El escalofriante asesinato de 'Chinta' Aznar

Un barrendero de la zona notó que la señora Aznar llevaba semanas sin salir de su casa de dónde provenía un hedor indescriptible; dio aviso a la policía

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Fotografía en blanco y negro que muestra a una multitud reunida frente al número 17 de la avenida Insurgentes en la Ciudad de México, lugar donde fue encontrado el cuerpo de Jacinta Aznar González Gutiérrez en 1932. La imagen capta la atención pública que generó el feminicidio y el momento en que el asesino reconstruyó el crimen frente a reporteros y autoridades
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Fotografía en blanco y negro del cuerpo sin vida de Alberto Gallegos Sánchez, asesino confeso de Jacinta Aznar, tras ser abatido por aplicación de la “ley fuga” durante su traslado a las Islas Marías; la imagen muestra su rostro de perfil en una escena de velorio o autopsia, acompañado de flores
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Fotografía en blanco y negro que muestra una audiencia judicial en la que se encuentra Alberto Gallegos Sánchez, asesino confeso de Jacinta Aznar, señalado con una “X” en su vestimenta; aparece frente a una reja de celda mientras habla con funcionarios y abogados rodeado de espectadores, en una escena cargada de tensión y expectación mediática
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Fotografía en blanco y negro que muestra el cuerpo sin vida de Alberto Gallegos Sánchez, asesino confeso de Jacinta Aznar, tendido en el suelo y cubierto parcialmente con una manta, mientras es observado por un grupo de hombres que incluye funcionarios y civiles; esta escena corresponde a su ejecución por “ley fuga” durante su traslado a las Islas Marías en 1933
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Fotografía en blanco y negro del interior de la residencia ubicada en Insurgentes 17, Ciudad de México, donde fue encontrado el cuerpo de Jacinta Aznar; la imagen muestra a funcionarios inspeccionando una habitación desordenada, con papeles en el suelo y muebles antiguos, parte de la investigación tras el feminicidio ocurrido en 1932
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… aquel cuerpo, que debía estar inanimado, se movía, se movía…”, así describió Excélsior el impactante hallazgo del cuerpo de la señora Jacinta Aznar González Gutiérrez, que yacía en avanzado estado de descomposición al interior de su domicilio.

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Fotografía en sepia de Jacinta Aznar González, mujer yucateca de clase alta, retratada en un estudio fotográfico con vestimenta elegante y joyas, antes de su trágica muerte en 1932; esta imagen fue utilizada por los periódicos de la época para ilustrar su historia y personalidad

Retrato de Jacinta Aznar, víctima del feminicidio que conmocionó a México en 1932

El inenarrable crimen fue descubierto el 23 de febrero de 1932, policías acudieron al domicilio ubicado en la avenida Insurgentes, número 17, en la Ciudad de México, luego de que un nauseabundo olor alertó a vecinos y transeúntes.

Un barrendero de la zona notó que la señora Aznar llevaba semanas sin salir de su casa de dónde provenía un hedor indescriptible. Dio aviso a la policía luego de haber tocado la puerta de la referida mujer en repetidas ocasiones durante varios días sin haber recibido respuesta. 

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Portada del diario Excélsior del miércoles 24 de febrero de 1932, que documenta con imágenes impactantes el hallazgo del cuerpo de Jacinta Aznar González Gutiérrez en su casa de Insurgentes 17, Ciudad de México; incluye fotos del lugar del crimen, retratos de implicados, y una reconstrucción preliminar de los hechos en una presentación visual que marcó un hito en el periodismo policial mexicano

Portada de Excélsior del 24 de febrero de 1932, día en que se revelaron detalles del hallazgo del cuerpo de Jacinta Aznar

La crónica del horror

Un foco que permanecía encendido al interior llamó la atención del trabajador de limpia, de quien no se reveló su identidad. Agentes de la policía y el reportero de Excélsior, Leopoldo Toquero, ingresaron a la fuerza a la residencia de donde provenía un zumbido casi ensordecedor que causó extrañeza entre el grupo de hombres que caminaba con cautela entre los pasillos.

Las sospechas comenzaron a tomar un tinte de realidad cuando aquel molesto sonido se apoderó del espacio conforme subían la escalinata que daba a uno de los vestíbulos de la propiedad. “Era un rumor extraño, una especie de zumbido monstruoso”, describió Leopoldo en su narración. 

Siguieron avanzando, despacio, el corazón les latía con mayor fuerza a cada paso; llegaron hasta un vestíbulo donde la penumbra se imponía, el hedor se intensificó hasta el grado de ser casi insoportable. Ahí, junto a un piano, yacía lo que parecía ser un bulto envuelto entre cobijas. El zumbido no cesó.

