Cien años de buscar la democracia
La toma de Ciudad Juárez precipitó la caída del régimen, que había intentado mantenerse en el poder mediante una negociación infructuosa con Madero.

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Mayo de 1911 marcó el final de la dictadura de Porfirio Díaz, que se había extendido por 34 años. Un día como hoy, hace exactamente un siglo, las fuerzas revolucionarias comandadas por Francisco Villa y Pascual Orozco se aprestaban a lanzar el asalto sobre Ciudad Juárez (ver el trabajo especial que sobre ese centenario se publica en esta misma edición).
La toma de Juárez, entonces la principal aduana terrestre del país, precipitó la caída del régimen, que había intentado mantenerse en el poder mediante una negociación infructuosa con Francisco I. Madero.
Luego de su exilio en San Antonio, Nueva Orleans y Dallas, el jefe de la Revolución regresó definitivamente a México el 14 de febrero de 1911, cuando vadeó las aguas del río Bravo y alcanzó territorio nacional en un paraje cercano a Guadalupe, al sureste de Ciudad Juárez.
De ahí Madero cabalgó 20 días, al frente de un pequeño contingente, hasta alcanzar Casas Grandes, uno de los puntos más importantes del Ferrocarril de Noroeste. Atacó la población en la madrugada del 6 de marzo, pero fue derrotado y tuvo que replegarse.
En los días siguientes, las fuerzas de Madero fintaron un avance sobre la ciudad de Chihuahua, lo que movilizó a los soldados federales que resguardaban Juárez. Esto fue aprovechado por los revolucionarios para sitiar la ciudad fronteriza y exigir, el 19 de abril, la rendición del general sonorense Juan Navarro, quien estaba a cargo de la plaza.
Las negociaciones celebradas hasta ese momento entre las partes habían fracasado. Díaz ofreció el reemplazo de su gabinete, pero Madero no aceptaba menos que la renuncia del dictador. En el campo de batalla, Madero era más dubitativo: No quería tomar Ciudad Juárez, a pesar de estar ya en superioridad numérica, por temor a un incidente con Estados Unidos, como el que se había dado el 13 de abril en Agua Prieta, Sonora.
En su cuartel general, conocido como La Casa Gris, Madero recibió la visita de dos enviados del régimen, Óscar Braniff y Toribio Esquivel, quienes habían participado en las negociaciones, celebradas en Nueva York. Su objetivo era firmar un armisticio con los revolucionarios. Madero reiteró su exigencia de que Díaz renunciara y propuso que Francisco León de la Barra, el ministro de Relaciones Exteriores, asumiera la Presidencia de la República de manera interina.
Porfirio Díaz, aquejado de una infección de muelas que lo tenía postrado y medio sordo, se negó a renunciar. Nombró como su negociador en jefe a Francisco Carvajal y Gual, ministro de la Suprema Corte, quien se trasladó a Juárez para comunicar a Madero que “la renuncia del señor Presidente no puede ser materia de pacto”.
La negociación se entrampó cuando el gobierno ofreció ceder ministerios y gubernaturas a los rebeldes, pero no la renuncia de Díaz. Fue ahí que surgió la famosa frase de Venustiano Carranza, entonces lugarteniente de Madero: “Revolución que transa, se suicida”.
El calor, la falta de víveres y la espera —había un incesante ir y venir de comunicaciones entre los negociadores—, ya irritaban a los revolucionarios. Preocupado por las consecuencias que pudiera producir en El Paso, Texas, una toma violenta de Juárez, Madero decidió dar por concluido el asedio y cambiar de estrategia: marchar hacia el sur.
Sin embargo, cuando sus fuerzas se retiraban, el 7 de mayo, el jefe revolucionario supo, mediante una nota publicada en un periódico de El Paso, que Díaz había dado a conocer en la Ciudad de México un manifiesto en que decía que estaría dispuesto a renunciar al poder pero sólo “cuando su conciencia le diga que al retirarse no entrega el país a la anarquía”.
Era la primera vez que el dictador, quien no sólo enfrentaba una rebelión en el norte sino también en el sur, aceptaba la posibilidad de retirarse. Eso hizo que Madero diera media vuelta y volviera a colocar a sus hombres enfrente de Ciudad Juárez.
