Dos rutas hacia el éxito

Menos de cinco por ciento de las solicitudes que recibe cada año la Universidad de Harvard en Estados Unidos es aceptado, pero para los mexicanos Norma Torres y Rafael Rivera las estadísticas no fueron un obstáculo. En am-bas historias la adversidad no fue impedimento para que cumplieran los sueños que tal vez no habían imaginado

Norma Torres cruzó la frontera con su madre, Carmen, y llegó a Estados Unidos a la edad de nueve años. Ahora tiene una maestría en Política Pública por la Universidad de Harvard. Foto: Norma Torres
Norma Torres cruzó la frontera con su madre, Carmen, y llegó a Estados Unidos a la edad de nueve años. Ahora tiene una maestría en Política Pública por la Universidad de Harvard. Foto: Norma Torres
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Norma Torres cruzó la frontera con su madre, Carmen, y llegó a Estados Unidos a la edad de nueve años. Ahora tiene una maestría en Política Pública por la Universidad de Harvard. Foto: Norma Torres
Norma Torres cruzó la frontera con su madre, Carmen, y llegó a Estados Unidos a la edad de nueve años. Ahora tiene una maestría en Política Pública por la Universidad de Harvard. Foto: Norma Torres
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Rafael Rivera (izq.) forjó su vida profesional con base en oportunidades que parecían imposibles, y ahora sabe que este camino podría ser para cualquiera. Foto: Rafael Rivera
Rafael Rivera (izq.) forjó su vida profesional con base en oportunidades que parecían imposibles, y ahora sabe que este camino podría ser para cualquiera. Foto: Rafael Rivera
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Llegó en tráiler para triunfar en EU

Norma Torres Mendoza forma parte de una familia numerosa: más de 50 primos y 15 tíos y tías. Su camino hasta la graduación de la maestría de Política Pública quizá no ha sido la más fácil ni la mejor, pero ahora puede compartir su orgullo con sus seres queridos.

Después de 17 años de haber llegado a Estados Unidos, recibió su diploma y la estudiante de 26 años quiso tener a su madre, Carmen, cerca para la celebración. Fue así que emprendió en carro los más de tres mil kilómetros que separan la Universidad de Harvard, en Boston,  de la ciudad de Houston. Al ser inmigrantes indocumentados, su progeitora no puede viajar en avión, pero eso no fue impedimento para que vivieran juntas este momento de orgullo.

Cuando Norma tenía nueve años cruzó la frontera con su madre. El escaso trabajo y las pocas oportunidades hicieron que ella tomara la decisión de viajar al norte, escondidas en un tráiler. La pequeña familia se asentó en Houston, donde comenzó su nueva vida.

“Yo no sabía que lo que habíamos hecho era ilegal o que estábamos quebrantando alguna ley. Yo sólo sabía que quería estar con mi mamá”, recuerda.

Carmen encontró trabajo con una familia estadunidense, que apoyó a madre e hija. “Ellos me ayudaron en la escuela, buscaban maneras de inscribirme en clases más avanzadas”, cuenta Norma, quien dice que fue en la escuela donde descubrió lo que era ser ilegal y discriminada.

“Una maestra me pidió que escribiera mi historia; de manera déspota me dijo que lo que habíamos hecho era ilegal y que me tenía que entregar a la policía. Llegué a mi casa espantada y le dije a mi mamá que lo que habíamos hecho estaba mal y que nos teníamos que regresar. Ella me explicó todo y entonces entendí lo que era ser ilegal en Estados Unidos”, cuenta la estudiante, quien señala que a partir de ese momento comenzó a vivir con miedo y supo que no le podía contar a nadie su historia.

Fueron 13 años los que vivió con miedo, hasta que en 2012 fue beneficiada por la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), una decisión migratoria del gobierno de Estados Unidos que le da un estatus legal a migrantes indocumentados que llegaron al país antes de cumplir los 16 años.

Norma se sintió aliviada, sabía que durante unos años estaría segura y podría seguir estudiando. Hasta ha podido viajar a México, claro que con un permiso especial por motivos educativos. “Fue una experiencia increíble, salí de México como una persona humilde, con pocas oportunidades, regresar fue interesante, pues me hizo darme cuenta de los distinta que es mi vida. Me gustaría poder volver y conocer”.

A pesar de las libertades que le ha otorgado el DACA, no se siente completamente amparada, al ser una orden ejecutiva, quien llegue a la Casa Blanca en 2017 podría echar atrás la iniciativa.