Uno de los agentes destapó, no por completo, una de las cobijas que cubría aquella masa deforme, cuando de repente, volaron cientos de moscas que provenían del ominoso bulto inerte, lo que hizo salir corriendo a los osados investigadores. Apresurados y temerosos, se replegaron sin saber qué era con certeza lo que había ocurrido.

Momentos después, se vieron obligados a volver, esta vez protegiéndose la nariz y la boca con pañuelos que les permitiera soportar el escabroso ambiente provocado por las moscas y el fuerte olor. Luego de que descubrieran en su totalidad las cobijas, se sorprendieron al ver el cuerpo de “Chinta” Aznar en avanzado estado de descomposición.

Y aquí viene lo horrendo, lo macabro, lo que hace crispar los nervios y poner los cabellos de punta; aquel cuerpo, que debía estar inanimado, se movía, se movía… eran miles y miles de gusanos que en grandes caravanas entraban y salían por multitud de oquedades que había en aquel cadáver que se hallaba en completo estado de descomposición, y… lo más horrible, fue que habían ya desaparecido todas las facciones de la muerta y solo existía allí una calavera”, detalló Toquero en su nota.

Según las estimaciones publicadas por El periódico de la Vida Nacional, el cuerpo podía haber llevado un mes en el sitio sin que nadie lo hubiera notado antes, a esa conclusión llegaron los redactores de este diario luego de haber encontrado en la entrada los periódicos del 22 de enero intactos, sin que hayan sido reclamados.

Durante más de un mes, como hemos dicho antes, la casa número 17 de la avenida de los Insurgentes, guardó con fidelidad su fúnebre secreto”, puede leerse en las páginas de Excélsior que dio una amplia cobertura del caso. 

Dudas, muchas dudas

Jacinta Aznar González Gutiérrez, de entre 45 y 50 años de edad, una mujer de alto poder adquisitivo originaria del estado de Yucatán. Era llamada de cariño “Chinta”, vivía sola, según se informó en páginas de esta casa editorial, no contaba con ayudantes o amo de llaves.

Al principio, surgieron diversas especulaciones sobre lo que le pudo haber ocurrido a Jacinta Aznar en su casa de Insurgentes. Las sospechas apuntaban a un posible robo, debido al desorden hallado en la casa al momento de las inspecciones policiales de rutina. 

Mientras las averiguaciones avanzaban, los funerales de “Chinta” Aznar se llevaron a cabo el 24 de febrero, es decir, tan solo un día después de haber sido descubiertos sus restos, mismos que fueron depositados en el panteón español de la capital del país.

Excélsior se involucró en las investigaciones del suceso, indagó alrededor de la vida de la propia Jacinta, incluso ofreció una recompensa de 1000 pesos de la época a quien diera con el responsable del escandaloso feminicidio.

Algunos testimonios afirmaban que Aznar había perdido buena parte de su fortuna en viajes a Europa y otros excéntricos destinos que la originaria de Yucatán había realizado durante los últimos años, lo que le había acarreado la necesidad de poner a la venta su casa y un vehículo.

Personas cercanas a “Chinta”, mencionaron que, a pesar de manejar los asuntos de su vida en privado, se sabía que llegó a sostener relaciones sentimentales con personajes de la vida pública nacional y del extranjero, en su mayoría políticos y diplomáticos. Sin embargo, en contraparte, solía acudir sola a fiestas, así como a otras reuniones de carácter personal.

A pesar de la información que circulaba sobre las costumbres de la mujer yucateca, el lujo y la excentricidad siempre estuvo presente en el día a día de la desdichada Aznar. También se hablaba de un gran número de pretendientes con que contaba, lo que la hacía sufrir hostigamiento y acoso en diferentes momentos.

Lectora asidua del periódico

Por otro lado, se dieron a conocer algunas cartas de su archivo personal, en las que se descubrió que mantenía correspondencia con un reportero de la sección de Sociales, de Excélsior, a quien en repetidas ocasiones contactó para invitarlo a cubrir eventos privados organizados por ella o en los que participaba activamente. 

En otra carta dirigida al mismo reportero a quien se dirigía como “estimado amigo”, Jacinta le pidió ayuda para que los ejemplares de Excélsior siguieran llegando a su domicilio mientras ella se encontraba en un viaje por Europa. La carta enviada desde Nueva York, en tono amistoso, hace la peculiar solicitud en la que deja ver su preferencia por leer las páginas del Periódico de la Vida Nacional.

