno de ellos el caracol, que les servía de ocarina para dar la señal de alarma en caso de que fuesen descubiertos y juntarse con todos los pochteca para defenderse.
Conocedores ya de la localidad, en caso de guerra, iban estos tequihua con el ejército, y parece que los acompañaban mercaderes conocedores del terreno. Sahagún indica que sus jefes elegían para ese efecto a algunos que iban de capitanes y oficiales, a los que daban las instrucciones necesarias y les nombraban un jefe que tenía que ser de los principales, al cual llamaban cuapoyahualtzin.
“Antes que la gente se moviese de guerra enviaban delante sus espías muy disimuladas y pláticas en las lenguas y provincias a las cuales iban a dar guerra. Estos espías se vestían y afeitaban el cabello al modo de los pueblos a los que iban, que siempre tienen entre ellos indios disimulados o secretos o en hábito de mercaderes para que ellos fuesen avisados, y no los tomaran por desapercibidos. A los espías que enviaban delante los llamaban “ratones”, que andan de noche o escondidos o a hurtdillas. Fray Toribio de Benavente.
El viaje de regreso era organizado, de tal manera que la llegada a sus lugares de origen se realizara bajo un signo feliz y de noche. Después de rendir cuentas precisas al jefe de los mercaderes, el regreso se celebraba otra vez con lavados, ofrendas, discursos y banquetes, ocasiones en que no se olvidaba ni a los pobres. Luego se procedía a la ceremonia de la distribución de regalos de honor por parte del tlatoani.
Ahuizotl, en especial, estimaba a los pochteca, no sólo por sus acciones en combate durante su expedición a Tehuantepec, sino porque le habían hecho ganar grandes sumas con la venta de mil 600 mantas preciosas de algodón de su propiedad, tomadas en comisión por los mercaderes. Solía regalarles vestidos preciosos y bezotes de oro. El real sucesor de Ahuitzotl, Moctezuma Ilhuicamina, los invitaba a su mesa, en donde se sentaban en los mismos lugares de honor que correspondían a los altos funcionarios.
Los mercaderes ocupaban también, en otros aspectos, una posición relevante. Tenían el privilegio de una jurisdicción propia, y uno de los pochteca-tlatoque acaudillaba las expediciones punitivas contra algún pueblo donde habían matado a un mercader. Al morir alguno de éstos, durante el viaje, se le hacía participe de los mismos honores que a un guerrero caído. Su cadáver era adornado en idéntica manera y llevado a cuestas sobre unas angarillas que se ponían después sobre un poste en un cerro para facilitar al alma su ascenso hasta el cielo, en donde acompañaría al dios sol en su viaje diario, junto con los guerreros muertos.
La actividad de los pochteca estaba encaminada a su propio encumbramiento y a la satisfacción de las necesidades del estamento privilegiado de Mesoamérica, máxime si se considera que la falta de medios eficientes de transporte, las grandes distancias y los peligros frecuentes los reducían a negociar con artículos de lujo, y aún se podría agregar el incentivo de obtener mayores ganancias en tanto más exclusivas y estimadas eran las características de la mercancía.
Debe considerarse que la pochtecayotl, no obstante, rebasar las formas típicas de intercambio entre los antiguos mexicanos llevaba en su desarrollo la desvinculación de la tierra y la identificación con los guerreros, en mayor o menor medida, buen número de campesinos diestros en las armas y en los oficios artesanales, principalmente, organizaban mercados especializados en manufacturas y objetos terminados.
Fray Toribio de Benavente, llamado Motolinia, en sus Memoriales, nos legó descripciones sobre la operación de los mercados en Mesoamérica.
“Cuando habían de bailar tiznábanse de mil maneras y, para esto, el día de mañana que había baile, luego venían pintores y pintoras al tianguez o mercado, con muchos colores y pinceles, pintaban los rostros y piernas y brazos a los que habían de bailar la fiesta, de la manera que ellos querían la solemnidad, lo demandaban y, así dibujados y pintados, se iban a vestir diversas divisas, y algunas tan feas, que parecían demonios, y así servían al demonio, con éstas y otras mil maneras de servicios y sacrificios, y de la misma manera se pintaban en el tianguez para salir a la guerra.”
