Pese a planes sociales, sigue la pobreza en el país
A más de dos décadas del inicio de programas federales contra la marginación, persisten historias como la de Ramiro, que sigue recibiendo recursos pero su condición de miseria continúa. Le ofrecemos algunos relatos de diferentes partes del país
CIUDAD DE MÉXICO, 7 de septiembre.- Hace 20 años, en la recta final del gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, Ramiro Flores Jiménez, habitante de Villacomaltitlán, Chiapas, conoció los programas sociales: tenía 16 años cuando su madre recibió apoyos del Programa Solidaridad.
Hoy Ramiro tiene 36 años, está casado y ha procreado cuatro hijos. Cinco presidentes de la República han pasado por Los Pinos y su situación económica no ha variado. Su mujer está inscrita al programa Oportunidades (hoy Prospera), su madre recibe apoyos del programa Amancer del gobierno estatal y su padre es beneficiario del programa 70 y más.
Ramiro es el ejemplo de que los programas nacionales contra la pobreza ayudan a los beneficiarios a sobrellevar su situación, pero pocas veces sirven de resorte para abandonar la marginación, aspirar a mejores niveles educativos y alcanzar buenas oportunidades de capacitación, empleo y bienestar.
Con Salinas de Gortari (1988-1994) fue el Programa Nacional Solidaridad (Pronasol); con Ernesto Zedillo (1994-2000) cambió de nombre y se llamó Programa de Educación, Salud y Alimentación (Progresa); más tarde con Vicente Fox (2000-2006), el esquema se transformó a Programa de Desarrollo Humano Oportunidades, el cual prevaleció durante la gestión de Felipe Calderón (2006-2012). Todos fueron anunciados como los mayores esfuerzos realizados por el gobierno federal para erradicar la marginación.
El pasado martes, al pronunciar su mensaje político con motivo del 2º Informe de Gobierno, el presidente Enrique Peña Nieto anunció que el Oportunidades desaparece para dar paso al programa Prospera, el cual busca romper el círculo de la pobreza, pues tras tres décadas de apoyos contra el rezago, México tiene los mismos pobres.
El programa Oportunidades, que beneficia a 6.1 millones de familias, tiene méritos que han sido reconocidos internacionalmente, “pero sus limitaciones son cada día más evidentes”, dijo el mandatario.
“No obstante que este año se invierten más de 73 mil millones de pesos en él, la proporción de mexicanos en pobreza es prácticamente la misma desde hace tres décadas. Ante esta condición es necesario encontrar nuevas alternativas, más eficaces, contra la pobreza. Por ello, hoy anuncio la transformación del Programa Oportunidades en el programa Prospera”, añadió el mandatario.
Y los números del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) le dan la razón, pues mientras que en 1992 el porcentaje de mexicanos que vivían en pobreza extrema era de 53.1, dos décadas después el porcentaje es de 52.3. Es decir, la pobreza prevalece casi en los mismos términos.
En este contexto, Excélsior recogió experiencias en diversos estados de la República para saber cómo han impactado los diversos instrumentos del gobierno federal para combatir las condiciones de pobreza que vive la mitad de la población. En la mayoría de los casos se pudo comprobar que las familias beneficiarias no salen de la marginación y que ésta se transmite de generación en generación.
Padres a hijos
A la edad de 16 años, Ramiro Flores Jiménez conoció el apoyo gubernamental. Recuerda que era la primera vez que su madre, doña Nieves Jiménez Pérez, lo recibió con el fin de salir adelante; sin embargo, a la fecha nada ha cambiado. Viven en las mismas condiciones.
Hoy Ramiro Flores está casado y cuenta con cuatro hijos; es de oficio triciclero (traslada personas) y gana un salario y medio al día, debido a la competencia en la cabecera municipal de Villacomaltitlán, ubicada en la región del Soconusco de Chiapas.
Comentó que sus padres procrearon cuatro hijos. Él es el mayor. Dos emigraron a Estados Unidos, pero no saben nada de ellos, y uno falleció por una enfermedad mal atendida. Ahora vive en casa de su madre con su esposa y sus hijos.
Mencionó que desde que era adolescente, su madre cocina en fogón y su casa es de adobe y teja. “A la fecha está igual, a pesar de los apoyos gubernamentales, nuestros padres nunca pudieron sacarnos adelante, tampoco remodelar su casa.”
Hoy en día, a sus 36 años, su esposa está inscrita en el programa Oportunidad, su madre en el programa “Amanecer” del gobierno del estado y en el programa “70 y más”, por lo que las ganancias que obtiene en su trabajo de conductor de un triciclo, le sirve para comprar cervezas cada sábado.