Durante sus primeros años en Estados Unidos ella encontró refugio en los estudios. Buscaba ser siempre la mejor para poder salir adelante. “Creía que si la gente de este país veía todo lo que yo podría contribuir me iban a dar un etatus legal”. Así fue aceptada en 2009 en la Universidad de Rice, en su ciudad y gracias a una donación privada pudo costear sus estudios.

“La ley nos permite entrar a la Universidad. Ingresar no es lo difícil, conseguir financiamiento es el mayor obstáculo”, dice.

En esta época electoral entiende el poder que tendrán los latinos en las urnas. A pesar de que no puede votar, dice que espera poder convencer a otras personas.

“Es muy triste la retórica que hay en contra de los latinos, especialmente hacia los mexicanos. Me parece que los que hacen esos comentarios no conocen la situación del migrante”, asegura Norma, quien reconoce que a pesar de que mamá es la que ha trabajado duro los últimos 17 años, sigue sin ser reconocida por las autoridades.

“Estados Unidos trabaja por que nosotros trabajamos y lo enriquecemos tanto económicamente, socialmente, culturalmente. Es triste esa retórica, porque lo que creo que es importante es que los latinos que pueden salir a votar, vayan a las urnas”, comenta.

Salió de Ecatepec y la hizo en grande

Rafael Rivera habla con soltura, como una persona que se siente completamente segura de lo que quiere hacer con su vida.

Ha sido esta forma de desenvolverse en la escuela y el trabajo que lo ha llevado a viajar por el planeta y hasta lo más alto del mundo educativo. Hace dos años se convirtió en el segundo mexicano en ser admitido en la doble grado: la Maestría en administración pública por la Harvard Kennedy School y el MBA en la Escuela de Negocios.

“La primera mexicana en realizar el doble estudio fue Paulina Ponce de León. Ahora somos 20 personas. Apliqué a las dos escuelas y me aceptaron. Harvard diseñó un plan de estudios especial para que pueda terminar en tres años y no cuatro”, comenta Rafael, quien está en México de vacaciones antes de iniciar su trabajo de verano en Nueva York.

Gracias a su esfuerzo y quizá un poco de genialidad ha logrado forjarse una vida que hace 15 años, cuando terminaba sexto de primaria en una escuela pública de Ecatepec, Estado de México, era algo impensable. Mucho menos se imaginaba estudiar en la mejor escuela del mundo.

Hijo de dos comerciantes de Ecatepec, de niños cuyas aspiraciones no iban más lejos de su colonia. Una conversación con uno de sus vecinos le cambió la vida.

Desde entonces ha residido en Estados Unidos, India, Nigeria y Dubái.

“Trabajé en Mckinsey & Company, una consultora estratégica. Ahí me dieron la oportunidad de trabajar en otros países. Yo quería viajar, mejorar mi inglés y aprovechar que estoy joven”, comenta.

A los 12 años realizó el examen de ingreso en la secundaria en Fundación Azteca. Su buen desempeño lo llevó a ganarse una beca para cursar la preparatoria en el Tec de Monterrey Campus Ciudad de México. Terminó con el mejor promedio, por lo que la escuela le dio una beca para continuar sus estudios ahí mismo.

Rafa no olvida sus orígenes y a pesar de trabajar en el sector público se ha dedicado a los proyectos sociales y de reducción de pobreza.

“En México estuve en un proyecto para mejorar el programa Oportunidades. En India implementamos un programa similar y también para el sector salud en donde podíamos tener impacto en cerca de 50 millones de personas. En Nigeria fui parte del programa que erradicó la polio en el país, yo estaba a cargo de la estrategia de vacunación en zonas rurales”, cuenta con gran alegría, y asegura que los proyectos sociales es lo que más le entusiasma.

“Creo que es donde puedo tener más impacto. Trabajé en el sector privado pero no sentía que estaba dando lo mejor de mí. Cuando estaba en la India había días que me quedaba en la madrugada trabajando y no me daba cuenta. Me encantaba lo que estaba haciendo”, comenta.

Aunque ahorita su vida está enfocada en el área académica, ya tiene claro qué es lo que va a hacer cuando termine su posgrado el próximo año. “Quiero trabajar en Estados Unidos unos años, regresar a México y desempeñarme en el sector privado y después irme al sector público”, asegura.

Su vida ha sido con base en oportunidades que parecían imposibles, y ahora sabe que este camino podría ser para cualquiera que simplemente reciba un incentivo para ser mejor.

“Hay gente en mi comunidad que sé que son inteligentes, que son capaces, pero la pobreza no les permite desarrollarse. Tienen que preocuparse por su sustento. Si de alguna manera hubieran tenido una oportunidad, ellos podrían ser los que estudien en Harvard”.