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Portada original del diario Excélsior publicada el 26 de febrero de 1932, con el encabezado “¿Regresó a la casa del crimen el victimario de la señorita Aznar?”, en la que se muestra una serie de fotografías tomadas dentro del domicilio donde fue hallado el cuerpo en descomposición de Jacinta Aznar González Gutiérrez; destaca también la oferta de mil pesos como recompensa para resolver el caso

Portada del periódico Excélsior del 26 de febrero de 1932 sobre el crimen de Jacinta Aznar

¡Cayó el responsable!

Tres días después de haber descubierto el cuerpo en la escena del crimen, fue detenido por agentes de la policía capitalina, el principal sospechoso del asesinato, un fotógrafo de nombre Alberto Gallegos Sánchez. Con 30 años de edad, se desempeñaba como agente de retratos amplificados, es decir, retocaba, delineaba y daba color a fotografías de gran formato.

La detención se logró luego de que, durante las indagatorias, se encontró dentro de las pertenencias de “Chinta”, un recibo por 19 pesos firmado por Gallegos, fechado el 21 de enero. Lo que le dio pistas contundentes al caso. Además, el encargado de una tintorería ubicada frente a la casa de la opulenta dama, identificó al referido Gallegos como una de las últimas personas en haber ingresado al domicilio de Insurgentes 17.

Finalmente, ya recluido, se llevó a cabo una reconstrucción de los hechos directamente en el vestíbulo donde se encontró el cadáver de Jacinta, el feminicida representó paso a pasó cómo le quitó la vida a su víctima. Una multitud se congregó afuera del número 17 de Insurgentes, la casa más famosa del momento, donde curiosos no dejaban de acercarse para no perderse detalles de la recreación del asesinato que paralizó a la sociedad. 

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Portada del diario Excélsior publicada el 25 de febrero de 1932 donde se detallan avances en el caso del asesinato de Jacinta Aznar González, incluyendo una nota sobre su funeral, especulaciones sobre el móvil del crimen, y un análisis del carácter de la víctima; también se menciona otro crimen ocurrido en la misma zona, aumentando el misterio del caso

En la versión de los hechos relatada por el propio Gallegos en una carta dirigida al director de la policía capitalina, acepta su culpabilidad y señala que mató a Aznar por miedo. En la misiva que sirvió como confesión, el criminal confesó haber robado objetos de valor de la casa de la mujer yucateca.

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Fotografía en blanco y negro de Alberto Gallegos Sánchez, asesino confeso de Jacinta Aznar, mientras escribe a máquina una carta en la cárcel; la imagen lo muestra concentrado, en actitud reflexiva, redactando la confesión en la que relata los motivos y el desarrollo del crimen que escandalizó a México en 1932

Alberto Gallegos en prisión, escribiendo a máquina la carta en que confiesa el feminicidio

Asesino al acecho…

De acuerdo con su narración escrita de puño y letra del fotógrafo asesino, refirió haber conocido a “Chinta” en el Palacio Postal de la Ciudad de México donde exhibía su trabajo como iluminador de retratos. Aznar se interesó por algunos materiales del artista, por lo que, contrató sus servicios para intervenir tres obras que guardaba en su casa.

El fotógrafo se presentó en el domicilio, tocó la puerta varias veces, nadie salió y este se retiró para volver más tarde. En su segundo intento, según narra en su texto, “Chinta” se asomó por la ventana para después bajar a recibirlo en la puerta principal.

Una vez dentro, subieron a una habitación donde ella resguardaba los retratos, en ese momento, alguien más llamó a la puerta, mientras la mujer yucateca bajó a atender, Gallegos se quedó solo y aprovechó para tomar objetos de valor que se encontraban a la vista. De repente, Aznar regresó y logró observar que faltaban algunas joyas: recriminó a su visitante y amenazó con entregarlo a la policía.

Antes de que ella se acercara a la entrada principal gritando auxilio, el fotógrafo la alcanzó tapándole la boca. Manotearon. Cayeron al piso. En el forcejeo la dama originaria de Yucatán se golpeó fuertemente en la cabeza contra un piano que se encontraba en el lugar. 

Mientras tanto, continuó la lucha de fuerza. En la desesperación del momento, Gallegos tomó un rodillo de madera que encontró cerca para propinarle sendos golpes en la cara y en la cabeza. Jacinta dejó de gritar, un profundo silencio reinó en aquel vestíbulo. Ahí estaba el fotógrafo que solo iba a hacer una visita de trabajo, frente a su clienta inerte que él mismo había prácticamente molido a golpes.