Su esposa Mary, a pesar del apoyo gubernamental, trabaja como empleada doméstica en el mismo pueblo, su jornada es de las 6 a las 18 horas. Alcanza un salario mensual de 1,500 pesos que le permite comprar frijoles, huevos, hierbas comestibles y tortillas. En tanto que el salario de Ramiro, aporta sólo para pagar la luz.
Indicó que sólo los días en que su madre y su esposa cobran los apoyos gubernamentales, compran pollo o carne de res para comer diferente. Señaló que sus hijos estudian la primaria en la cabecera Municipal y teme no poder apoyarlos más una vez que concluyan el sexto año.
A pesar de las carencias económicas, sostuvo que es una persona feliz, aunque no viaja fuera del pueblo, cada sábado con sus amigos bebe cerveza y su esposa se encarga de atender a sus hijos y a su madre quien cuenta con más de 80 años de edad.
El único patrimonio que tiene es la vivienda de su madre, que cuando “haga falta yo me voy a quedar a vivir aquí. Mis hermanos no sabemos nada de ellos. Se fueron a Estados Unidos hace como 18 años y nunca supimos, obviamente mi madre los extraña porque se olvidaron de ella, le prometieron construirle su casa pero no lo llevaron a cabo”.
“Ahora nos toca sobrevivir en la pobreza y con el apoyo del gobierno que nos ayuda en la comida”. Añadió que las veces que se le han enfermado sus hijos son atendidos en la clínica del sector salud, donde en algunas ocasiones les regalan medicamentos, sobre todo para evitar parásitos, las vacunas y suero vida oral.
— Con información de
Gaspar Romero, corresponsal
El subsidio, su modo de vida
En la comunidad El Castillo, cerca de la capital del estado, Xalapa, los programas sociales no han sido el detonante en el desarrollo social y urbano. Las condiciones de sus pobladores, si bien no son de pobreza extrema, continúan con necesidades específicas de alimentación, salud y servicios básicos.
El Castillo cuenta con alrededor de ocho mil habitantes que ocupan terrenos ejidales. Los pobladores ya no son nativos porque éstos han emigrado y quienes se han asentado en los últimos años lo han hecho por las necesidades de vivienda y porque es una región rica en agua, que en otras zonas del municipio escasea.
Don Matías Guevara Luna, de 76 años de edad, recordó que en la época del inicio de los programas sociales, a finales de la década de los 80 y principio de los 90, El Castillo era una comunidad agrícola y cafetalera, que comenzó a recibir subsidios para la siembra del aromático. Aún así, el precio del grano cayó estrepitosamente.
Poco a poco, el estímulo para la producción cafetalera disminuyó. El año anterior, don Matías recibía dos mil 533 pesos, pero ahora sólo recibió mil 300 pesos. Su producción es de 10 a 12 toneladas.
El “boom” del café en el siglo anterior permitía que tanto don Matías como los poco más de 500 productores que sembraban el área de El Castillo, lograran la prosperidad de un beneficio comunitario, el cual poco a poco desapareció.
“Se confiaron, comenzaron a recibir el bono y ya no quisieron trabajar el campo”. Ahora sólo quedan diez sembradores.
Poco a poco, la producción cafetalera se perdió y dio paso a la venta de lotes para vivienda. De ser una zona rural, El Castillo se urbanizó y está casi conurbado con la capital Xalapa y sus pobladores en su mayoría trabajan como empleados en la ciudad y no en la siembra, a pesar de los recursos de programas como el Procampo.
Eufrosina Valdés, otra vecina del poblado, recordó que hubo una época en la que recibían subsidio de leche, tortibonos y una despensa por el número de hijos. Su casa sigue siendo de lámina de cartón y madera, ahora recibe el apoyo que la Secretaría de Desarrollo Social ofrece para los adultos mayores y que es de mil 160 pesos de manera bimestral.
Doña Eufrosina contó que el dinero que recibe lo utiliza para comprar medicamentos que no están contemplados dentro del Seguro Popular y para ayudar a su hijo con los gastos de su manutención, porque ya no puede trabajar.
Para Juan Gabriel Hernández Baizabal, la falta de desarrollo integral de los pobladores obedece a su falta de cooperación y a que algunos de los beneficiarios no deberían serlo para así dar oportunidad a quienes verdaderamente lo necesitan.
Indicó que su comunidad en su mayoría es beneficiaria del programa Oportunidades, pero que este apoyo sólo ha servido para mantener el mismo nivel de pobreza y no como un apoyo de crecimiento económico.
