Excélsior, un puente hacia el futuro; en camino al primer siglo de historia
El Periódico de la Vida Nacional cumple hoy 99 años de ser testigo de los hechos que cambian al mundo y de conectar al lector con su realidad
CIUDAD DE MÉXICO.
Con este ejemplar que tiene usted en las manos, Excélsior cumple hoy 99 años de ser El Periódico de la Vida Nacional.
Comienza, a partir de ahora, una reflexión de esta casa editorial para compartir con sus lectores y que continuará hasta que el próximo año este diario cumpla su primer siglo de existencia.
En el cintillo colocado abajo del cabezal del primer número de Excélsior aparece la leyenda “Año I”. Por esa razón, el número de hoy consigna que comienza a transcurrir el año 100 de publicación, representado por el número romano C.
Justo esa letra C es parte del nombre de nuestro diario, y hoy aparece resaltada en la portada. Es también la inicial del Centenario próximo a cumplirse.
Pero esa C también simboliza el Compromiso que este diario adquirió desde el primer día con los mexicanos de proveerlos de la información que registrara el diario transcurrir de la historia, en un México que iba emergiendo de la Revolución Mexicana y que apenas unas semanas antes había consolidado una Constitución Política.
Acompañante de la evolución de una sociedad que tuvo que vivir el trauma de una guerra civil para poder aspirar a coexistir en democracia, Excélsior sigue vivo gracias a que durante este siglo eligió la comunicación con los Ciudadanos, y la C funge de nuevo como clara señal de a quiénes servimos quienes tenemos el honor de continuar este legado.
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El periódico fechado el domingo 18 de marzo de 1917 dice en su encabezado principal “Vientos republicanos soplan sobre el Imperio Moscovita”, referente a la abdicación del zar ruso Nicolás II, acontecimiento que marcó el fin del imperio de los Romanoff y que daría paso a la revolución bolchevique que pretendió poner en práctica las ideas de Karl Marx, intento a la postre fallido para los fines que pretendía, pero que durante décadas dividió al mundo entre quienes creyeron que el socialismo sería el destino luminoso de los pueblos y quienes lo vieron sólo como una modalidad de régimen autoritario, quizá no tan distinta del zarismo al que aniquilaron.
El haber registrado este hecho fundacional marcó de por vida al periódico: lo acreditó como testigo de la historia mundial y de la posición de nuestro país frente a la convulsión de aquellos días.
“México continuará laborando en favor de la paz europea”, dice el titular de una pequeña nota encerrada en un recuadro al lado de la información principal. Haber consignado el papel de nuestra nación en el contexto del acontecer mundial fue el hito que moldeó a Excélsior desde su arranque. Su lector, desde entonces, supo que ahí encontraría los datos y el contexto de la información relevante para su vida y para la del país en su conjunto.
Pero aquel primer ejemplar no sólo estaba destinado a consignar la Historia (así, con mayúscula inicial). Un artículo pequeño en una de sus páginas interiores revela que Excélsior también tenía entre sus vocaciones la visión retrospectiva. Curiosamente, mirando hacia un siglo atrás.
Titulada “Lo que pasó hace 100 años”, la nota inicia con este párrafo: “Se terminó por completo la construcción del puente que comunica a esta ciudad con el Santuario de Nuestra Señora de la Piedad. Ya pueden transitar los coches, y es de esperarse que los fieles concurran a los solemnes sábados que en honra de dicha Señora se celebran. Es de esperarse, igualmente, que con esta facilidad la concurrencia, que en los sábados anteriores ha sido muy escasa, originado a causa tal vez de estar cortado el camino”.
Construido en el siglo XVII, en lo que entonces era el pueblo indígena de Ahuehuetla —hoy colonia Narvarte—, ese templo llegó a competir en devoción con la Basílica de Guadalupe, hasta que la fe mariana se fue decantando por ésta. El Santuario de La Piedad terminó destruido por la Guerra de Reforma y en su lugar se levantó, en 1945, una iglesia con el mismo nombre, en la esquina de Obrero Mundial y Enrique Rébsamen.
Y aunque las efemérides continúan con la narración de la toma del fuerte de San Miguel por parte de las fuerzas realistas, en plena Guerra de Independencia, el párrafo anterior documenta que, con la mirada puesta en lo que ocurrió cien años antes, Excélsior nació también con la visión de registrar la vida cotidiana, el dato que en apariencia resultaría insignificante al lado de los acontecimientos que cambian la historia, pero que resultan relevantes para las comunidades que buscan en un diario la información que les sirva para tomar decisiones todos los días.
En efecto, aquel primer ejemplar también publicó anuncios de los encuentros deportivos a celebrarse en el día, así como una página que daba cuenta del estado de las actividades económicas.
Ninguna de estas informaciones fue de una relevancia tal como para quedar inmortalizada en los libros de historia, como la nota del zar. Son anécdotas que, en el mejor de los casos, resuelven la muy humana curiosidad de saber cómo era la vida en aquel entonces, tan significativas como las que un siglo antes daban cuenta de una comunidad que se benefició de la construcción de un puente que le permitiera asistir a sus celebraciones religiosas.
Este primer ejemplar nos recuerda lo que Excélsior no ha dejado de ser: un corpus organizado para ofrecer al lector una síntesis del mundo, no en su totalidad, sino del que importa: el de las políticas públicas que inciden en la vida de millones de personas; el de los actores prominentes que con sus dichos y hechos cambian el curso de naciones enteras; el del dolor provocado por la incapacidad del género humano para resolver sus conflictos y aquel causado por las fuerzas irrefrenables de la naturaleza y los accidentes imprevisibles. Y también, por supuesto, el de los héroes que brindan alegría a millones con hazañas épicas en el deporte, el arte y el entretenimiento.