Después de un rato, algo de serenidad vino a mí y vi lleno de espanto y horror a mi víctima, que ya sin vida, estaba tendida a mis pies”, narró el criminal en su carta.

Luego tomó un recipiente con agua para tratar de borrar las huellas del crimen y lavar sus manos que habían quedado bañadas en sangre, para después tapar el cuerpo de Aznar con cobijas, guardar el rodillo entre sus ropas y salir huyendo de la casa.

Lo anterior se agregó a los resultados de la recreación de los hechos, con lo que se determinó la culpabilidad de Alberto Gallegos. Sin embargo, al haber existido diferentes versiones de lo ocurrido, nunca se validó una versión como oficial.

Fin del caso

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Fotografía en blanco y negro de Alberto Gallegos Sánchez, asesino confeso de Jacinta Aznar, visto en primer plano mientras sostiene los barrotes de una celda con ambas manos; su rostro luce serio y pensativo, en una imagen tomada durante su reclusión previa al juicio por feminicidio

Alberto Gallegos, tras las rejas, en espera de juicio por el feminicidio de Jacinta Aznar

El feminicida de Jacinta Aznar, estuvo recluido en la cárcel de Belén a lo largo de más de un año, donde se dedicó a dar clases de inglés a sus compañeros de prisión. Finalmente, a finales de agosto de 1933, se anunció su traslado a las Islas Marías, donde terminaría de purgar su condena.

Durante el trayecto, en la estación de Teoloyucan en el Estado de México, se le aplicó la ley fuga: recibió dos disparos en un supuesto “intento de huida”. De ese modo, se puso fin al caso Aznar, un feminicidio que escandalizó a la opinión pública de principios de la década de 1930.

¿Conocías este crimen que marcó un antes y un después en el periodismo mexicano?

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N. de la R. El feminicidio de Jacinta Aznar González Gutiérrez, documentado con crudeza por Excélsior en 1932, se convirtió en uno de los casos criminales más impactantes de la primera mitad del siglo XX en México. Aunque hoy podría parecer un episodio relegado a la historia policial del país, su cobertura marcó un hito por el nivel de detalle periodístico y por la interacción directa del periódico con las investigaciones. Para entender mejor el contexto y las implicaciones del caso, conviene subrayar varios aspectos relevantes:

Valor económico de la recompensa: La recompensa de 1,000 pesos ofrecida por Excélsior equivalía, aproximadamente, a más de 10,000 pesos actuales si se considera la inflación y el cambio en el poder adquisitivo (cálculo estimado con base en datos del INEGI y el Banco de México). Esta acción subraya la inusitada implicación del periódico en la resolución del crimen.

Relevancia de la ubicación del crimen: La casa ubicada en el número 17 de la avenida de los Insurgentes se encontraba en una zona en proceso de consolidación como corredor urbano de clase alta. En ese momento, Insurgentes aún no era la arteria icónica que sería más adelante, pero ya era conocida por albergar residencias de familias acomodadas. Esto ayudó a dimensionar el escándalo que generó el hallazgo del cuerpo en ese contexto social.

La cárcel de Belén y el traslado a Islas Marías: Alberto Gallegos fue inicialmente recluido en la Penitenciaría de Belén, uno de los centros penitenciarios más antiguos del país, clausurado en 1934. Su posterior traslado a las Islas Marías —entonces una colonia penal federal en el Océano Pacífico— respondía a políticas de aislamiento para reos considerados peligrosos. La aplicación de la “ley fuga” durante el trayecto hacia su reclusión definitiva fue una práctica común en el México posrevolucionario, usada para ejecutar extrajudicialmente a detenidos con delitos graves sin agotar los procesos judiciales completos.

Feminicidio en contexto histórico: Aunque el término "feminicidio" no era utilizado en la época, el asesinato de Jacinta Aznar cumple con las características del concepto moderno: un crimen contra una mujer, motivado por condiciones de vulnerabilidad estructural y violencia de género. Este caso puede considerarse un antecedente temprano del fenómeno que décadas más tarde sería formalizado en el marco jurídico mexicano (la tipificación de feminicidio en el Código Penal Federal ocurrió hasta 2012).

El papel de Excélsior en la narrativa pública: La participación activa del reportero Leopoldo Toquero y la posterior publicación de detalles gráficos y emocionales, además de la oferta de recompensa, reflejan una etapa del periodismo mexicano en la que los medios de comunicación comenzaban a jugar un papel protagónico no solo en la difusión de la noticia, sino también en la movilización de la opinión pública y la presión sobre las autoridades para la resolución de crímenes.