El Castillo está contemplado dentro de la Cruzada Nacional contra el Hambre con dos comedores comunitarios que dan alimento a alrededor de 200 personas. El funcionario prevé que la necesidad es tal, porque el apoyo se extiende hacia otras comunidades, que para el año próximo podrían colocar otros dos comedores.
“Lo que le faltaría es hacer un ajuste a los programas es estar igual involucrando a la familia y estarles exigiendo, porque solamente les dura el dinero, pero no se ve en qué lo gastan. Si el padre aportaba 50 pesos, ahora sólo aporta 20 o 10”.
La idea entonces es que se convoque a hacer conciencia y que si la ayuda es para de-sahogar un poco su economía, ese dinero que de algún modo les “sobra”, lo utilicen en otras necesidades de comida, ropa o mejoramiento de vivienda.
“El principal error de México es el abuso y que no somos sinceros (...) hay personas que no necesitan el programa y aún así lo tienen. Por más que se ha manejado en ese sentido que estemos cuidando el padrón y estemos pendientes de las afiliaciones, nos limitan por los posibles tintes partidistas que este manejo pudiera tomar, pero es necesario estar más involucrados como autoridades inmediatas para comprobar quiénes en verdad lo necesitan”.
En este sentido, sugirió a Sedesol una vigilancia y un
reajuste en las reglas de compromiso entre la dependencia y los beneficiarios, así como vigilar más de cerca quiénes genuinamente necesitan el apoyo.
— Lourdes López
Un crédito federal da sentido a su vida
Tras perder el brazo derecho en un accidente, José Alonso Salazar Vaquera retomó su vida al recibir un crédito federal y, así, ser el único fabricante de helados y paletas en una comunidad rural de un rincón del norte de Guanajuato.
Con apenas la secundaria terminada y avecindado en El Aposento, un caserío ubicado en una zona árida y marginada, entre San Felipe y Dolores Hidalgo; la vida le cambió a José Alonso porque hace dos años, al trabajar en la perforación de un pozo, de pronto vio su brazo en la rama de un árbol. La extremidad izquierda le colgaba y casi muere desangrado al ser arrastrado por la broca de la perforadora.
“Yo no podía conseguir trabajo. Nada iba a ser igual”, lamentó el joven de 24 años de edad.
Sin embargo, su madre, Margarita Vaquera Rodríguez, escuchó en la Presidencia Municipal de San Felipe acerca de créditos para quienes desean iniciar un pequeño negocio. Y fue así como se concretó la nueva forma de vida de esta familia de guanajuatenses.
“Paletería Alonso” es el resultado de un crédito de 96 mil pesos que la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) le otorgó para pagar en cinco años, a través del gobierno municipal de San Felipe y en especie. Así obtuvo dos refrigeradores, un fabricador de paletas y nieve, y dos carritos repartidores. El local y el cuarto de fabricación fueron implementados en su propia casa.
“Nos movimos. Preguntamos. Nos topamos con gente muy buena que vio nuestro caso y desde sus puestos en el gobierno, nos orientaron”, relató Margarita Vaquera.
Hoy fabrican unas 300 paletas y unos 20 litros de nieve a la semana. ¿Sabores? Limón, sandía, melón, guayaba, jamaica, fresa y mango, mientras que en presentación de leche, hacen paletas de chicle, chocolate, cajeta, nuez, fresa y plátano.
Pero aunque a José Alonso Salazar le hace falta un brazo, le sobran las ganas de salir adelante, porque ha adquirido un par de carritos paleteros, y junto con su madre, sale a las comunidades aledañas a vender su producto.
De esta forma, caminan bajo el sol y el polvo suelto de esta zona árida de Guanajuato, cercana a San Luis Potosí, y visitan las comunidades de La Estancia, Santa Fe y La Huerta. Nadie más vende helados o paletas en ese perímetro.
Por si fuera poco, los emprendedores también venden churros, dulces y chicharrones, a fin de variar su oferta de productos.
Margarita Vaquera confió en que trabajando, el futuro les sonreirá, ya que aunque ahora han pasado por grandes pruebas de vida, trabajando lograrán sus objetivos.
“Creo que todo pasa por algo, porque vivimos en un lugar donde no hay nada, y a lo mejor si el accidente no hubiera ocurrido, mi hijo estaría tomando alcohol en la calle, y nada de lo que estamos viviendo hoy sería realidad”, reflexionó la madre de familia.
Y aunque el crédito del gobierno federal concretó la idea de abrir una paletería, tampoco fue fácil lograrlo, porque Sedesol carece de cursos o capacitación para nuevos emprendedores.
