Christopher Reeve, a 61 años del nacimiento del mejor Superman

El 25 de septiembre de 1952 en Nueva York llegó al mundo el actor que encarnaría al Hombre de Acero y cuya vida sería admirable hasta su muerte a los 52 años

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CIUDAD DE MÉXICO, 25 de septiembre.- Desde su nacimiento, el 25 de septiembre de 1952, a su última película como el Hombre de Acero en 1987, Christopher Reeve siempre fue el más rápido, el más alto, el más fuerte, el más guapo (para algunas) y el más carismático Superman del cine.

Pero, el 27 de mayo de 1995, un accidente ecuestre convertiría al actor encasillado en superhéroe en toda una leyenda viviente y ejemplo de superación, al quedar tetrapléjico y atado de por vida a una silla de ruedas, hasta su muerte, el 10 de octubre de 2004 a los 52 años de edad.

Deportista nato, excelente nadador, aficionado al hockey sobre hielo y la equitación y piloto licenciado, su apostura física, con 1,93 metros de estatura, y una apariencia de chico ñoño, cuyos rasgos se parecían asombrosamente al héroe del cómic, le valieron el papel de Clark Kent en Superman (1978), dirigida Richard Donner, una costosa superproducción que contó con un reparto tan brillante (Marlon Brando, Susannah York, Glenn Ford, Terence Stamp, Trevor Howard) como opaca fue su calidad, algo que no incidió en absoluto en detrimento del filme, a juzgar por su impresionante éxito comercial.

Reeve, que cobró 250 mil dólares por ese primer trabajo protagonista (nada comparados con los 14 millones que percibió Brando por su breve papel secundario, pero una fortuna para él), los empleó en una nueva casa que ocupó con su esposa, la agente de modelos británica Gae Exton, madre de sus dos primeros hijos, Matthew (1979) y Alexandra (1982).

Una de las herencias de la era Reagan que gozan de mejor salud son las sagas hollywoodenses, pues durante su administración fue cuando las pantallas de todo el mundo se poblaron de superhéroes fílmicos por entregas (Rocky, Mad Max, Rambo Robocop, entre muchos más), y Superman no sdería la excepción. Ni siquiera dio tiempo a Reeve a proyectar su futuro como actor cuando ya estaba inmerso en Superman II (1980), cuya repercusión multiplicó la de la anterior, y esto generó Superman III (1983), ambas de Richard Lester. Y el actor, que había aparecido en otras películas -Somewhere In Time (Pídele al tiempo que vuelva, de 1980), de Jeannot Szwarc; Deathtrap (La trampa de la muerte , de 1982), de Sidney Lumet; Monsignor (Monseñor, de 1983), de Frank Perry- asumiendo roles muy distintos, veía cómo, pese a ello, todo el mundo lo identificaba con el héroe del cómic.

Muchos de nuestros sueños parecen al principio imposibles, luego pueden parecer improbables, y luego, cuando nos comprometemos firmemente, se vuelven inevitables".

Al infinito y más allá

Se comentaba ya entonces que Reeve no se podía quitar de encima el personaje. Que aquel éxito lo enterró en vida, igual que les había ocurrido a Johnny Weissmüller con Tarzán o a Bela Lugosi con Drácula. Que se afanaba en demostrar una y otra vez su talento sin conseguirlo. De hecho, se ha llegado a afirmar que se "consoló" de ese supuesto disgusto en la televisión, medio en el que, en efecto, desarrolló una ingente actividad hasta el final de su vida.

A poco de sondear en su trayectoria, sin embargo, no todo parece tan claro. Es cierto que ha persistido esa identificación, pero también lo es que el actor declinó protagonizar muchas películas de éxito como American Gigoló (1980), Fuego en el cuerpo (1981), Motín a bordo (1984), Perseguido (1987) o Desafío total (1990), que tal vez le habrían deparado una trayectoria distinta, y en cambio no sólo no rechazó, sino que incluso escribió el guión e intervino en la producción Superman IV (1987), de Sidney Furie, la cuarta secuela de la saga.

De todos modos, si bien esa renovada elección, amén de hacerlo riquísimo en poco tiempo, pudo influir en su carrera, no afectó a su valía como actor, de la que dejó constancia en títulos como El reportero de la calle 42 (1987), de Jerry Schatzberg; Interferencias (1988), de Ted Kotcheff; ¡Qué ruina de función! (1992), de Peter Bogdanovich; Las bostonianas (1984) y Lo que queda del día (1993), de James Ivory; Sin palabras(1994), de Ron Underwood; El pueblo de los malditos (1995), de John Carpenter, o Libre de sospecha (1995), de Steven Schachter. Y, en los escenarios, en montajes como Fifth Of July (1980-1982) o Las bodas de Fígaro (1985).

Entretanto, Reeve se divorció de su primera esposa en 1987 y cinco años más tarde, en 1992, se volvió a casar con la actriz Dana Morosini, madre de su hijo Will (1992) y su fiel compañera hasta el final.

Cuando estaba en mi rehabilitación, en la pared de mi recámara había un cuadro con la foto del transbordador espacial despegando, autografiada por cada astronauta que trabaja ahora en la NASA. Arriba de la foto decía: 'Hemos encontrado que nada es imposible'".

Su pasión y talón de Aquiles

El 27 de mayo de 1995 marcó la vida futura de Christopher Reeve. Participaba en un concurso hípico en Charlottesville, Virginia, cuando una caída de su caballo le provocó la fractura de dos vértebras cervicales y le seccionó la médula espinal. Desde entonces permaneció en una silla de ruedas, con respiración asistida. Fue quizás el fuerte contraste entre el personaje de ficción que lo lanzó al estrellato, y las consecuencias físicas del accidente sufrido lo que añadía más pena a la tragedia.

Pero el actor, lejos de ocultarse en lo que habría sido una comprensible ausencia de los medios, con una insólita fuerza de voluntad, convirtió su imagen de súperhombre mermado en referente de la lucha de los que padecen una lesión similar, y el héroe de celuloide perdió grandeza frente al aliento vital y la actitud ejemplar del hombre inmenso que había en Christopher Reeve.

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