La marea negra
Hace un año todo era incertidumbre. De forma similar a lo que ocurre en estos días con la planta nuclear.

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Esta semana se cumplió el primer aniversario de una de las más grandes tragedias ecológicas en los últimos tiempos: el mayor derrame de petróleo de la historia, en la plataforma Deepwater Horizon de la compañía inglesa British Petroleum. Se derramaron aproximadamente cuatro millones 900 mil barriles de petróleo crudo, y el impacto al medio ambiente fue brutal. Miles de animales murieron, y el ecosistema entero fue afectado al romperse las cadenas alimenticias.
Hace un año todo era incertidumbre. De forma similar a lo que ocurre en estos días con la planta nuclear, no se sabía, a ciencia cierta, cómo terminar con el derrame. Primero trataron de cerrar las válvulas con robots; luego intentaron colocar un domo, y posteriormente inyectar cemento. Todo falló. Eventualmente lograron controlarlo y cerrarlo definitivamente.
Sin embargo, mientras la gran tragedia se desarrollaba a tan solo unos kilómetros de nuestras playas, en México nuestras prioridades eran otras muy distintas. Seguíamos con atención todo lo relativo al caso Paulette, el embarazo de Paulina Rubio y, como siempre, la nota roja trasladada a las portadas de los diarios. Pero de la mancha negra que crecía por instantes y se aproximaba a nuestras costas, nadie se ocupaba. Nadie. No había planes de contingencia, no se había medido el impacto del derrame en nuestra economía, no se habían tomado medidas para controlarlo. Nada, en absoluto. Nos dedicamos a voltear hacia otro lado, hacia nosotros mismos, hacia nuestras propias miserias, aún cuando sabíamos que el peligro estaba por llegarnos.
Hoy, a un año de distancia, otros peligros nos acechan mientras de nuevo nos ocupamos de otras cosas. La gran tragedia humanitaria del norte del país es otra marea negra que está amenazando, y corroyendo, nuestra sociedad. Los muertos se acumulan, diariamente, en un macabro contador en el que las personas se han convertido, simplemente, en números. Números sin identidad ni pasado, números que no son reclamados por nadie. Muertos simplemente, caídos en circunstancias que aparentemente nadie es capaz de explicar. Ni las autoridades, ni los empresarios de los autobuses, ni los vecinos de San Fernando. Esta es la mayor tragedia de la guerra contra el crimen organizado: dejamos de ver a las personas para ver solamente los números que se acumulan cada semana. Dejamos de darnos cuenta de la gravedad, de la deshumanización, del atentado al concepto de persona que estamos transmitiendo irresponsablemente a las siguientes generaciones. Nos hemos convertido en un país en el que la vida del otro no tiene importancia, en una nación de depredadores.
El mayor problema viene cuando la desafección, la despersonalización, alcanza otros niveles. Hace un año, mientras avanzaba la mancha de petróleo, otra de las trivialidades que ocupaba nuestra mente era el Mundial de Futbol en Sudáfrica, y la presencia de México en el partido inaugural. El presidente Calderón planteó su presencia en ese primer partido como algo estratégico, necesario, importantísimo para la vida nacional, e hizo un viaje de muchas horas para estar ahí, para echar porras a la selección mientras en el Golfo de México la marea avanzaba, contundente, llena de muerte.
Ahora, cuando las mareas que nos acechan son incluso más graves, el Presidente plantea otro viaje que requiere de su presencia, estratégica, necesaria, importantísima para todos los mexicanos: la beatificación de Juan Pablo II. En el Mundial, al menos, nos habían puesto en la página de internet de la presidencia una encuesta en la que supuestamente podríamos decidir, en una especie de democracia a mano alzada, sobre la pertinencia de su viaje. Nos dijeron que el sí al viaje ganó por goliza. Pero ahora, ahora ni siquiera alcanzamos encuesta. Con el país como está, qué tal que decimos que no.
*Analista político
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