“No me quejo, pero qué difícil ha sido. Nadie nos quiso capacitar. No sabíamos nada de cómo hacer una paleta, no sabíamos cómo hacer helado. Ni siquiera a cómo darlos, pero nunca nos rendimos.”
Margarita Vaquera recordó que ninguna paletería en San Felipe o en Dolores Hidalgo quiso asesorarlos porque temían a la competencia.
“Finalmente un señor que sabía cómo hacer paletas y helados nos fue enseñando, y luego nos dimos cuenta de que hay que ser creativos, y así fue que le hicimos. Todos en la familia nos hemos echado la mano”, destacó José Alonso.
El joven emprendedor agregó que es muy difícil salir adelante, porque no sólo hay que pagar el crédito, que es de casi dos mil pesos al mes. También hay que pagar impuestos a Hacienda, así como energía eléctrica y materia prima.
Los emprendedores guanajuatenses coincidieron en que al final no queda más que trabajar con ahínco, pero sobre todo, con creatividad para hacer rendir el dinero y para crecer.
-Andrés Guardiola
“Con puros frijoles”
A pesar de recibir apoyos como el Procampo y por ser adulto mayor, Juan Tapia Tena, un agricultor de 70 años, asegura que la vida en sus últimos años es más difícil, porque las tierras ya no producen como antes.
“Nosotros no estamos esperanzados en que nos mantenga el gobierno, hacemos la lucha, pero no nos ayudan los tiempos”, dijo el veterano agricultor.
Tuvo una numerosa familia, más de diez hijos, pero actualmente vive junto a su esposa Teresa, dos de sus pequeñas hijas, Berenice de 19 y Teresita de 16 años, pero además cuida a sus dos nietos, que Rosana, otra de sus hijas, le dejó para irse a Estados Unidos a trabajar.
“Ahí a medio comer, nosotros estamos como los animales que trabaja uno, esos animales trabajan para la pura comida y ni bien les damos, ahí nada más les damos a medio comer, así nada más nosotros también estamos también con puros frijolitos y a veces hay gente que ni siquiera frijolitos.”
Las plagas y la falta de lluvia, aunado a los altos costos de fertilizantes, plaguicidas y las semillas, han hecho incosteable para Juan seguir produciendo en sus cuatro hectáreas donde ahora sólo crece maíz y frijol para consumo de su propia familia.
Los 900 pesos que por cada hectárea recibe al año por concepto de Procampo no le son suficientes, pues los fertilizantes son caros.
“Este año sembré ejotes y tomates, y todo eso, pero en ese ejote me cayó una plaga que todo lo manchó feo y no sirvió y ahí sembramos de todo.”
Ahora busca por medio de la introducción de planta de cempasúchil obtener algunos pesos que le permitan comprar plaguicidas. La esperanza también la tiene puesta en las reformas estructurales hechas por el gobierno federal, cree que los beneficios pronto se puedan ver en el campo, principalmente.
-Miguel García Tinoco
Cartolandia sigue igual, pese a apoyos
LA CRUCECITA, Santa María Huatulco, Oax.— La identifican popularmente como Cartolandia.
Es un asentamiento irregular ubicado encima de una loma, de enormes piedras. Las casas se erigen de láminas, cartón y telas remendadas, de pisos de tierra, de puertas y ventanas desvencijadas, entre callejones polvorientos unos y lodosos otros, de niños, mujeres y ancianos enfermos por la insalubridad.
El nombre “formal” es el Sector H3. Es el otro Huatulco, donde el hambre y la penuria carcomen a sus más de 500 habitantes.
Sus moradores, son indígenas zapotecos, chatinos y mixtecos de la Sierra Sur y de la Costa, negros afromexicanos de municipios cercanos y hasta indígenas tzeltales o tzotziles de Chiapas, quienes migraron hace unos 20 años, maravillados por el surgimiento de un nuevo desarrollo turístico, para trabajar en lo que fuera durante la construcción de hoteles y demás servicios.
“Muchas familias llegamos a este lugar con las ganas de conseguir un empleo, salir adelante…pero no fue posible. Entonces, para sobrevivir logré inscribirme a uno de los programas sociales que sirven, momentáneamente, para tener un poco de dinero y no morir de hambre”, comenta una de las mujeres mientras acarrea el agua que una vez a la semana les regala el ayuntamiento.
Dice que en su momento fue beneficiaría de Progresa, después, Oportunidades, que ha estado en riesgo de perder debido a que el recurso –destinado para cada uno de sus hijos con la condición de que no falten a la escuela-- lo utilizan para otras necesidades o pagar deudas
“El beneficio está condicionado a ir recibir pláticas y limpiar la clínica de los Servicios de Salud y atender a las enfermeras y doctores.”