Aun así, continuaba indeciso respecto del ataque. Pero Orozco —quien odiaba a Navarro—y Villa no estaban dispuestos a esperar más. El segundo envió a dos muchachos a disparar sobre la primera línea de soldados federales. Cuando éstos respondieron el fuego, Madero se alarmó y pidió retirar a sus hombres, pero Orozco y Villa le mintieron sobre quiénes habían comenzado el ataque y le respondieron que era demasiado tarde para detener el enfrentamiento.
La respuesta de Madero es un registro del espíritu bien intencionado —o la ingenuidad, dirán algunos—del caudillo, quien no dudaba de las motivaciones de los demás: “Pues si es así, ¡qué le vamos a hacer! (Alberto Calzadíaz Barrera, Hechos reales de la Revolución).
La toma de Ciudad Juárez duró tres días. El 10 de mayo, el general Navarro, entregó su espada a Raúl Madero, hermano menor de Francisco, con lo que se selló la capitulación de la plaza. Fue, sin duda, el hecho de armas más significativo de la primera etapa de la Revolución.
A partir de ahí, el régimen de Porfirio Díaz se derrumbó. El 17 de mayo, el diario católico El Tiempo daba como su nota principal que Díaz y su vicepresidente Ramón Corral renunciarían “antes de que termine el mes de mayo”.
Los Tratados de Ciudad Juárez se formalizaron el día 21. Se firmaron en las escaleras del edificio de la Aduana, a la 11 de la noche, a la luz de los faroles de tres automóviles. Entre sus puntos estuvo la renuncia de Díaz y Corral, la asunción de De la Barra a la Presidencia, la reparación de daños causados por el conflicto y el cese de hostilidades. El dictador dejó el poder el 25 de mayo de 1911 y seis días después se embarcó en el Ipiranga rumbo a Francia, donde moriría.
Entretanto, Madero tuvo que decidir qué hacer con Navarro, el general derrotado al que Orozco y Villa querían fusilar, y que había combatido en la Guerra de Reforma, en el bando de los Liberales, así como en la lucha contra la intervención francesa. En sus Apuntes para la historia de la Revolución Mexicana, Juan Sánchez Azcona relata lo que hizo Madero, testimonio tomado de las palabras de éste:
“Como supe que algunos soldados, mal aconsejados, trataban de infligir alguna ofensa al general Navarro, lo tomé bajo mi custodia, desde un principio, en mi propia casa; pero como no podía estar siempre a su lado… lo conduje en persona a un lugar apropiado para que pudiera cruzar el río y refugiarse en el lado americano, en donde continúa siendo mi prisionero de guerra, bajo su palabra de honor”.
Nuevamente salió a relucir el espíritu magnánimo de Madero, quien aceptaba el principio de que había que hacer algunas concesiones para lograr un objetivo mayor.
En su manifiesto del 26 de mayo, redactado en Ciudad Juárez, aceptó que no había logrado todo lo exigido en el Plan de San Luis, en el que convocó a la Revolución, pero alegó que “las pérdidas… serán muy inferiores a las que hubiera ocasionado la prolongación de la guerra”. También llamó a los mexicanos a hacer uso de “la nueva arma que habéis conquistado: el voto”, pues “ella os proporciona victorias más importantes y duraderas que el rifle”.
Epílogo
México está cumpliendo un siglo de haber salido de su última dictadura, pero aún está intentando ser plenamente democrático. A pesar de algunos éxitos importantes en la obtención de este objetivo, cabe preguntarnos si los mexicanos somos realmente demócratas o estamos dispuestos a serlo.
¿Creemos que quienes no piensan como nosotros tienen pleno derecho de expresarse? ¿Buscamos convencer con razones o por la fuerza? ¿Nos preocupamos por saber qué lleva a otros discrepar de nuestras opiniones? ¿Pensamos que los argumentos del otro en muchas ocasiones pueden enriquecer nuestro punto de vista? ¿Reconocemos cuando nuestra posición es minoritaria? ¿Somos magnánimos en la victoria? ¿Entendemos que la vida en una sociedad democrática implica una participación activa, informada y continua en los asuntos de nuestra comunidad? ¿Comprendemos que la negociación siempre es necesaria y que ésta implica ceder? ¿Procuramos el bien superior del país y buscamos logros de largo plazo aun por encima de nuestras visiones particulares?