Hoy más que nunca, es pertinente refrendar la vigencia de esta función, justo en los días que otras plataformas parecieran haber desplazado a la prensa escrita de su función de relatar al mundo.
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En la última década he tenido el privilegio de formar parte del equipo que ha tenido en sus manos la operación del periódico desde que fue adquirido el 23 de enero de 2006 por Grupo Empresarial Ángeles, encabezado por don Olegario Vázquez Raña y Olegario Vázquez Aldir.
Gracias a esta decisión, Excélsior se salvó de la desaparición que lo amenazaba. Pero no sólo eso: vivió un relanzamiento en el escenario de una fuerte competencia, en la que ha participado con dignidad y en el que, indiscutiblemente, recuperó su lugar como referencia informativa.
En esta tarea ha sido fundamental ser parte de Grupo Imagen Multimedia, que dirige Ernesto Rivera Aguilar, para nutrir y a la vez nutrirse de la riqueza que le han aportado la radio, la televisión y el internet, una experiencia de colaboración en la que ha acreditado con creces su liderazgo.
Consolidar la misión es tarea del grupo de profesionales que día a día contribuyen a la manufactura del periódico. No será fácil, sobre todo porque en estos diez años, el escenario para los medios en general cambió dramáticamente y alteró, sobre todo, la forma como el público consume la información.
Hace una década, cuando llegué a Excélsior, ya existía el término smartphone (o teléfono inteligente), pero la enorme mayoría de los usuarios de celulares no poseía uno. La experiencia de la comunicación móvil cambió drásticamente con la aparición del primer modelo de iPhone, en 2007.
Esa es una pequeña muestra de cómo se ha transformado el entorno de los medios en diez años. Una industria integrada por mujeres y hombres supuestamente dotados para olfatear el porvenir no se dio cuenta, en 1995, que estaba a punto de ser arrollada por el surgimiento del internet comercial. Y, luego, cuando apenas se recuperaba del golpe, ha sido puesta nuevamente de cabeza por la aparición de dispositivos móviles, que se han llevado a los lectores de la web a los teléfonos inteligentes.
Se trata de una tendencia irreversible, a la que el periódico debe responder con la gallardía y la inteligencia que siempre lo han distinguido.
El 21 de marzo de 2006 participé en la confección del nuevo Excélsior que saldría al día siguiente, con un diseño y una oferta informativa que tenían el doble objetivo de retener a los lectores tradicionales y capturar a nuevos.
Coincidentemente, ese mismo día, en Estados Unidos nació Twitter, una plataforma tecnológica devenida en herramienta de comunicación que conecta a millones. Su influencia cambió para siempre la dinámica mediática, al convertir a cada uno de sus usuarios en potencial fuente informativa, y porque fue el altavoz para expresar su opinión y hablar al tú por tú con los personajes públicos y, desde luego, con los profesionales de la información.
Transcurrida una década, es innegable que las redes sociales y la comunicación móvil son los canales donde circulan las noticias relevantes para el lector común: no sólo las que difunden los medios masivos con presencia en internet, sino las que generan las actualizaciones de sus amigos, familiares y conocidos.
Pero no sólo eso: los también llamados “medios sociales” forman audiencias críticas, que manifiestan al instante su acuerdo e inconformidad con la información que reciben. Éstas, en muchos casos reaccionan con virulencia frente a enfoques que no coinciden con su cosmovisión, pero en otros –por fortuna– quieren contribuir genuinamente a un debate cuya finalidad es mejorar la vida propia y, por consiguiente, la de todos.
Aunque en el curso de estos diez años han sido habituales en estas redes los cuestionamientos a la autoridad de los llamados “medios tradicionales”, lo cierto es que éstos siguen siendo los más consultados por quienes buscan información fiable y no meras especulaciones que coincidan con su forma de ver la vida.
Si bien han cobrado relieve figuras novedosas como la del “periodista ciudadano”, que da a conocer sus propias noticias gracias al poder que le da un teléfono inteligente y una conexión a internet, hoy más que nunca se ha refrendado la necesidad de que la sociedad cuente con profesionales capacitados y acreditados para investigar la información rigurosamente y presentarla con igual solvencia. Y una marca que los respalde.
En todo caso, hay que dar la bienvenida a estas figuras emergidas de la sociedad como una saludable forma de renovar un oficio y no como una competencia o sustituto.
Pero quizás el reto más fuerte para el periodismo como aún lo seguimos concibiendo es no caer en la moda de la trivialidad, cuyo auge también es consecuencia del avance tecnológico.
El periodismo serio debe resistir la tentación de medir su influencia en el número de clics, en el que lo mismo vale el resultado de una investigación de meses que el video de un gatito cayendo de cabeza, sólo porque se ha extendido viralmente en YouTube.
Quienes hacemos cotidianamente Excélsior estamos conscientes de la magnitud del reto. No disolvernos en lo frívolo y lo circunstancial, sino echar mano de las herramientas del periodismo profesional, seguirán siendo la divisa que marcará nuestro desempeño de cara al centenario.
Sabemos que no hay más alternativa que ser relevantes para los lectores que nos han seguido durante décadas, los que se han incorporado en los años recientes y los que vendrán, convencidos de la calidad de nuestra oferta.
Como el primer Excélsior publicado hace 99 años, la meta es seguir registrando los hechos que cambian al mundo y develar con su propia investigación aquellos que contribuyan a su toma de decisión. Ser así el puente en constante construcción que conecte al lector con su realidad.
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