La señora, madre de seis hijos, dice que junto con su esposo, migró de la Sierra Sur a Huatulco, por la oportunidad para salir adelante en la vida, pero la realidad fue otra.
Muchos de los residentes del Sector H3, por la insalubridad y la marginación, sufren enfermedades e infecciones casi todo el año. De poco les sirve ser beneficiarios del Seguro Popular y recibir los programas destinados a la pobreza de los gobiernos federal y estatal, reprocha.
“Por ahí, una señora tiene a sus hijos llenos de sarna; hay otra señora que tiene dos hijos discapacitados. Por la pobreza no pudo ir al médico”, agrega.
Por las condiciones de vida, los candidatos y posteriormente autoridades municipales han convertido a los vecinos del Sector H3 en instrumentos electorales. Les regalan despensas, playeras y gorras, pero después del día de la votación, vuelve la realidad”, lamenta.
-Patricia Briseño
La abuela Bernarda y sus 5 nietos
Madre de nueve hijos y al cuidado de cinco nietos, doña Bernarda Rubio Espinoza habita en una de las colonias marginales del denominado cinturón de miseria de Pachuca, donde los apoyos federales han sido insuficientes para sacar de la pobreza a cientos de familias.
En una vivienda de block y techo de láminas ubicada en la calle Manuel Acuña, Manzana G, lote 7, de la colonia Cristina Rosas, cuenta que en el caso de sus hijos éstos no accedieron a programas sociales por desconocimiento, pero desde que se encarga de sus nietos conoció de las bondades de programas como Oportunidades, 70 y más, Liconsa e incluso el Seguro Popular.
Todos ellos han sido insuficientes para dejar la pobreza. El mobiliario de la vivienda es por demás sencillo: una mesa cubierta con hule, un tablón sostenido por dos botes, un catre, una estufa y una alacena son todo el patrimonio con que esta familia cuenta. No hay televisión, aquí no conocerán del apagón analógico.
No conocen de fines de semana, ni paseos. Además de los apoyos gubernamentales, venden ropa usada.
Esto no importa a la morena mujer, quien sin perder la sonrisa se dice agradecida por los apoyos que ha recibido, que si bien han sido insuficientes han permitido a sus nietos concluir al menos su educación secundaria.
“Yo sí estoy muy agradecida, claro que los apoyos son insuficientes, no alcanzan, pero estuviéramos peor si no los tuviéramos.”
Explica que actualmente sólo recibe Oportunidades para dos de sus nietos; los otros tres dejaron los estudios por motivos diversos; cuenta con Seguro Popular y recibe un apoyo del programa 65 y más.
Su máxima ambición es “tener una casa bonita, con una losita, una barda”.
Si pudiera hablar con el Presidente de la República, qué le diría, se le cuestiona: “Ay, pues yo le diría que me pudiera apoyar, pero sobre todo a mis niños, que no nos alcanza, que somos gente que nos gusta trabajar y sabemos luchar”.
-Emmanuel Rincón
Tres hijos, pero sólo dos apoyos
El pueblo de Villa Madero se ubica en la zona de la Tierra Caliente, pertenece al municipio de Tlalchapa. Tienen un poco mas de tres mil habitantes y está considerado como un lugar pobre. La comunidad vive del autoconsumo, siembran maíz y algunas familias crían ganado.
Muchas de las personas viven sólo de las remesas que les llegan de Estados Unidos, pero la crisis económica le ha pegado mucho al bienestar de las familias del pueblo.
Actualmente, la Sedesol federal apoya a unas 100 personas con el programa Oportunidades. La señora Candelaria García López tiene tres hijos: uno en la secundaria, otro en la primaria y uno más en preescolar.
Anteriormente recibía el apoyo para los tres; lo único que le pedían era las boletas de calificaciones y dos exámenes médicos al año para ver que los niños estén en buen estado de salud. Los apoyos los reciben cada dos meses.
Por el niño mayor que va en la preparatoria le dan mil 800 pesos cada dos meses, por el de secundaria recibe mil 200 pesos, los cuales ocupan para comprar sus útiles, materiales escolares y para los pasajes.
Sin embargo, el apoyo que le daban al más pequeño de sus hijos se lo quitaron, pues hubo recortes y ahora su hijo que va a preescolar no recibe dinero, solamente pueden otorgarle servicio médico y los medicamentos que necesite.
-Rolando Aguilar
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