Pasado futuro

Lentamente, a tropezones, sediento bajo el sol, México avanzó por el camino que se creía llevaba a la democracia

Gilberto Rincón Gallardo, el único presidente del —a mi parecer— último partido de izquierda en México, el Mexicano Socialista (PMS) —en el que militaron Alejandro Encinas, Jesús Zambrano y Jesús Ortega, pero no Andrés Manuel López Obrador ni Marcelo Ebrard, por citar de uno y de otro lados a los que hoy ocupan primeras planas de los periódicos—  decía que para llegar en este país a un sistema democrático había que remontar la cultura del autoritarismo y la corrupción que impuso el PRI a lo largo de 71 años de dominio político absoluto.

En plática reporteril similar, como ya se ha escrito en este espacio, el entonces candidato panista a la gubernatura de Sinaloa, Manuel J. Clouthier El Maquío, decía algo así como “no mi amigo; mire, esto de la democracia no es quítate tú para ponerme yo. No, así no es”. Carlos Castillo Peraza, en su calidad de líder nacional del PAN, proclamó que su partido ya había conseguido “una victoria cultural” en la lucha política mexicana, al lograr imponer entre la mayoría de los ciudadanos la idea de la necesidad de la democracia.

Esas eran voces en momentos en los que la transición a la democracia en México seguía siendo un sueño, aunque ciertamente ya hubiera algunas señales que anunciaban un futuro mejor.  Lentamente, a tropezones, sediento bajo el sol, México avanzó por el camino que se creía llevaba a la democracia… hasta hace una semana. Y todo por una gubernatura, la del Estado de México, que se ha convertido como la única puerta para llegar a la Presidencia de la República en 2012.

El domingo 27 de marzo, el nuevo PRI demostró ser tan viejo como siempre y como en los mejores tiempos de su autoritarismo designó mediante el método de “la unidad” a su precandidato oficial a la gubernatura del Estado de México.

Ese mismo día, el PAN y el PRD efectuaron una consulta para decidir un probable alianza para la elección de julio próximo y el 78% de cerca de 250 mil votantes dijeron que sí, pero no ocurrirá así: el lunes, los “votos” de López Obrador y Ebrard decidieron que el candidato “de la izquierda” (incluido el PRD) será Encinas, en un remedo de “dedazo” del que no pudo escapar la dirigencia nacional perredista; el martes, el dirigente nacional del PAN, Gustavo Madero, anunció que José Luis Durán Reveles y Ulises Ramírez, “decidieron” declinar en sus precandidaturas en aras de una candidatura “de unidad” en favor de Luis Felipe Bravo Mena, en un acto a la más absoluta usanza priista, en que los declinantes aludidos optaron por no hablar y cumplir con su papel de levantar los brazos del designado. Mi compañera Fabiola Guarneros, subdirectora editorial de Excélsior, hizo notar tanto en la Redacción como en las redes sociales Twitter y Facebook la similitud de las fotografías de los tres actos celebrados en diferentes días y en diferentes lugares y que fueron publicadas en este periódico.

Bastaron tres días para que la realidad demostrara que la cultura política del autoritarismo,  que da sustento a la corrupción y que con sus 71 años en el poder invadió todos los ámbitos de la vida nacional, desde que todo mexicano nace hasta que muere, está tan viva como siempre, que no ha sido derrotada, que no hay victoria cultural de la democracia, que no es quítate tú para ponerme yo.

No, no la puede haber, mientras los políticos y sus partidos sigan viendo a los ciudadanos como simples objetos de acarreo a las urnas y, fundamentalmente, si los ciudadanos quieran seguir siéndolo. Lástima grande.  En esos tres días, el país retrocedió —seamos generosos— unos 25 años de un manera tan sencilla como el cambio de horario que ocurrió la madrugada de este día.

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